Los minutos eran horas para la familia de Camila. No sabían qué hacer, por dónde comenzar. Para ellos era lo mismo si estaba en Francia o Polonia. Ninguno había estado en Europa, no sabían hablar otros idiomas, no tenían los recursos para viajar y en caso de poder ir cómo iban a hacer para buscarla si no tenían un solo indicio. La situación empezaba a crear tensiones entre ellos. Silvia recibió una llamada de su mamá. Ya se había enterado de que Camila no aparecía, seguramente porque Alberto había comentado algo en su casa y rápidamente el chisme empezó a extenderse en la familia. Silvia le dijo a la mamá que estaban averiguando lo que había pasado, trató de tranquilizarla diciéndole que a lo mejor Camila había perdido el celular y no tenía cómo comunicarse y empezaron los reproches: ‘Si ve! Yo les dije que no dejaran ir a esa niña por allá tan lejos, pero como ustedes hacen todo lo que ellos quieren. Así no se pueden criar a los hijos, Silvia. Ustedes que quieren dárselas de padres modernos y como ella es aplicada entonces le dan gusto en todo. ¡No, mija! Así no se puede. ¡Es que por Dios! Dejar ir esa niña por allá tan lejos. ¡A ver! ¿A dónde van a ir a buscarla? Si ustedes ni siquiera conocen por allá, no, ¡qué problema tan serio! Mija, pídale a Dios que no sea nada grave y que Camila aparezca pronto porque hay gente muy mala en este mundo y ella sola, sin nadie que le indique qué hacer; sin nadie a quién pedirle ayuda. ¡Yo no sé! ¡Ustedes metieron la pata con eso! Y Alberto también por alcahueta. Ya se lo dije. Todos ayudando a que se metiera en la boca del lobo. Eso le pasa al otro por metido. Qué angustia tan horrible. Yo voy a empezar el rosario ya mismo y usted haga lo mismo Silvia; ¿es que cómo se les ocurrió? – le dijo la mamá con un tono desesperado -.
‘¡Mamá, por favor! Le pido que no me venga con estos reproches ahora que ya tengo bastante con la angustia y la preocupación por no saber nada de Camila. No es la primera vez que una estudiante se va a hacer un voluntariado; yo todavía confío en que no sea nada grave. Estoy pegada de Dios pensando que se le perdió el celular o la robaron, y está tratando de solucionar’.
‘Pues más vale que sea eso, Silvia. Yo he oído noticias de cosas muy feas que les pasan a las niñas que viajan solas a esos países y…’
¡Ay, mamá! ¡Ya! Tengo muchas cosas en qué pensar ahora como para aumentar esta zozobra con las noticias que ha oído. La llamo más tarde’.
Silvia le colgó la llamada a la mamá y se sentó en una silla de la cocina desconsolada. Jairo entró, trató de calmarla y Silvia levantó la mirada enfocando duramente los ojos de su esposo.
‘Jairo, yo te dije muchas veces que no quería que Camila se fuera, pero tú no sabes decirle que no a esa niña. Toda la vida me has desautorizado haciéndome pasar por la mala del paseo porque solo quieres acolitarle todo lo que a ella se le ocurre. Se sabía que era muy arriesgado hacer ese viaje en este momento por lo que está pasando allá y porque le falta poco para graduarse. Era mejor que terminara la carrera, que se calmaran las cosas y tratar de convencerla de hacer un voluntariado en un país donde no haya una guerra. Pero no, tenías que respaldarla, tenías que darle ánimos para que se largara. Hasta mentiras nos dijo. ¡Retiró el semestre! – Silvia empezó a subir el tono y su llanto era irrefrenable -, ¿Dónde está mi hija, Jairo? ¿Dónde está? ¿Quién la tiene? ¿Qué le pasó? Yo solo te digo una cosa: si a Camila le llega a pasar algo nunca te lo voy a perdonar. ¡Nunca!’.
‘Silvia, no seas tan injusta. No trates de volcar tu ira y tu dolor sobre mi como si yo la hubiera entregado al peligro. Lo único que he querido para mis hijos es lo mejor. Me rompo el lomo para que ellos tengan lo que yo no pude y mi satisfacción más grande es verlos crecer contentos, estudiando en una buena universidad para que sean buenos profesionales. No veo por qué no podía apoyar a Camila en algo que, a los ojos de todos, parecía una excelente experiencia y un logro más en su proceso como estudiante. Ella quiere llegar lejos y para eso hay que respaldarla. ¿Tú crees que si yo hubiera sabido que algo le iba a pasar la iba a ayudar? ¡Por Dios, Silvia! ¡No digas estupideces! Si tú estás preocupada, yo estoy destruido, pero tratemos de sobrellevar esta situación unidos porque si no, va a ser más complicado de lo que ya es’.
