Mientras Camila estaba viviendo ese infierno en un país a kilómetros de distancia de su casa, su familia estaba experimentando algo peor. Silvia y Jairo estaban desesperados tratando de entender lo que había pasado con su hija porque no tenían ningún tipo de respuesta desde que había hecho la escala en Paris. Silvia empezó a preocuparse desde que hizo los cálculos de su aterrizaje en Varsovia. Al principio, Jairo trató de calmarla diciéndole que probablemente estaba sin datos y que había que darle el espacio para que llegara al sitio donde iba a estar inicialmente en la capital de Polonia porque seguramente allí tendría la posibilidad de conectarse a una red para comunicarse con ellos. Los minutos se convirtieron en horas y ellos no tenían ninguna respuesta. El teléfono de Camila parecía apagado. La excusa de la batería descargada ya no tenía sentido, pues había transcurrido el tiempo necesario para haber llegado a un lugar donde hubiera podido recargarlo. Silvia empezó a intranquilizarse al punto que llamó a Felipe. Le preguntó si había recibido noticias y él le dijo que no, y recurrió a las mismas hipótesis que parecían las únicas en ese momento. Sin embargo, para ellos no era normal lo que estaba pasando.
Jairo llamó a Alberto. Le contó lo que no sabían nada de Camila; se acordó que él le había tomado una foto al itinerario del vuelo, y aunque ellos también lo tenían, se preguntaba si tenía alguna información adicional acerca de la organización con la que se había ido. Alberto se alertó; le manifestó que le parecía extraño que Camila no se hubiera comunicado aún teniendo en cuenta los horarios. ‘Vea tío, acuérdese que hay un cambio de horario, a lo mejor ella llegó cansada, se enredó por la bienvenida, tenía el celular descargado y con seguridad mañana se va a comunicar. Traten de estar tranquilos y manténgame informado. Si no llama, hacemos un seguimiento a ver qué está pasando, pero confiando en Dios, Camilita está bien, no se preocupe’ – le dijo a Jairo con un tono sosegado para tratar de calmar los nervios de su tío.
Ese resto del día para todos en la casa fue de angustia, sin embargo, estaban esperanzados en que al día siguiente tendrían noticias de Camila. Al fin se fueron a dormir. Silvia apenas pudo pegar los ojos. Se despertaba frecuentemente, revisaba su celular. Jairo, por su parte, logró conciliar el sueño y esto desestabilizaba a Silvia. Sentía rabia. No entendía por qué su esposo podía dormir plácidamente sabiendo que no tenían ninguna noticia de su hija. Por fin llegó la mañana. Silvia que había podido adormilarse por unos minutos, se despertó asustada. Se sentó en la cama, revisó el celular y no tenía noticias de Camila. Inmediatamente trató de llamarla, pero el celular parecía apagado, inmediatamente se iba al buzón. Los mensajes no los había recibido, no aparecía en línea. No había rastro de ella. Silvia saltó de la cama y despertó a Jairo de un grito.
‘¡Jairo, por Dios! A Camila le pasó algo. ¡Esto no es normal! ¿Por qué no contesta? ¿Por qué tiene el celular apagado? ¡Algo le pasó! ¡Dios mío! ¡Algo le pasó! ¿Qué vamos a hacer?’
Jairo quedó petrificado con los gritos de Silvia y trató de asimilar todo lo que acababa de decir. El también revisó su celular y efectivamente no había nada de su hija. En ese instante entró Juan Carlos asustado con los gritos de su mamá, preguntó qué estaba pasando y entendió que la preocupación aumentaba porque él tampoco había recibido nada de su hermana. En realidad, no era normal. Silvia caminaba de un lado para otro, se agarraba la cabeza tratando de pensar qué podía hacer para tener alguna noticia. De repente dijo: ‘Me voy ya para la Universidad’. Jairo le dijo que si, que podían empezar por ahí. Seguramente ellos tendrían los contactos necesarios para poder llamar y saber por qué Camila aún no había dado señas de su llegada a Polonia. Silvia se entró a la ducha a la velocidad de la luz, Juan Carlos se activó y Jairo bajó a preparar el café.
Todos se alistaron rápidamente. Jairo le dijo a Silvia que los dejaría en la Universidad, porque no podía faltar a la oficina debido a que tenía una reunión con el jefe, pero que tan pronto se liberara, la llamaba para saber cómo les había ido, y que, de todos modos, lo mantuvieran informado. Cuando llegaron, Silvia y Juan Carlos se bajaron apresurados y corrieron a la Facultad. Tuvieron que esperar un poco porque el decano no había llegado. Finalmente llegó y los hizo pasar. Silvia le contó la situación y ya empezaba a sollozar. En el fondo, la intuición de mamá le decía que algo malo estaba pasando con su hija y lo único que ella quería eran respuestas. El decano se alarmó y le dijo que le parecía muy extraño porque en efecto, a esas alturas, Camila ya tendría que haber dado pistas de su llegada y de su estancia en el centro urbano para refugiados. Llamó con premura a su asistente, le contó la situación y le pidió que buscara un contacto con Urgency en Polonia para entender lo que estaba pasando. La asistente salió corriendo de la oficina y mientras se quedaron allí, el decano se puso de pie, miraba para un lado, para el otro, revisó algunos papeles. Le preguntó a Silvia si ella tenía los correos o las comunicaciones que Camila había intercambiado con la organización y Silvia bajando la mirada le dijo que no. Que no sabía por qué no cayó en cuenta de haberle pedido esos documentos a ella. El decano le dijo que estuviera tranquila, y que iban a encontrar alguna razón. ‘Señora, usted sabe que nosotros en la Facultad conocemos muy bien a Camila, ella es una excelente estudiante, su comportamiento ha sido sobresaliente y aunque nos cayó de sorpresa el hecho de haber suspendido el semestre, entendimos que era una decisión que para ella significaba mucho. Usted sabe que para los estudiantes es realmente significativo tener una oportunidad de esas y la entendí’ – le dijo el decano.
