El comienzo
Cuando María Clara se giró ya tenía prácticamente al frente a Juan Manuel. Beta sonriendo le lanzó una de sus frases típicas: ‘Juan Manuel, no me digas que dejaste algo por acá aparte de una mujer maravillada y botando la baba y hablo de mí, obviamente…’ Juan Manuel sonrió y cuando iba a responder, lo interrumpió: ‘Te estoy mamando gallo, querido. Yo tengo un esposo que amo, y que me está esperando, y honestamente, no me interesa mucho saber por qué te devolviste, pero me encantó verte otra vez, ojalá se repita’. Beatriz le picó el ojo a su sobrina y salió del café. María Clara se acomodó en la silla y sonriendo le dijo: ‘Llevo tantos años disculpándome por las imprudencias de mi tía que honestamente prefiero quedarme callada, pero, de verdad ¿qué pasó? ¿se te quedó algo?’.
Juan Manuel un poco sonrojado le dijo:
‘Tu tía es una mujer exquisita y no debes disculparte. Y no, no se me quedó nada, pero olvidé preguntarte algo. No te pedí tu teléfono, me gustaría seguir hablando contigo, y si, podía buscarte en las redes, pero me imagino que ahora pocas cosas serán manejadas por ti y no quiero ser invasivo o inoportuno. Creo que lo que se viene ahora con lo de la campaña de tu esposo exige un cuidado extremo – Juan Manuel botó un suspiro y se cogió la cara con las manos y prosiguió un poco avergonzado -. Mira, ahora que estoy diciendo estas cosas en voz alta me siento ridículo. No quiero que pienses mal, simplemente me encantó verte y me gustaría seguir en contacto, pero no pretendo ser inadecuado. La verdad, es que no sé cómo hablarte, me puse nervioso y todo…jajaja…me siento como un adolescente’.
Los dos soltaron una carcajada y se miraron por algunos segundos fijamente a los ojos. Una sensación extraña se apoderó del cuerpo de María Clara; una pugna entre su corazón, vientre y cuello uterino la trajeron de vuelta a la realidad, cogió el pocillo del café que ya había terminado y disimulando el temblor de sus manos, pronunció algunas palabras:
‘A mi también me encantó verte. La verdad este encuentro me revitalizó y me hizo olvidar el momento por el que estoy pasando. No creas, esto de la campaña de Nicolás me tiene un poco preocupada. Me siento bajo presión. No soy una persona pública, no me gusta ser el centro de atención y no estoy acostumbrada a tener escoltas, ni trainers de una cosa o la otra, mucho menos asesores de imagen y no se cuántas cosas más. Son muchos cambios, y si no fuera porque es mi esposo y es mi deber apoyarlo, no aceptaría nada de lo que me quieren imponer, pero perdona, no te quiero aburrir con esto’.
‘No me aburres en lo más mínimo, y te entiendo, bueno, no he sido la pareja de ninguna candidata a la presidencia, pero si me pongo en tus zapatos, alcanzo a dimensionar lo que una decisión de esas representa. No debe ser fácil alterar la rutina de un momento a otro. Pero desde otro punto de vista, también puede ser interesante, es una oportunidad para hacer verdaderas transformaciones, ¿no?’.
‘Si, eso fue lo que me dijo Beta, y por ahí lo voy a tomar, sin embargo, para serte honesta, no estoy motivada. Es más, ¿sabes lo que me dijeron? Que tengo que buscar una asistente personal. Es algo que me quedó atravesado porque yo tengo mi grupo de personas en la fundación. Es gente en la que confío totalmente, pero me dijeron que debe ser alguien externo, y no se me ocurre quién pueda ser. No quiero delegar esa tarea a alguien conocido, pero tampoco puede ser una equis que no sé de dónde viene. Me aburre pensar en estas cosas, quisiera una persona en la que pueda delegar con tranquilidad gran parte de las tareas que me esperan para no tener que consumirme en este rol. Claro, tendré que asistir a una cantidad de eventos y reuniones, acompañar a Nicolás en sus cosas, caminatas, discursos, pero no quiero estar inmersa en decisiones que me quiten tiempo y que no considero importantes’.
‘¿Sabes una cosa? Creo que tengo una persona que te puede ayudar. Es una mujer con un excelente perfil profesional; la conocí por trabajo; es responsable, dedicada, inteligente y muy pila. Si quieres te doy el contacto. Es más, tengo su hoja de vida en mi oficina. La tengo impresa. Si tienes tiempo, podemos ir de una vez y te la doy, así le echas un vistazo y si te da curiosidad la puedes contactar para hablar con ella. Al menos es un inicio. Me imagino que conoces mucha gente, estoy seguro de que te van a recomendar una lista larga de candidatos, pero vas comenzando’.
