Víctor regreso empuñando algo en la mano y con una botella de agua en la que tenía libre. Camila lo miraba con miedo y desconfianza.

‘Esto no le hace daño, Camila. La va a calmar. Le aconsejo que se la tome a las buenas porque no tengo ganas de tener problemas con usted. Se ve que es una niña obediente, tranquila. Mire, para que se anime, le cuento que a donde la vamos a llevar le va a gustar. Allá va a estar con otras peladas de su edad, y créame que va a terminar acostumbrándose’ – le dijo Víctor abriendo la mano para que aceptara la pastilla.

‘Pero ¿Eso qué es? ¿Qué me va a dar? Yo nunca he tomado tranquilizantes ni drogas psiquiátricas. Me da miedo tomar de eso. Yo hago lo que me diga, pero no me obligue’ – le contestó Camila entre sollozos. 

Apoyó el pocillo del café en la mesa y se dejó caer en el piso llorando a mares. ‘Por favor! ¡Se lo pido! ¡Se lo ruego! ¡Déjeme ir! ¡Al menos déjeme hablar con mis papás! ¡Ellos deben estar super preocupados! ¡Le suplico que no me haga daño! ¡Yo no hice nada malo para estar acá! ¿Por qué me cogieron a mí? ¿Por qué me hacen esto? Se lo imploro, déjeme ir’. – le decía Camila con desesperación -.

Víctor se quedó mirándola fijamente y le contestó: ‘¿Cómo hacemos para que no me vaya a acabar la paciencia? Se lo juro que yo estoy tratando de ser bueno con usted, pero si va a seguir con estos berrinches, me va a tocar darle su merecido. Eso es lo que me emputa a mí de tener que lidiar con estas nenitas gomelitas que creen que la vida es comprar ropa y hacerse selfies para publicar en las redes. Despierte, mija. Usted no conoce el mundo y acá lo va a conocer. ¿Qué creyó? ¿Qué por ser una privilegiada no merece irse de jeta contra el piso? ¿Que todos le deben por ser bonita y ya? ¡No, estúpida! ¡Aterrice! Y ¿sabe qué? Me importa un culo que sus papás estén preocupados. Por mi se pueden morir, que eso es lo que les va a pasar si usted sigue jodiendo y no colabora’. 

Camila estaba aterrada. Trató de explicarle que ella no era ninguna gomelita privilegiada; que su familia había hecho muchos esfuerzos para que estudiara en esa universidad y que era gracias a que era becada, que había podido acceder a esa educación, como si dándole esas explicaciones, Víctor identificara algún punto en donde hacer click con ella y fuera un poco más comprensivo. Sin embargo, esto lo único que hizo fue encolerizar aún más al hombre que forzándola, le metió la pastilla en la boca y la obligó a tomar agua en grandes cantidades para que la pudiera engullir. La tomó del pelo y halándola con fuerza, le dijo que abriera la boca para confirmar que efectivamente la pastilla ya no estaba. 

Camila lloraba sin parar. Poco a poco se fue calmando hasta que ya no podía enfocar bien ninguno de los objetos que tenía alrededor. Se sentía un poco mareada. Trató de incorporarse para sentarse de nuevo en el sofá, sin embargo, cuando apoyó la mano en la mesa para sostenerse, perdió el equilibrio y volvió a quedar de rodillas en el piso. Víctor se acercó, sonrió y le dijo: ‘Quédese ahí quietica que así se ve más bonita. ¡Por fin se calló esta maricona! ‘.

Camila no entendió las palabras de Víctor. Todo a su alrededor le daba vueltas, pero al mismo tiempo empezó a experimentar un desprendimiento absoluto de la realidad, y sobre todo del dolor. La angustia, el pánico, la tristeza, la preocupación de repente ya no estaban. Era claro que no estaba feliz, pero había entrado en un trance que le permitía soportar esa nueva realidad que todavía no terminaba de entender, mucho menos, de conocer. Era raro, pero en el fondo y en silencio agradeció que le hubieran arrancado esa agonía tan grande.

Permaneció de rodillas en el piso y con movimientos muy lentos contemplaba todo a su alrededor como reconociendo de nuevo el espacio donde se encontraba. Cuando se giró a su izquierda vio a Víctor sentado en una silla. Él estaba concentrado con su celular y ni la miraba. Ella después de un esfuerzo importante, le dijo: ‘Oiga, quiubo, ¿en dónde estamos? ¿Estábamos en una fiesta? ¿Dónde está la gente? Me quiero ir para mi casa’.

Víctor soltó una carcajada y ella de manera espontánea sonrió también. Había perdido la noción del espacio y del tiempo. Estaba enteramente drogada. ‘¡Oigan a ésta! ¡Se emborrachó la policía, mija!’. Camila no entendía nada. Estaba con la mirada perdida y el rostro cansado. De repente se abrió la puerta principal de la casa.

Era el polaco que la había recogido en el aeropuerto. Traía del brazo a una niña que parecía más joven que ella. Temblaba mientras entraba tímidamente en la casa, los ojos encharcados y enrojecidos hacían resplandecer aún más el azul profundo que brotaba entre las lágrimas. Una tez blanca y el pelo largo rubio desordenado y unas facciones delicadas daban cuenta de la belleza única de las mujeres de la región nórdica de Europa. Camila trató de sonreírle, aunque no entendía en ese momento si lo que estaba viendo era verdad o mentira y sus gestos parecía que iban mucho más lento que sus emociones. El cuerpo y el alma de esa niña eran la representación de una sola cosa: terror. En medio de su trance, Camila la miró con simpatía y le dijo en voz baja: ‘Hola’. Víctor la miró, soltó una risotada y le dijo: ‘¡No sea bruta! ¿Esa no habla español, no ve que no es colombiana? Y bueno, se me queda calladita que acá no vino a hacer amiguitas’.

El polaco soltó a la niña y la sentó en una de las sillas del comedor y se fue para uno de los cuartos. Las dos se miraban y con los ojos se hacían mil preguntas y se daban todas las respuestas. Se dijeron cómo y cuándo fueron captadas, lo que estaban sintiendo por dentro, el miedo que las dominaba, la incertidumbre de no saber qué les esperaba. Ninguna de las dos entendía nada y sin decirse una sola palabra se comunicaron, se descifraron y se abrazaron. Camila apenas podía moverse. Sentía su cuerpo débil y cuando se tocaba el rostro era como si estuviera adormecido, como si todo lo que ella había conocido de un momento a otro hubiera desaparecido. Estaba entrando a un mundo que ni siquiera sabía que existía.

Víctor se puso de pie, fue a la cocina y trajo en su mano otra pastilla para la recién llegada. Cogió la botella de agua que había dejado Camila, se la metió en la boca y la obligó a tragársela. La niña solo lloraba y no decía nada. El polaco volvió y le dijo a Víctor en un español mal hablado y con una sonrisa perversa: ‘¿Ya están listas?’.