Camila y Vira estaban aterradas. Por un lado, no sabían lo que representaba ese viaje, y, por otro lado, el hecho de movilizarse les podría abrir las posibilidades de escapar. Las instrucciones que les dio Irina fueron: ‘Esta noche no van a trabajar porque mañana salen muy temprano. Se van para una isla así que empaquen los vestidos que tienen. Lo demás acá se los traigo: son vestidos de baño. Eso es lo único que van a necesitar para estar durante el día. La fecha de regreso la decidirán los clientes. Ni se les ocurra hacer movimientos en falso porque es más fácil que se de la paz mundial antes de que se puedan escapar. Ni lo intenten porque es imposible y las consecuencias por haberlo intentado son funestas. Van a viajar en aviones privados así que no van a estar en contacto con gente extraña. Les aconsejo que se porten bien, que sean obedientes, que hagan todo lo que les digan sin refunfuñar, que sean complacientes y se entreguen sin condiciones ni negativas. Deben sentirse orgullosas porque el cliente principal las seleccionó a las dos por unas fotos y unos videos que vieron de ustedes. Van otras dos chicas con ustedes así que más les vale estar a la altura de la situación. No quiero problemas, no quiero que ninguna tenga que ser devuelta porque las consecuencias son graves. Lo primero, es que vamos por sus familias, así que piensen bien antes de armar mierderos y hacernos quedar mal’.

Las dos amigas se miraron, recibieron las cosas que debían empacar. Camila abrió el mueble viejo de madera rayada donde tenían los vestidos y las pocas prendas que les habían dado hasta el momento. En el último cajón estaba la chaqueta que traía desde Bogotá. La sacó, la abrazó como si con este gesto pudiera alcanzar los aromas o las voces de su familia. Cerró los ojos con fuerza y sintió las manos de su mamá acariciándola; escuchó a su papá diciéndole que se cuidara y vio a su hermano mientras formaba un corazón con los dedos de su mano. No podía permitir que les pasara nada malo. Estaba segura de que ese viaje lo harían con el grupo del que les había hablado las rusas; tenía miedo, aunque pensaba que era imposible superar la bajeza a la que ya había llegado hasta ese momento. Tocó bien la chaqueta y esculcando el bolsillo interno encontró el papel donde tenía los datos del profesor. Lo sacó, lo leyó y cerró los ojos. Vira se quedó mirándola y le dijo en voz baja:

‘¿Eso qué es?’.

‘Son los datos del profesor que está en Varsovia. Estaba revisando para ver si lo había olvidado. Memoricé todo porque este papel me lo pueden encontrar en cualquier momento’.

‘Camila, es mejor que le hagamos caso a esa vieja loca de la Irina, sobre todo ahora que nos vamos lejos. A mi realmente me da miedo que le hagan algo a mi hijo y si me parece irrealizable escaparnos de acá, mucho menos lo veo si estamos en otra parte’.

‘Es que es inviable tener un plan, Vira. Cuando se dé la oportunidad hay que aprovecharla; acá, allá, o donde sea. Lo único que estoy haciendo es revisando de nuevo el teléfono de este tipo. Si se presenta una ocasión, al menos tendremos un contacto cerca. Tranquila que todo va a salir bien.’

Esa noche fue extraña. Empacaron las maletas, y sin darse cuenta, se descubrieron como un par de amigas universitarias que se iban de paseo con los amigos. Hicieron bromas, recordaron anécdotas y episodios que cada una vivió en algún momento. La conversación fue cambiando de tono a medida que cada una llegaba a su núcleo familiar. Vira le contó a Camila que había conocido a su esposo porque era el primo de una amiga suya. Él tenía nueve años más que ella y eso fue lo que la impulsó a tomar la decisión de casarse siendo tan joven. Tenía solo 18 años cuando le dio el sí y cambió de vida radicalmente. El trabajaba como técnico eléctrico y vivían en las afueras de Kiev. Habían alquilado una habitación en una casa en donde tenían lo básico. Vira quedó embarazada pocos meses después y dejó un empleo que tenía en una lavandería.