Jairo salió devastado de la cocina. Se fue para la sala y se sirvió un vaso de ron. Las palabras de Silvia le daban vueltas en la cabeza y claro que sentía culpa. Sabía que era cierto que ella nunca estuvo de acuerdo con ese viaje y pensaba que lo único que quería era devolver el tiempo para tener de nuevo a su niña, abrazarla y no dejarla ir. Por ahora no quedaba otra opción que esperar a que se cumplieran las horas para hacer la denuncia oficial y continuar con el proceso que les indicaran. Una parte de él rogaba para que su hija se comunicara en cualquier momento y se acabara la incertidumbre.
Ninguno sospechaba aún el martirio que estaba viviendo Camila al otro lado del océano. Las novedades que les llevó Víctor eran que al otro día serían trasladadas al sitio donde iban a permanecer por un tiempo. Les explicaron que iban a ir en carro, que les iban a tapar los ojos y que, si por algún motivo hacían alguna parada y ellas intentaban hacer algo raro, les mataban a la familia a la velocidad de la luz. El polaco volteó a mirar a Vira y le dijo: ‘Su hijo se muere’. Camila abrió los ojos y quedó aterrada al enterarse que su compañera ya tenía un hijo. ‘El viaje es larguito así que más les vale portarse bien porque acá no estamos para lidiar con pendejas berrinchudas. Yo no tengo paciencia y el polaco menos. Esta noche llega otra gente así que ya están advertidas’.
Camila empezó a sentirse mal. Las emociones volvían a apoderarse de ella y de nuevo las lágrimas invadieron su rostro. Cuando Víctor se dio cuenta le dijo: ‘¿Ya va a empezar la chilladera? ¿Hasta cuándo? ¿No entendió lo que le acabé de decir?’. Camila se quedó mirándolo con todo el odio que había crecido dentro de ella en esas horas y le dijo: ‘¿Y qué quiere? ¿Qué me ponga a bailar de la dicha? ¿Cree que estoy feliz acá después de todo lo que me han hecho?’. Víctor la cogió del pelo, la tiró al piso y le dio una patada en el estómago. ‘¡A mí no me conteste así, perra! Es mejor que no se ponga alzadita porque le va como un culo, o ¿qué quiere? ¿Que le de un tiro en la frente a Jairito, a su papito? ¡Se porta bien a las buenas o a las malas, maricona!’
Camila se quedó sin aire por unos segundos y poco a poco fue recuperando el respiro. Se encogió todo lo que pudo y alcanzó a ver que el polaco llegó con otras pastillas. Una para ella y otra para Vira. Se las tomaron sin decir una sola palabra con el agua que les tiró Víctor en una botella. Camila poco a poco se iba dando cuenta de que no iba a ser tan fácil salir de ahí. Sabía que a esa hora sus papás ya estarían preocupados, pero si ni ella sabía dónde estaba, ellos nunca iban a poder encontrarla. Volvía a perder el aliento cuando pensaba que podían hacerle daño a su familia. Eso jamás se lo podría perdonar. Ella era la que había tomado la decisión de irse y sus papás no tenían por qué cargar con las consecuencias. En esos pocos segundos que le quedaban de sobriedad un pequeño vestigio de resignación la asaltó y resolvió que haría todo lo que esos hombres le pidieran para que sus papás y su hermano estuvieran fuera de peligro.
Como lo había anunciado Víctor, llegó un grupo de personas a la casa. Tres hombres y una mujer que parecía la novia de uno de ellos. Camila y Vira estaban en el sofá entre dormidas por la pastilla que les habían dado. Los visitantes traían alcohol y algunas cosas de comer. Se armó una especie de fiesta. Todos hablaban, bebían, se reían. Cuando Camila volvía en sí, miraba a la mujer como tratando de pedirle ayuda. En su mente confundida sentía que ella podría entender el infierno que estaba viviendo y era imposible no sentir algo de empatía. Lo que Camila no sabía era que esa mujer era el mismo demonio y que estaba lejos de probar compasión por ellas. Las miraba con desprecio, se burlaba de ellas y las inspeccionaba como si fueran ratas de laboratorio. El ambiente se empezó a poner pesado. Todos ya estaban muy alicorados y uno de los hombres fue a decirle algo a Víctor al oído y el asintió con la cabeza. Se acercó a Camila, la tomó de un brazo, la paró del sofá y se la llevó para una de las habitaciones. Ella ya sabía lo que le esperaba. Vira se quedó mirando la escena sin poder hacer nada, solo pensaba que seguramente tendría que pasar por lo mismo. El hombre tiró a Camila en un colchón y cuando se estaba desabrochando el pantalón se escuchó una voz gruesa y fuerte de un hombre que aparentemente acababa de entrar en la casa. En cuestión de segundos entró a la habitación donde estaba Camila; empujó con fuerza al hombre que la había llevado hasta allá y la levantó de un solo tirón.
‘¿Qué está pasando acá? ¿Estás bien?’ – Le dijo en inglés a Camila -.
