Camila se encontraba en octavo semestre de Relaciones Internacionales en una de las más prestigiosas universidades del país. Desde siempre tuvo una inclinación muy marcada por lo que ocurría en el mundo, en la historia y en el impacto que la globalización tenía en las sociedades actuales. Su familia hizo un esfuerzo muy grande para apoyarla y hacer la carrera en esa universidad con la condición de que aplicara a la beca porque para ellos era imposible pagarle toda la carrera. Su objetivo era trabajar para un Organismo Internacional como las Naciones Unidas. Soñaba con viajar, conocer otras culturas y participar de proyectos grandes para ayudar diferentes comunidades alrededor del mundo. La experiencia que había tenido hasta el momento en el exterior se reducía a un viaje de intercambio que había hecho con uno de los programas de movilidad de la Universidad, y en ese momento cuando escogió su destino investigó cada detalle con rigor con el fin de enriquecer su estadía y estudiar las posibilidades de regresar en un futuro para hacer carrera. No veía la hora de tener la oportunidad de trabajar con alguno de estas organizaciones. En esa oportunidad, estuvo en España. Aprovechó cada día que estuvo en ese país, alcanzó a hacer algunos viajes cortos con sus compañeros y atesoró el aprendizaje y el acercamiento que tuvo en el viejo continente. Como era de esperarse, obtuvo resultados muy positivos en su desempeño como estudiante y dejó muy buena impresión en la institución. Cuando regresó a Colombia, recibió halagos y felicitaciones por sus logros, cosa que la motivó a seguir esforzándose aún más sin saber lo que tendría que afrontar.

La pandemia había dejado a Camila en un estado de incertidumbre y de ansiedad por el futuro. Aunque continuó con sus estudios con mucha disciplina y dedicación, como muchos jóvenes que se vieron confinados, sintió que su vida de repente se había paralizado y que esos meses habían sido un trozo de tiempo perdido, lo cual le había reforzado su deseo de ayudar y de trabajar por tanta gente que necesitaba una mano. Después de reanudar el ritmo lentamente y de volver a las aulas, estaba muy inquieta con ganas de hacer un cambio drástico en su vida.

Camila llegó un día a la universidad y se encontró con su amigo inseparable: Felipe. Desde que se conocieron hicieron click de inmediato y desde ahí hacían todo juntos. Tenían un grupo de amigos con los que eventualmente estudiaban o salían a comer o a fiestas, pero Camila y Felipe eran los compinches. Esa tarde, cuando Camila se dio cuenta de que su amigo se acercaba, en la distancia se miraron con una expresión de angustia. Rusia había invadido Ucrania. Esa era la noticia, y aunque para muchos en ese lado del mundo, no pasaba de ser una noticia más, para el par de amigos significaba algo realmente importante. Camila le dijo a Felipe con su voz alterada: ‘Se armó, ¡Felipe! ¡Esto es muy grave! ¿Qué vamos a hacer?’. Felipe la miró y le dijo: ‘Pues por ahora, leernos todas las noticias porque seguro en clase nos van a preguntar, pero sí, es muy delicado lo que está pasando’.

Camila daba vueltas y vueltas en la playita. Estaba inquieta, preocupada. ‘Es que no lo puedo creer, no acabamos de salir de esa maldita pandemia y ¿ahora una guerra? ¿Es en serio? ¿Qué clase de mundo es éste? – le preguntaba a Felipe mientras él no dejaba buscar información en su celular. Finalmente entraron a clase y una de las cosas que más le impactó a Camila del análisis que hizo el profesor era el éxodo de ucranianos. Frente a una situación tan delicada, la huida de las personas, en su mayoría mujeres y niños, era inminente y obviamente, eso tendría consecuencias grandes para Europa a nivel social y económico. Aunque parecía un conflicto muy lejano, Camila estaba muy impactada y cuando salió de ese salón le dijo con mucha determinación a Felipe que ella iba a hacer algo para contribuir. Que era imposible quedarse con las manos cruzadas viendo cómo se desmoronaba el mundo frente a sus ojos. Felipe un poco escéptico le dijo: ‘Cami, no pierda la perspectiva. Es muy grave, estoy de acuerdo, pero acaso ¿qué se le ocurre? ¿Unirse a las fuerzas militares ucranianas y pelear con fusil en mano? No, mija. Primero, tenemos que graduarnos, después vemos qué hacemos’. Camila le mandó una mirada de enfado a su amigo y le dijo: ‘Algo se me va a ocurrir’.

