Camila se devolvió inmediatamente para su silla. Encontró a dos de los hombres teniendo sexo con las dos compañeras que iban en el avión. Le entró un miedo profundo de pensar que después les tocaría a ella y a su amiga Vira. Se acomodó de nuevo, se puso el cinturón de seguridad y apretó los dientes como si eso la fuera a salvar de lo que venía. Vira abrió los ojos y cuando vio a Camila advirtió inmediatamente que algo andaba mal. Le preguntó qué pasaba y Camila le contó.

‘Como si fuera algo nuevo. Es obvio que nosotras estamos acá para eso, Camila. A veces no entiendo si es que después de ver todo lo que nos ha pasado todavía no caes en cuenta de lo que nos espera. Cada vez que nos llevan a alguna parte es para esto: para tener sexo con otro depravado’ – le dijo Vira con cierto cinismo -.

‘Si, yo sé. Pero estos tipos no son los clientes. Me parece que se están aprovechando de la situación. Esta gente trabaja para las personas a donde nos están llevando’ – replicó Camila -.

‘¿Y qué diferencia hace? Si son empleados, si son los jefes, los que pagan, los que aprovechan, ¿Qué puta diferencia hay? ¡Ninguna! Lo único que medianamente podemos agradecer es que no nos tocó ir a un burdel de mala muerte para que nos violaran viejos de la calle malolientes. Estos al menos se bañan, pero de resto, es la misma cosa. Hacen parte del mismo equipo de infames que saben que nosotras estamos secuestradas y les importa un culo lo que pase con nuestras vidas, con nuestras familias. No tienen corazón, sentimientos, son unos egoístas, unos misóginos, unos machistas que siguen pensando que las mujeres somos cosas y ya. ¿O qué te estás imaginando? ¿Que ahora vamos a ir una isla en donde nos van a llevar en yates, vamos a bailar y a estar de fiesta? Tal vez sí, pero es para que ‘ellos’ se diviertan, no nosotras. No somos libres de decir lo que queremos o lo que nos gustaría hacer. Desde que estamos en las manos de estos malditos, somos sus esclavas y no tenemos derecho a decidir absolutamente nada’.

Camila bajó la mirada, con sus manos se cogió la cabeza y con un tono de voz tembloroso le respondió a Vira: ‘Si, tienes razón’. A los pocos minutos regresaron las otras dos niñas y se sentaron. Les informaron a todas que en poco tiempo iban a aterrizar así que se mantuvieran en sus sillas con los cinturones de seguridad ajustados. Vira y Camila se miraron. La rusa le picó el ojo a Camila y sonrió. Camila no entendía muy bien el comportamiento de la rusa. Le parecía que, en cierto sentido, no solo se había acostumbrado, si no que disfrutaba de su nueva actividad. Pensaba que ella jamás podría llegar a ese punto. Por más tiempo que pasara, por más viajes, aviones privados o casas lujosas, nunca podría aceptar, mucho menos regocijarse y reconocerse como una mujer que está siendo abusada en toda la extensión de la palabra. Cada vez que ante ella aparecía una señal, regresaba la idea de encontrar el modo de escaparse o de pedir ayuda. Ese era su único objetivo.

Llegaron a la isla. No sabían bien dónde estaban. Cuando las estaban llevando en un yate deportivo a su nuevo destino, Camila se dio cuenta que el nombre de esta embarcación era ‘Liberty’. No podía creer la ironía de ir montada en esa lancha rápida que la estaba llevando a otro lugar de cautiverio y que tuviera ese nombre. Mientras pensaba en ello, alcanzó a escuchar a uno de los hombres que las acompañaba diciéndole a uno de sus colegas que Mr. Epsler acababa de llamar para darles unas indicaciones. El hombre miró de reojo, se dio cuenta que Camila estaba muy cerca y se alejó para que no los escucharan. Ese apellido se le quedó grabado a Camila en su cabeza y se lo dijo a Vira. Ella la miró y alzó los hombros como para indicarle que le era indiferente saber nombres o apellidos de esa recua de criminales.

Llegaron a la isla. Era imponente todo lo que se veía allí. Nada estaba mal puesto. Cada rincón estaba decorado con un gusto exquisito y poco a poco se fueron acercando a la casa donde las estaban esperando. Las recibió una mujer madura, elegante y muy sonriente. Las miró de arriba abajo, les hizo dar una vuelta y las llevó a una habitación en donde había un armario enorme lleno de ropa. Parecía una tienda. Las cuatro tenían una expresión de sorpresa pues nunca habían visto tantas prendas tan finas y de tanto estilo cerca de ellas. La mujer les dijo qué tenían que ponerse, cómo estaban acomodadas las tallas y se sentó en un sillón enorme que había en la mitad del salón. Les dijo que se midieran las cosas con tranquilidad. Cuando empezaron a buscar con la mirada los vestidores, la mujer les dijo que se tenían que cambiar delante de ella, que dejaran la vergüenza.