María Clara miró el reloj y aceptó. No entendía muy bien por qué, pero de repente un arrojo orgánico la llevó a decirle que si y emprendieron el camino hacia la oficina de su excompañero del colegio. Mientras atravesaban el parque que estaba al frente de la casa de Juan Manuel, hablaron del más y del menos, recordaron algunas anécdotas de los días de adolescencia. Varias fiestas a las que asistieron saltaron en la conversación y soltaban risas recorriendo las memorias del colegio. De esos días en que todo era más simple, más espontáneo y sin tanto velo. Llegaron al edificio, Juan Manuel saludó al celador con mucha gentileza y tomaron el ascensor. María Clara no entendía por qué estaba tan nerviosa; era como si un botón de alarma se hubiera activado dentro de ella. Se preguntaba en silencio ‘Yo qué estoy haciendo acá’, pero a pesar de ello, continuaba dirigiéndose a la casa del hombre que le estaba provocando emociones extrañas.
Entraron y María Clara quedó gratamente sorprendida. Juan Manuel vivía en un apartamento amplio, ordenado y decorado con gusto y estilo. Apenas entraron se advertía un perfume agradable. La sala y el comedor se encontraban en un mismo espacio con objetos de diseño de colores vivos que hacían contraste con la base de neutros que coloreaban los muebles finos y perfectamente dispuestos en el salón. Tenía algunas plantas ubicadas en los ángulos que enmarcaban los grandes ventanales y dejaban ver una terraza desde donde se veían los árboles y la vegetación del parque que estaba en frente y las montañas que actuaban como fondo perfecto de la vista que tenía el último piso del edificio. La cocina respiraba vida, se notaba que era un espacio traficado, pero no por el desgaste, simplemente se advertía la energía. Una máquina de café casi industrial sobresalía en un largo mesón de mármol y otros electrodomésticos vintage terminaban el conjunto de objetos que María Clara detalló sin dejar nada por fuera.
Juan Manuel le indicó con el dedo dos puertas grandes en el fondo del salón y cuando se acercaron, las abrió y ahí estaba la oficina. Una mesa de una madera elegante y fuerte era la protagonista del estudio que adecuó como su lugar de trabajo. Una foto con su hijo, algunos documentos, el computador con dos pantallas, una planta, un objeto plateado de diseño y una mesa de reuniones terminaban de unir el conjunto de elementos y piezas particulares que le daban una magia especial a ese ambiente.
Juan Manuel abrió uno de los cajones de un mueble que estaba detrás de la mesa y sacó la hoja de vida de la persona de la que le había hablado. Se la entregó, María Clara la vio de reojo y él le dijo que la llevara, y que la mirara con calma y si no le parecía que cumplía con el perfil no había ningún problema. Se trataba de una persona que él estimaba como profesional y que por eso se atrevía a recomendarla, pero que, sin duda, no comportaba ninguna clase de compromiso. María Clara la guardó en su cartera. El le ofreció algo de tomar; ella se rehusó un poco sonrojada.
‘Espera, pero si es hora de almorzar, si quieres vamos a comer algo, o si te sientes cómoda y está bien para ti, puedo cocinar algo en cinco minutos’ -le dijo Juan Manuel con gran entusiasmo-.
María Clara lo miró incrédula.
‘¿Ah, pero es que también cocinas? -le preguntó con un tono burlón-.
‘Me encanta cocinar. No sé si soy muy bueno, pero me relaja y me invento cosas fáciles de hacer con lo que tengo. Si quieres correr el riesgo, me pongo el delantal’.
María Clara de nuevo miró el reloj, estaba pensando qué hacer, y tuvo un asomo de sensatez.
‘No, Juan Manuel. Me tengo que ir. Te agradezco por la hoja de vida, voy a revisarla, pero de verdad creo que es mejor que me vaya’.
Juan Manuel se quedó mirándola con un gesto comprensivo y le dijo:
‘Todavía no sé si te puedo llamar o escribir. Al menos para saber qué pensaste de la hoja de vida’.
María Clara sonrió y le dio una de sus tarjetas personales y le dijo:
‘Mira, acá está mi celular privado, mi correo electrónico, el teléfono de mi oficina, mejor dicho…falta mi cédula’.
Cuando se la entregó se rozaron los dedos y los dos sintieron ese corrientazo que explota cuando la química es importante. Juan Manuel se le acercó, la miró fijamente y se deslizó hasta su oído, susurrando le dijo: ‘Quédate, te juro que no te vas a arrepentir’.