Pasaron los días, el par de amigos seguían en su vida de estudiantes universitarios y una tarde después de clase, fueron a tomarse un café y Camila le dijo a Felipe que había estado viendo por internet que la cantidad de mujeres y niños que estaban saliendo de Ucrania era impresionante, y que ella no podía dejar de pensar en el destino de esas personas, así que se había puesto a buscar la forma de hacer un voluntariado en alguno de los centros de refugiados. Felipe le abrió los ojos y casi se atora con el trago de café que se había llevado a la boca. Le dijo que si estaba loca, que cómo podía pensar en algo así, que era muy peligroso, que más bien buscaran otra forma. Le dijo que, si fuera por eso, en Colombia pasaban cosas muy graves todos los días y que podría pensar en ayudar primero en casa. Camila le dijo que para ella nunca había sido indiferente lo que ocurría en su país, sin embargo, el hecho de acercarse a otras culturas y conocer otros conflictos les podría dar otra perspectiva para entender mejor el mundo. Ser solidario para nada excluye las prioridades, pero para ella era inconcebible que en este momento estuviera pasando algo tan grave. Además, no tenía por qué ser peligroso. Había muchos organismos de cooperación internacional ayudando en los campos de refugiados y ya había empezado a escribir para ver si la aceptaban en alguna parte.

Felipe la miró con una expresión de enfado mezclada con preocupación. ‘Camila, usted es muy impulsiva; pero bueno, ya que está tan determinada, acuérdese que nos hablaron de Urgency, esa organización es muy seria, trate de buscar con ellos. De pronto le puede funcionar’. Camila lo miró, le sonrió y le dijo: ‘Esoooo, así me gusta! ¡En la jugada! ¡Si! ¡Voy a escribirles! El par de amigos se despidieron. Felipe se iba el fin de semana con la familia porque tenían un matrimonio; quedaron de escribirse para estar actualizados.

Era domingo de almuerzo en la casa de la abuela de Camila. El momento para reunirse en familia y adelantar cuaderno. Estaban las dos hermanas de la mamá de Camila con sus hijos. El tema de conversación pasó por variados argumentos. Desde los chismes de los parientes que no estaban allí, pero de quienes conocían todos sus movimientos, hasta la política, la carestía, el servicio público, etc. Fue el papá de Camila quien llevó a la mesa la intención de su hija de querer irse como voluntaria a un campo de refugiados en Polonia a propósito de la guerra en Ucrania.

Todos sin excepción abrieron los ojos y con sus gestos mostraron mucha sorpresa por la noticia. La abuela fue la primera en opinar: ‘Mijita, pero ¡cómo se le ocurre irse por allá tan lejos y en un momento tan delicado! ¡Eso si es ir a buscar lo que no se le ha perdido! Yo no entiendo esta juventud. Termine su carrera, busque un trabajo, haga lo que hace todo el mundo, pero ¡cómo va a pensar en irse en este momento! No, yo no estoy de acuerdo con eso’. Camila botó un suspiro y le dijo a su abuela en un tono conciliador: ‘Abuelita, no se preocupe. Normalmente los campos de refugiados están en sitios seguros; para eso son, para proteger a las personas que están escapando de la guerra y la verdad, creo que es una excelente experiencia, además estoy aplicando a organismos internacionales reconocidos, no es que me voy a ir como una loca sin saber qué hacer. Esa gente tiene toda la experiencia, sabe cómo gestionar estas situaciones y necesitan gente para ayudar’.