‘No teníamos nada. No éramos ricos, pero soñábamos con muchas cosas. Oleh quería que nos fuéramos para Polonia o para Estonia y poder mejorar nuestras condiciones de vida. Yo aprendí inglés porque la lavandería en la que trabajé era de un hotel y ahí muchas de mis colegas hablaban inglés y fui aprendiendo para poder comunicarme con ellas. Después de que dejé de trabajar, me puse a ver muchos tutoriales y videos en YouTube en ese idioma para aprender más. Oleh por su trabajo se desenvuelve bien. Ese era otro factor que nos hacía pensar que hasta nos hubiéramos podido trasladar a Inglaterra. Teníamos muchos planes; queríamos hacer muchas cosas. Después de la invasión todo cambió de un momento a otro. A él lo llamaron para enlistarse y no tuvimos tiempo de nada. Recuerdo la noche que nos despedimos. Creo que han sido las horas en las que más he llorado en toda mi vida. El estaba seguro de que nos volveríamos a encontrar, yo sentía que mi alma se desgarraba, como si en el fondo supiera que eso nunca iba a pasar. No le quité los ojos de encima, gasté todos mis sentidos en todo su cuerpo, en todo su ser. Dejé allí con él lo que me quedaba de ilusión en este mundo, que ya había sido bastante hostil conmigo, y odié el hecho de que me arrancaran la única oportunidad que tenía para ser feliz de verdad; para salir adelante, para aportar algo positivo. ¿Y todo para qué? Para terminar acá. Sin mi hijo, sin mi esposo, sin mi cuerpo, sin mi dignidad, absolutamente despojada de cualquier asomo de luz en esta maldita vida que me tocó. Odio con mis vísceras a esos hombres que nos tocan todas las noches; odio su insensibilidad, su cinismo, su egoísmo, su indiferencia. No concibo que existan seres tan infames y tan canallas que no se den cuenta del daño que le hacen al mundo con estos actos tan abominables. Odio este mundo’.

‘Vira, por favor, no podemos desfallecer. Yo también siento la misma rabia, pero no te dejes caer. Nuestro foco tiene que ser salir de acá y denunciar a estos malditos; ese tiene que ser nuestro aporte. Yo te entiendo, pero hay que tener fe’.

Vira le lanzó una mirada a Camila que describía a la perfección lo que ella pensaba de la tal fe y le dijo:

¿Denunciar? ¿Denunciar a quién, por Dios? ¿Tú no te has dado cuenta de los hombres con los que nos han llevado? No hace falta leer mucho, ni ser un VIP para notar que esos personajes son billonarios. La rusa me estuvo contando algo el otro día. Son políticos, son gobernantes, primeros ministros. ¿Tu de verdad crees que si nosotras logramos salir de acá y denunciamos a esas ratas nos van a creer? ¿Nos van a considerar? No, Camila. El mundo real no funciona así. Ellos mismos son los que están a cargo de las instituciones o de las organizaciones que deberían juzgarlos. ¡Qué risa me da! Así de torcido está este mundo. Primero nos matan, nos vuelven comida para cocodrilos antes de permitirnos siquiera acercarnos a un abogado para contar por lo que hemos pasado y si lo lográramos, nos masacran a punta de deslegitimación. Me da pena contigo, pero acá estamos hablando de gente que todo lo compra con el dinero y el poder que tienen y nosotras ni en nuestros más sublimes sueños podremos competir con eso’.

Camila se quedó en silencio. En el fondo sabía que Vira tenía razón, pero no quería entrar en esa discusión porque necesitaba mantenerse optimista a pesar de las circunstancias. Las dos amigas, se acurrucaron en sus colchones y se quedaron dormidas. Al otro día Irina abrió la puerta del cuarto de un golpe y las despertó de un grito. Les dijo que se prepararan porque en media hora llegarían por ellas. Se pusieron de pie y apenas tuvieron tiempo de ir al baño, lavarse los dientes, vestirse y salir. Las recogieron en una camioneta de vidrios polarizados. Con ellas iban una de las rusas con la que habían hablado y la niña de 14 años. Tres hombres se subieron con ellas. Cuando intentaron hablar, uno de ellos les pegó un grito y les dijo que se callaran, que no iban de paseo. Todas se miraron, pero la rusa con los labios miró a Camila y a Vira y les dijo: ‘The Ones’.

Llegaron a lo que parecía un hangar privado. Se bajaron de la camioneta rápidamente y se subieron al avión acompañadas por otros hombres que esperaban por ellas en el aeropuerto. Apenas pudieron parpadear. Las acomodaron en las sillas de cuero elegante del avión. Todas miraban con sorpresa. Ninguna había viajado en un avión privado y mucho menos se hubiera soñado tener una experiencia símil en ese momento de la vida. Resultaba una perversa ironía vivir algo que para unos es sinónimo de placer y lujo, en unas condiciones tan adversas y llenas de maltrato y abuso. Se acomodaron, y como si se hubieran puesto de acuerdo, las cuatro cerraron los ojos tan pronto el avión despegó y fue dejando atrás las luces de la pista.

Camila no sabía cuánto tiempo había pasado, abrió los ojos, se giró vio a Vira dormida en su silla. La rusa y la niña no estaban. Se quitó el cinturón de seguridad para ir al baño. Se levantó con atención, se fue caminando despacio hacia el fondo del corredor, y cuando superó una cortina que separaba la sección de donde estaban, no pudo creer lo que vio.