Silvia no dudó ni un segundo y llamó a Alberto, quien le contestó inmediatamente.

‘Quiubo tía, por lo que me dijeron en la línea aérea, Camilita no llegó a Varsovia. Quiere decir que está en Paris’ – le dijo Alberto -.

‘¿Cómo? Pero ¿esto qué es? ¡No puede ser! Ella estaba ya en la sala para abordar el vuelo a Varsovia. Es imposible. Alberto, ¿esa información si es confiable?’.

‘Pues tía, eso me dijeron en la línea aérea. A mí también se me hizo muy extraño. Yo no sé si esa gente se pueda equivocar. ¿Usted qué opina? ¿Será mejor ir personalmente a una oficina de ellos?’.

‘No, es que me quedo sin palabras. Se supone que son ellos los que tienen información precisa. Nosotros acabamos de llegar a la estación de la policía. Vamos a consultar con ellos para ver qué nos dicen. Al menos si sabemos que Camila llegó a París y que no salió para Polonia, es un punto de partida’.

Silvia le agradeció a Alberto. Él se puso a disposición para lo que necesitaran y les dijo que estaría muy pendiente. Para Silvia era muy extraño que Camila no hubiera salido de Paris, pero las cosas empezaban a conectarse porque recordó lo que Felipe le había dicho con respecto a ese hombre que había viajado con ella en el mismo vuelo y que la miraba con insistencia.

La pareja entró afanada a la estación. Cuando por fin pudieron hablar con un policía les explicaron que debían esperar 72 horas para poder realizar la denuncia. Silvia no sabía cómo hacer para explicarle a funcionario que ella sabía que algo malo le estaba pasando a su hija y que entre más tiempo transcurriera iba a ser peor. El policía trató de calmar a Silvia y le dijo: ‘Vea señora, usted no se alcanza a imaginar la cantidad de veces que los papás vienen acá desesperados que porque se desapareció su hijo o su hija y aparecen bien frescos después porque estaban de fiesta o porque les dio por aventurarse a hacer un viaje, o porque se fueron con el novio. Yo le digo esto porque nos pasa seguido y no podemos saturar el sistema que ya con tanta cosa que pasa no damos abasto. Tenga un poquito de paciencia y Dios mediante su hija aparece. Ya si no tiene noticias, viene y empezamos el proceso, pero en este momento no podemos hacer nada’.

Silvia salió sin un aliento de ahí. Jairo se cogía la cabeza y no pudo decir nada. Lo que no sabían es que Camila estaba viviendo la peor pesadilla y ellos no tenían ni idea por dónde empezar.

Al otro lado del mundo, después de haber drogado a Camila y a su nueva compañera de cautiverio, Víctor y el polaco las llevaron a una habitación en donde en le medio sobresalía una cama semidoble, una ventana sellada, una mesa de noche con un vaso sucio encima y un par de zapatos de hombre tirados en el piso pegachento. Las tiraron con fuerza de un empujón en la cama. Las dos se miraron sin entender muy bien lo que estaba a punto de pasar. Lo único que Camila tenía claro era que su propio cuerpo le pesaba. Cuando intentaba levantar una mano para tocar su rostro sentía como si estuviera atada a un balón de veinte kilos. Tenía que hacer demasiado esfuerzo para moverse. Al mismo tiempo, era como si las emociones se hubieran esfumado. Era extraño, pero no sentía ni miedo, ni tranquilidad. Era como si estuviera suspendida en una órbita donde nada era de ella, nada le pertenecía, ni siquiera su voluntad. En ese momento alcanzó a entender que los dos hombres se miraron y el polaco se empezó a acercar. Se desabrochó los pantalones y a pesar de que Camila en el fondo sabía que lo que estaba a punto de pasar era algo que ella jamás hubiera permitido, mucho menos consentido, no podía resistirse. No había gesto, ni indicio que saliera de su cuerpo que le impidiera a ese hombre malencarado aprovecharse de ella y de la otra niña que recién había llegado a esa casa.

Los dos hombres abusaron de ellas sin sentir una sola gota de compasión o vergüenza. Por el contrario, de ellos lo que salía era un exceso de infamia y abominación. Los ojos de las víctimas se cruzaban de vez en cuando mientras los salvajes violentaban sus almas y sus cuerpos. Apenas alcanzaban a identificar que algo no estaba bien, sin embargo, no había nada dentro de ellas nada que pudiera expresar la brutalidad, el dolor y la humillación que estaban padeciendo.

El polaco fue el último en salir de esa habitación. Se escuchó el cerrojo después de cerrar la puerta. Allí quedó únicamente un aroma desapacible de esos dos cuerpos desnudos y tristes. Las dos se miraron y se dieron cuenta de que las lágrimas salían de sus ojos sin hacer el menor esfuerzo. Solo lo notaron cuando la una miró a la otra. Como si se estuvieran mirando en un espejo podían adivinar lo que las arropaba en ese momento. Un halo de sobrecogimiento porque habían entendido que estaban en manos de gente criminal, que no tenían cómo escapar, y lo que era más desgarrador: era muy difícil que las encontraran.

Camila trató de mover los dedos de su mano para reconocerse en medio de ese mundo al que no pertenecía. Trataba de mirarse porque a ratos pensaba que su cuerpo estaba partido en pedazos, que ya no quedaba nada de ella, que sus piernas, sus brazos, su tronco y cabeza flotaban de manera independiente en ese cuarto del terror. No sabía cómo hacer para cubrirse porque de repente sintió pena de ella misma. No quería aceptar lo que le estaba sucediendo y no sabía cómo acabar con esa sensación. Se quedó mirando a la niña que tenía junto a ella en las mismas condiciones y le preguntó si hablaba inglés; ella respondió que sí.

‘¿Tú sabes por qué nos tienen acá? ¿En dónde te cogieron? ¿De dónde vienes?’ – le preguntó Camila -.

‘Soy de Ucrania. Yo estaba en un campo de refugiados en Polonia. Me dijeron que me daban trabajo y una casa para vivir; yo les creí. Me habían advertido que debíamos tener cuidado porque había gente que estaba aprovechando la situación de los refugiados para aprovecharse y engañarlos. Me hablaron de redes de trata de personas’. – contestó la compañera de Camila -.

‘No puede ser.  No puedo creer esto. Tenemos que buscar una forma de escaparnos. Esta gente es muy mala, ¿cómo te llamas?’ – le preguntó Camila tratando de incorporarse -.

‘Me llamo Vira. Y solo te digo que, si caímos en una de esas redes, primero nos matan antes de que nos podamos escapar’ – balbuceó mirando con los ojos entre cerrados a Camila -.

Apenas alcanzaron a cruzar esas frases y las dos fueron quedándose sin fuerzas. Camila quedó estirada en esa cama; en su mente estaba uniendo todos los pedazos de su cuerpo y de su alma como para no sentirse tan perdida. Vira le dijo a Camila que se sentía mal. Esas fueron las últimas palabras que escuchó Camila hasta que se abrió la puerta de la habitación de nuevo. No sabían cuánto tiempo había pasado. Solo se miraron, trataron de cubrirse con sus manos y se encogieron como para tratar de protegerse porque no sabían las intenciones de estos hombres. El polaco entró y detrás estaba Víctor. Se quedó mirándolas y les dijo con una voz fuerte y un gesto repulsivo:

‘Les tengo noticias’.