Tomaron las prendas y con recato se fueron desnudando para probarse la ropa. La mujer iba aprobando o desaprobando los outfits. Una vez estuvo de acuerdo con lo que llevaban puesto, les dijo que la siguieran. Atravesaron un lobby grande, de piso de mármol, columnas imponentes, esculturas y cuadros que hacían juego perfecto con cada ángulo y alcanzaban a sentir algunas voces masculinas. Llegaron a un bar donde no había nadie y las hicieron esperar allí. De repente, se abrió la puerta, y entró un grupo de hombres. Camila sentía que los había visto en alguna parte, pero no lograba identificar dónde. Algunos llevaban máscaras, pero uno de ellos, el dueño de la casa no tenía nada. Era un hombre de mediana edad, de mirada siniestra y sonrisa diabólica. Hablaban en inglés todos. Camila se dio cuenta que la mayoría eran norteamericanos, y había uno que otro que tenía un acento distinto; podría ser británico o de algún país europeo.

El famoso señor Epsler las miró, trató de ser gentil, les ofrecieron un trago y les llevaron algunas cosas de comer. Los hombres seguían hablando entre ellos. Las niñas empezaron a tomar e inmediatamente advirtieron que los cocteles estaban alterados. Camila miraba a la niña más pequeña. Tenía 14 años, era ucraniana también, alta con un pelo rubio abundante y largo, los ojos azules, la piel blanca y delicada, y un cuerpo bien formado. Aunque se veía grande, Camila veía su inocencia en su mirada y se preocupaba por su bienestar. Era muy callada. Hasta ese momento no habían podido hablar con ella porque no pronunciaba palabra. Solo cuando estaba bajo el efecto de la droga, a veces sonreía, y decía cualquier cosa. Vira miró de reojo a Camila y le dijo: ‘Ya van a venir a masacrarnos estas bestias’. Camila le frunció el ceño para indicarle que ellos estaban ahí y que la podían escuchar. Vira volvió a alzar los hombros.

Poco a poco cada uno de los hombres fue cogiendo de la mano a cada una de las niñas. El dueño de la casa se llevó a Camila. Entraron en una de las habitaciones. El le dijo que se quitara la ropa. Camila obedeció. Se quedó mirándola por un momento sin decir una sola palabra. Ella estaba de pie frente a él. A los pocos minutos entró la mujer que las había recibido. Sonriendo le dijo a Epsler que sabía que Camila sería su preferida. El sonrió y le dijo que ya sabía lo que tenía que hacer. La mujer también se quitó la ropa, se acercó a Camila y empezó a besarla por todo el cuerpo. El las miraba y desde la silla en la que se encontraba empezó a tocarse mientras se deleitaba con la escena. Camila en esa situación no alcanzaba a determinar muy bien lo que pasaba; seguramente no disfrutaba para nada lo que le estaban haciendo, pero tampoco podía resistirse. Iba y venía entre la lucidez y la ofuscación. Alcanzó a ver que el hombre sacó unas cuerdas. Ella la llevó a la cama, le amarró los brazos y los pies y entre los dos empezaron a tocarla por todas partes. El hombre continuaba a tomar, consumía cocaína de vez en cuando, al igual que la mujer y Camila permanecía allí en esa cama inmóvil a merced de dos adultos que traducían su poder en el sometimiento y el sufrimiento de una niña de la que no sabían absolutamente nada. Sin embargo, sí sabían lo más importante: que era víctima de trata de personas y para ellos era suficiente poseerla y botarla cuando se hartaran. No se sabe cuánto tiempo pasó; para Camila todo era igual. Ver la cara de ese hombre cerca de ella, o ver la cara de esa mujer no cambiaba el hecho de que no pudiera alterar su realidad. No sería posible implorar que no le hicieran nada porque en sus ojos se veía la indiferencia, el egoísmo y la maldad.

Abusaron de ella una y otra vez, le hicieron cosas que jamás pensó que iba a experimentar. Con sus ojos semiabiertos veía cómo se regodeaban y entre jadeos y gemidos que le explotaban el alma entendía cómo era la maldad en persona. Ya la habían desatado y cuando pensó que el ser humano no tenía la capacidad de llegar más bajo, alcanzó a darse cuenta de que la mujer se sentó en el pecho del hombre justo al lado de ella y él le pidió lo impensable para Camila: que defecara encima de él. La mujer soltó una carcajada y obedeció. Camila giró su cuerpo para el otro lado y se quedó en el borde de la cama. Una lágrima salió de sus ojos. No entendía cómo podían disfrutar de cosas tan grotescas. Sintió cuando los dos se pusieron de pie. La mujer salió de la habitación corriendo y el hombre le dijo a Camila: ‘Tú quédate ahí. Me voy a bañar’.

‘Como si me pudiera ir para alguna parte, ¡maricón!’, – pensó Camila.

Se quedó en la cama inmóvil. Empezó a mirar a su alrededor y no pudo creer lo que vio. El hombre había dejado el celular encima de la mesa de la noche. Camila se incorporó. Sentía el agua correr.

‘Esta es mi oportunidad’ – pensó -. Tomó el celular.