Las manos de Camila temblaban en modo frenético. Era incapaz de controlarse, sin embargo, cuando se dio cuenta de que apenas tomó el teléfono apareció la pantalla del home con todas las aplicaciones seguía pensando que debía aprovechar esa oportunidad. Por un lado, Epsler estaba con la ducha abierta a pocos metros y, por otro lado, en cualquier momento la mujer que estuvo con ellos podría entrar. Cuando vio el ícono del sobre que indicaba un correo electrónico lo abrió. Se desplegó una lista de correos y el nombre de la cuenta no correspondía al nombre de Epsler. De hecho, no aparecía su nombre por ninguna parte. Dio click en ‘Nuevo mensaje’ y se abrió la ventana para mandar lo que podría ser su llamado de auxilio. Tuvo que respirar profundo y agitar las manos para ver si así lograba estabilizarlas, pero el miedo la recorría y no podía parar. Empezó a recordar la dirección del profesor en Polonia. Digitó lo que primero recordaba y de un momento a otro fue como si su mente se hubiera blanqueado. Poco a poco la desesperación se fue apoderando de todo su ser y no lograba concentrarse. Olvidó el correo del profesor después de que lo había repetido hasta el cansancio; de hecho, había creado una especie de canción para no olvidar ningún detalle, pero era como si nunca se le hubiera ocurrido. Era como si nunca hubiera memorizado nada. Por un segundo alcanzó a creer que el tal profesor no existía y que todo era producto de su imaginación. Mientras estaba ahí de pie desnuda con ese celular en sus manos se le escurrieron las lágrimas.

De un momento a otro le llegó a su cabeza la dirección electrónica de su mamá. Digitó con premura y como pudo escribió con uno que otro error. ‘Mami, soy Camila. Me tienen secuestrada. Trata de personas. Estoy en una isla en el Caribe. No escribas a este correo. Es peligroso.’ Hizo click en ‘send’, fue inmediatamente a ‘Mensajes enviados’ y lo eliminó. Estaba verificando que su operación se hubiera completado, cuando sintió un grito: ‘¡Hey!’. Quedó petrificada. Soltó el celular, lo puso encima de la mesa, se giró, no había nadie detrás de ella. Era Epsler que la llamaba desde el baño. Fue corriendo hacia la puerta y él le dijo que entrara a la ducha. La miró y se dio cuenta de que estaba llorando. Le dijo que se calmara, que más tarde iban a comer algo rico preparado por el chef de la casa y que no se preocupara. ‘Si te portas bien, te puedo premiar y mira que yo soy muy generoso’ – le dijo Epsler con un tono paterno -. Ella lo miró en silencio, se limpió tímidamente las lágrimas y su temblor poco a poco fue pasando. Una vez más abusó de ella dentro de la ducha. Camila solo podía pensar en el mensaje que acababa de enviar y se le cruzaban mil ideas por su cabeza. ‘Si se llegan a dar cuenta de que envié ese mensaje me matan o matan a alguien de mi familia. Ojalá que mi mamá lea el mensaje, se tranquilice porque al menos sabrá que estoy viva y puedan rastrear la ubicación. ¿Será que me equivoqué? ¿Qué tal que haya escrito mal la dirección y llegue la notificación de error de envío? ¡Dios mío! ¡Ayúdame! ¡Sálvame de esto tan horrible que me está pasando! Mejor dicho, ¿por qué me trajiste hasta acá? ¿Por qué me esta pasando esto? ¿Cómo puede ser posible que tu existas y permitas algo tan espantoso?’.

Mientras Camila se hacía todas esas preguntas, Epsler abusaba de ella como si fuera una muñeca de trapo; disfrutaba verla temblorosa y con la mirada perdida. Sonreía al tiempo que satisfacía sus más oscuras fantasías. No pensaba que estuviera haciendo nada malo. El merecía ese tipo de cosas porque era esa clase de individuo que cree que el mundo le debe porque sí y punto. Apenas terminó, le dijo que se fuera para la habitación que le habían asignado y que la llamarían cuando la necesitaran. Camila salió cubriéndose con una bata de baño. La casa era tan grande que ni siquiera sabía en dónde debía dormir, ni entendía qué camino coger. Giró por uno de los corredores y se encontró a una mujer que estaba haciendo limpieza y llevaba un carrito como el de los hoteles con sábanas y toallas. Camila le preguntó que si ella sabía dónde estaba la habitación que le habían asignado. La mujer sonrió, y sin decir una palabra, le hizo señas de que la siguiera. La acompañó hasta el final de un corredor, bajaron unas escaleras y llegaron a otro ambiente donde había varias habitaciones. Allí le indicó cuál era la de ella. Le agradeció y la miró como buscando en ella alguna muestra de empatía o de entendimiento o de refugio. Cuando la mujer advirtió el gesto de Camila, bajó la mirada y se fue rápidamente de allí. Camila entendió que no podría pedirle ayuda, ni intentar nada porque seguramente estaba amenazada o le contaría todo al dueño de la casa.

Entró a la habitación. Al interno había dos camas semidobles, unas mesas de noche en colores beige y marrón que iban de acuerdo con la decoración general del espacio. Un tocador con un espejo grande e impecable. El baño era grande, con dos lavamanos, una ducha espaciosa y el pavimento climatizado. Camila abrió las cortinas y se encontró de frente una vista hermosa. Deslizó las puertas y una terraza con muebles modernos y sofisticados agregaban una especie de sosiego para la brisa tibia, el cielo azul y el verde de las plantas y de los árboles que adornaban el inmenso jardín de la casa. Camila no podía escapar a la ironía de estar viviendo algo así. Hubiera soñado estar en un lugar como ese de vacaciones con su familia o con sus amigos, pero no siendo esclava de un depredador. Nunca se hubiera imaginado que estaría viajando en aviones privados, ni siendo huésped de casas y hoteles tan lujosos. No sabía y tal vez nunca hubiera tenido la posibilidad de estar a ese nivel. Lo único que podía pensar era que cambiaría todo ese lujo por su libertad y sería feliz viviendo en una casa de 40 metros toda su vida con tal de no experimentar un solo segundo de lo que había padecido por varias semanas.