Silvia, la mamá de Camila, miró de reojo y no pudo contenerse: ‘Yo sinceramente estoy de acuerdo con mi mamá. No creo que sea la mejor idea irse en un momento tan delicado y a un país donde ni siquiera se puede comunicar bien. Ella dice que la gente habla inglés, pero honestamente me parece peligroso. Lo que pasa es que el papá le acolita todo’. Camila guardaba silencio. De repente, su primo Alberto, la llamó aparte para salvarla de la situación. Se retiraron hacia una salita pequeña que había cerca del comedor y se sentaron. Alberto y Camila habían sido muy unidos cuando eran niños porque eran casi de la misma edad. El era un par de anos más grande que ella, pero siempre hubo mucha complicidad entre los dos. Camila era la única niña y él siempre la protegió, la defendía y la incluía en los juegos. Cuando fueron creciendo se alejaron un poco. Alberto no quiso hacer una carrera y se dedicó a los negocios. Tenía una personalidad arrolladora, era entrador, extrovertido y muy simpático. Empezó vendiendo ropa y cuando menos pensaron, abrió un local en San Andresito. Por el hecho de haber tomado rumbos tan diferentes el par de primos se alejaron, dejaron de compartir, y aunque Camila alguna vez le dijo que Alberto que estudiara, nunca pudo convencerlo. Empezó a ganar plata y para él eso era lo más importante. A muy corta edad tenía un buen carro, y había alcanzado una estabilidad económica que en su familia le admiraban. Para Camila se había convertido en alguien que a veces desconocía, sin embargo, eran primos y él siempre se portaba bien con ella.

‘Bueno, Cami, ¡cuente pues cómo es ese video de ese viaje! ¡Usted va a matar a mi tía de un infarto! ¿Por qué no se va pa’l Chocó? ¿Jajaja Se tiene que ir por allá tan lejos?’ – le dijo Alberto a Camila mientras se tomaba una cerveza. Ella lo miró, tomó aire y le dijo: ‘Beto, no me vaya a decir que usted también me va a caer con cantaleta! ¡Qué mamera! Es que nadie entiende. Acuérdese que yo ya estuve en Europa y créame que he estudiado mucho acerca de esta guerra y de lo que está ocurriendo. Es que yo lo veo como una gran experiencia para mí. Estas son las cosas que me suman en la hoja de vida para poder llegar a donde yo quiero. Usted no se alcanza a imaginar lo que uno puede aprender’.

‘No, Cami, no le voy a dar cantaleta. Yo no entiendo nada de esos temas, pero si eso es lo que usted quiere hacer, pues hágale que la pataleta se les pasa a mis tíos. Pero entonces cuénteme cómo es la vuelta’.

Camila le contó con mucho entusiasmo a Alberto todos sus planes, le nombró las organizaciones a las que había estado aplicando y los planes que tenía si todo se concretaba. Ella se daba cuenta que Alberto no le seguía muy bien el discurso porque para ella, él solo entendía de tenis, jeans y camisas, que era lo que vendía, pero no se guardó ningún detalle y le agradeció por preguntarle. ‘Beto, usted no se imagina lo importante que es esto para mí. No voy a descansar hasta conseguirlo’. Alberto la miró, sonrió y le respondió: ‘Testaruda desde chiquita, mijita. Bueno, pues le deseo lo mejor. Ojalá que se le den sus planes’. Jairo, el papá de Camila, interrumpió la conversación de los primos, se acercó a Camila, acariciando suavemente su cabeza le dijo: ‘No le hagas caso a tu mamá y a tu abuela, eso se les pasa el berrinche. Despídete porque nos vamos, tengo que hacer unas cosas en la casa y no quiero que se me haga tarde’.

Camila se levantó, se despidió de su primo y del resto de la familia y salieron para su casa. Terminaron de pasar una tarde tranquila cada uno en sus temas. Silvia se dedicó a ver una serie en Netflix, Jairo hizo algunos arreglos que tenía pendientes en la casa, Juan Carlos, el hermano de Camila se entretuvo con sus videojuegos. Camila, mientras tanto, concentrada en sus correos, y las cartas de presentación para enviar a las organizaciones para realizar su voluntariado.

Al día siguiente, Camila se fue para la Universidad, asistió a sus clases y al final de la tarde, estaba sentada con Felipe hablando del más y del menos, cuando recibió una notificación en su celular. Se trataba de un correo electrónico. Camila abrió los ojos y miró fijamente a su amigo Felipe.