‘¿Cómo? ¿Camila suspendió el semestre? ¡Pero ella nos dijo que usted le había dicho que cuando regresara iba a poder hacer los exámenes que le quedaban pendientes para no perder el semestre! ¡No estoy entendiendo!’ – respondió Silvia muy alterada -.
‘No señora. Justamente esa fue la conversación que tuvimos. La Universidad no tiene ningún convenio con Urgency como para pensar que esto se podría dar en un ámbito de movilidad estudiantil, en tal sentido, lo que ella iba a hacer era una actividad extracurricular que no se puede atar a la responsabilidad de la Institución. Siento mucho que se haya enterado de esta manera. Así de grande era el deseo de Camila de irse a tener esa experiencia, pero las cosas se las planteé con perfecta claridad desde el primer momento en que ella vino a hablar conmigo, incluso radicó su carta de retiro y suspensión del semestre’.
‘¡No, Dios mío! ¿Esa niña en qué estaba pensando? ¿Por qué hizo las cosas de esa forma? Ella no es de mentiras. No, ahora sí que aumenta mi preocupación.’ – respondió Silvia desconcertada-.
En ese momento entró de nuevo la asistente. Venía con una profesora y le dijeron al decano que si podía salir un momento. Silvia se alteró y les dijo: ‘Les pido el favor de que digan lo que tengan que decir delante de mí. Ustedes no se alcanzan a imaginar el nivel de desesperación que me está consumiendo. Les ruego que hablen abiertamente’.
El decano les dijo que por favor se sentaran, siempre y cuando estuviera relacionado con el tema de Camila. La profesora un poco perturbada les manifestó: ‘Señora, me da mucha pena decirle que la organización Urgency tiene los voluntariados suspendidos desde hace un poco más de dos meses. De hecho, el día que viajó Camila, yo realicé una presentación para los estudiantes en donde les compartí esa información y acabamos de llamar al centro urbano de refugiados en Varsovia y nos confirmaron que no están recibiendo voluntarios, que nadie ha entrado en contacto con Camila y que ningún funcionario debía ir a recoger a nadie el día de ayer en el aeropuerto de Varsovia, mucho menos proveniente de Colombia’.
Silvia sintió que una lanza le había atravesado el cuerpo. Fue tal el choque que quedó paralizada por algunos segundos. Juan Carlos, que había estado en silencio todo ese tiempo, les dijo que a lo mejor no están todos enterados, que esa organización era muy grande, que debía haber otro centro urbano, que por favor les dieran los contactos. La profesora un poco temblorosa lo miró y le dijo: ‘Yo te entiendo, y si, puede que exista una remota posibilidad de un problema interno de comunicación y por ese motivo la persona con la que hablamos quedó de mandar un correo a su grupo de trabajo con el fin de indagar a fondo en caso de que alguien estuviera enterado de este proceso con Camila; me acabo de dar cuenta que nos puso en copia. Nos queda esperar que de pronto alguien tenga información al respecto. Silvia se puso de pie y empezó a llorar a mares. El decano se levantó, trató de calmarla, le pidió a su secretaria que trajera unas aguas aromáticas. Todos se estaban dando cuenta de la gravedad de la situación, pero nadie quería evidenciarlo de manera dramática. Juan Carlos tomó a su mamá del brazo, le dijo que se calmara, que seguro iban a recibir una respuesta y la ayudó a sentarse de nuevo.
‘Desde el primer momento lo supe. Yo presentí desde el inicio que ese viaje no era buena idea. Nunca estuve de acuerdo, pero ella se veía tan entusiasmada, tan segura, tan feliz, que no quería ser el obstáculo; no quería quitarle esa sonrisa y ese brillo de los ojos. Ahora me arrepiento; es mi culpa por no haberme mantenido en mi posición. Claro, como yo le dije que si no podía hacer los exámenes cuando regresara no se podía ir, me mintió, nos mintió y yo le creí. Jamás se me ocurrió venir a corroborar la información porque toda mi vida he confiado en ella a ojo cerrado. Es que esto no nos puede estar pasando’. – decía Silvia mientras lloraba y se cogía la cabeza con una completa desolación -. De pronto se incorporó y mirando a los ojos al decano le preguntó: ¿Qué cree que le pudo haber pasado a mi hija, doctor?
El decano se estaba preparando para darle alguna respuesta a Silvia, a pesar de que en ese momento ni él tenía algo concreto para decir, cuando el celular de la profesora vibró; ella sin pensarlo dos veces lo revisó, su expresión cambió drásticamente y su rostro cambió de color.
‘¿Qué pasó profesora? ¿Encontraron a Camila?’ – preguntó Silvia casi rogando que fueran buenas noticias.
La profesora levantó el rostro con un leve temblor en los labios, pero no alcanzó a responder; se limitó a pasarle el celular al decano para que él leyera el mensaje.
‘Doctor! ¡Por favor! ¡Díganme algo! ¿Qué dicen? ¿Dónde está mi hija?’ – insistía Silvia con impaciencia y un llanto estremecedor -.
‘Señora, lo siento mucho, pero es peor de lo que pensábamos’ – respondió el decano con la voz agitada -.