De repente se abrió la puerta de la habitación. Era Vira. Las dos se abrazaron como si no se hubieran visto durante meses. Se contaron sus experiencias. Vira tuvo que estar con un hombre de unos 65 años. Se burló del viejo; le decía a Camila que casi que ni se le para, que era un barrigón sin gracia. En fin, hasta se rieron en medio de su tragedia. Vira le dijo que le había partido el alma ver que a la niña de 14 años se la habían llevado dos hombres. En medio de su relato volteó a mirar la habitación y se quedó con la boca abierta. ‘Te imaginas que estuviéramos acá con amigos o de vacaciones? ¡Qué lugar tan divino es éste!’ – le dijo Vira con el entusiasmo de sus veintes -.

‘Si, estaba pensando lo mismo. Es una completa injusticia que estemos en un lugar tan espectacular, con tantos lujos, pero sin libertad. Sin familia, sin amigos, sin nada. Vira, tengo que contarte una cosa que hice’.

Vira abrió los ojos, se quedó mirándola y le dijo: ‘Espera, espera’. Sacó del bolsillo de su bata unas pastillas; le dio una a ella y estirando la mano con la otra en medio de sus dedos, se levantó, cogió una botella de agua y le dijo: ‘Salud’. Las dos se tomaron las pastillas. Al final, era lo único que las ayudaba a soportar todo lo que estaban viviendo. Vira le dijo que estaba lista para que le contara. Camila le dijo con detalles el envío del correo a su mamá.

‘Camila, ¡Dios mio! ¡Nos van a matar! ¿Tu crees que esa gente no se va a dar cuenta? A lo mejor lo hicieron a propósito. Ese tipo dejó ese celular ahí para probarte y tu caíste como una idiota. ¿Es que no has entendido con la talla de gente con la que estamos? Estoy segura de que se dieron cuenta y nos van a matar o le van a hacer algo a tu familia’.

‘No digas eso. Estoy segura de que no se van a dar cuenta. Ese tipo estaba super drogado, igual que la loca esa de su novia, o su amiga, o lo que sea. Par de depravados. Estaban metiendo cocaína y estaban muy tomados. Estoy segura de que no se dieron cuenta. Además, la cuenta no era de él. Era una cuenta como institucional. No me pude acordar del correo del profesor. Olvidé completamente el nombre de ese tipo. Se me borró de la cabeza, pero me llegó la dirección de mi mamá. Al menos sabrá que estoy viva y quien quita, pueden hacer un rastreo de la ubicación a través de ese correo’.

‘Camila, nosotras no nos vamos a quedar acá. Digamos que logran hacer un rastreo, ¿de qué sirve si ya vamos a estar de regreso en Polonia?’.

‘Entonces tenemos que portarnos bien para que nos dejen acá. Tenemos que aguantar’.

‘Eso no depende de nosotras. Estos viejos retorcidos les gusta cambiar rapidito. Yo solo espero que no te vaya a pasar nada a ti o a tu familia’.

‘No va a pasar nada. O si, si va a pasar. Nos van a rescatar, Vira’.

Las dos amigas se acostaron en sus camas en silencio a esperar. Por ahora, era lo único que podían hacer.

Después de haber hablado con los funcionarios del Consulado de Colombia en Polonia, Silvia se negaba a creer las sospechas que le habían confirmado: que su hija había sido raptada por una red de trata de personas. Desde ese día no habían podido dormir. Jairo no tenía paz, le había cambiado el genio y estaba aumentando el consumo de alcohol para adormecer su dolor. Silvia por su parte, lloraba en continuación, no comía, no dormía bien. Ella le preguntó al funcionario que se quería ir para allá, pero la convenció de que no era lo más indicado en estos momentos. Polonia no era un país fácil. El hecho de estar tan cerca de Ucrania y de estar recibiendo refugiados constantemente había creado un ambiente hostil y complicado. Fuera de eso estaba la barrera lingüística, lo cual sería un gran problema para ellos y lograr desplazarse con tranquilidad. Le pidieron que tuviera paciencia porque ellos habían activado todas las alertas para poder rastrear los movimientos de Camila y el objetivo era encontrarla.

Silvia ya no sabía qué creer. Por la escasa información que había encontrado, sabía que era muy difícil que la encontraran porque esos criminales sabían cómo moverse. Muchas veces la Policía estaba involucrada y prácticamente deberían ir personalmente a los burdeles y night clubs a buscar a las víctimas personalmente. Ella no se podía alejar de la idea de ir a buscar a su hija, pero era cierto que el hecho de no hablar inglés, mucho menos polaco sería un gran problema, sumado al dinero que necesitaría para realizar un viaje semejante, pagar hospedaje y alimentación. Esa tarde estaba Silvia sentada en la cocina calentando un agua para tomarse un té, que era lo único que toleraba últimamente, cuando le llegó una notificación a su celular. Como era ya costumbre lo cogió con urgencia, se trataba de un correo electrónico de una dirección que no reconoció: starpartners@gmail.com. No tenía asunto. Pensó que se trataba de alguna publicidad. Sin abrirlo lo eliminó.