Camila no podía ni responder. Empezó a temblar y la vista se le nublaba. El hombre la cogió del brazo, la ayudó a levantar y la sacó de la habitación. La llevó para la sala y la sentó en una de las sillas duras y peladas del comedor. Hizo lo mismo con Vira. Todos los miraban en silencio. Las niñas no entendían quién era ese hombre. En la sala había otros dos hombres que seguramente llegaron con él. Mirando fijamente al grupo les dijo con un tono bastante fuerte: ‘Ya les había dicho que a estas niñas no se les toca. Que no me entere que les han pegado o las han tratado mal porque les pego un tiro en la frente. ¿No han entendido que si no llegan bien mañana no las reciben? ¿Y ustedes me van a dar la plata o qué? ¡Partida de imbéciles! ¡Buenos para nada! ¿Ahora voy a tener que dejar a mi gente acá vigilándolos para que no les hagan nada? ¿Y quién dijo que están acá para hacer fiesta y emborracharse? ¡Idiotas! Ustedes lárguense de acá, pero ya. – les dijo a la mujer y a sus acompañantes -.

El grupo se puso de pie y salió de la casa sin decir una palabra. El hombre le preguntó a Camila que si le habían pegado. Ella con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa sintió la mirada de Víctor encima y no tuvo otra alternativa que decir que no. El hombre se quedó mirándola incrédulo y empezó a dar vueltas en la casa, mientras caminaba hizo una llamada telefónica. Todos esperaban en la sala. A los pocos minutos regresó y les dijo a Camila y a Vira que se las llevaba ya. Que cogieran sus cosas y se alistaran. Como pudieron se levantaron y fueron a coger las pocas cosas que tenían en sus cuartos. Camila llevaba puesta la misma ropa con la que había llegado de su viaje porque no le habían permitido bañarse, ni cambiarse. Las maletas nunca estuvieron en su poder. El polaco las trajo y le entregó los pasaportes de las dos al hombre. Se quedó mirándolos y les dijo: ‘¿No se han bañado? ¿se cambiaron?’. Víctor le dijo que no. El hombre entró en cólera. De nuevo los insultó. Les dijo que eran unos estúpidos y que menos mal se le había ocurrido pasar ese día, si no iba a encontrar a esas niñas destrozadas al día siguiente. Se le acercó a Víctor y le dijo: ‘Agradezca que por esta niña nos van a pagar bien, si no, lo desaparecía ya mismo. Pensé que le había quedado claro que la gente de Barcelona es peligrosa, ustedes son tan retrasados que no se dan cuenta con quién estamos lidiando acá ¡Quite si no le pego un tiro, inútil!

El hombre les dijo a Camila y a Vira que esperaba que se comportaran bien mientras llegaban al sitio donde las iban a llevar. ‘No quiero problemas, no quiero tratarlas mal y mucho menos matarlas, así que no me den motivos. No griten, no llamen la atención, no hagan nada raro porque les va mal a ustedes y a sus familias’. Camila y Vira entendían las palabras entre líneas. Estaban tan drogadas que a duras penas alcanzaban a moverse y a comprender una que otra instrucción. Camila sabía que debía obedecer. Se le había metido en la cabeza que no podía poner en riesgo a su familia; ya les estaba causando un dolor muy grande y tenía que resistir para que no les pasara nada. Se subieron a la camioneta en la parte de atrás. Las dos estaban despojadas de voluntad.

No les vendaron los ojos, pero para ellas todo era igual. No sabían en dónde se encontraban, no entendían en qué dirección iban, y sin celular era imposible descifrar cualquier cosa. Uno de los hombres iba con ellas en la parte de atrás y los otros dos adelante. El jefe iba manejando. Era de día, percibían que iban a mucha velocidad por una autopista y apenas alcanzaban a ver los otros carros que viajaban cerca. Camila estaba inmersa en un estado de ausencia total de la realidad. A veces le llegaban algunos destellos de lucidez, pero desaparecían vertiginosamente. No alcanzaba a atar una cosa con la otra. Ni siquiera tenía la fuerza para pronunciar una sola palabra. Cuando volteó a mirar a Vira, se dio cuenta que de sus grandes ojos azules brotaban unos lagrimones. Lo único que alcanzó a hacer fue tomarle la mano y se la apretó tratando de pasarle la poca energía que salía de su cuerpo para comunicarle que estaba con ella y que entendía su dolor. De alguna forma le quería decir que iban a estar bien, aunque ella ya no tenía certeza de nada. Al contrario, cada minuto que pasaba le hacía perder las incipientes reservas de esperanza que le quedaban, y eso que todavía no había comenzado su travesía. Lo que Camila estaba a punto de experimentar le cambiaría la vida para siempre.

Los minutos parecían horas en ese carro; sentían que llevaban una eternidad viajando por esa autopista. De repente el hombre bajó la velocidad y entró a una estación de servicio. Apenas parqueó el carro les dijo que podían entrar al baño y que les iban a comprar algo de comer, pero que ni se atrevieran a hacer un solo movimiento en falso porque ya sabían lo que les iba a pasar. Se bajaron del carro y al lado de cada una se acomodó uno de los hombres. Entraron, se sentaron en una de las mesas que estaban más alejadas de todo y donde no había gente alrededor. Uno de los hombres tomó a Vira por el brazo, le dijo que se levantara para que fuera al baño. Se la llevó y mientras tanto Camila se quedó analizando cada cosa que allí sucedía. El jefe se había ido a comprar algunas cosas y ella estaba ahí en esa mesa. En el sitio había familias, gente joven, adulta, de todas las edades, comprando cosas, comiendo, tomando una pausa porque todos estaban viajando. Aunque estaban en una mesa aislada, Camila trataba de mirar con atención alguna persona, pero nadie la miraba. Las personas que estaban sentadas y con las que ella quería hacer algún contacto tenían sus ojos pegados a los celulares. Nadie levantaba la mirada. Nadie se había dado cuenta de que ella estaba ahí. Nadie ni siquiera podía intuir el peligro imperioso en el que se encontraba y que los hombres que la rodeaban eran delincuentes. No hubo una sola persona que la viera. Nadie se percató de su existencia. Esa soledad que sintió en ese momento le manifestó lo perdida que está la sociedad en el individualismo. Todos están ocupados en sí mismos, a duras penas voltean a mirar a sus familiares cercanos, pero no hay tiempo para lo que nos rodea, para lo que está a pocos metros.

Vira regresó y el hombre que se había quedado con Camila la llevó al baño advirtiéndole que no hiciera nada. Cuando se acercaron a la puerta, el hombre quiso entrar con ella, sin embargo, una mujer estaba entrando y lo miró con sospecha así que decidió quedarse afuera. Le dijo que no se demorara. Camila entró en uno de los sanitarios y empezó a temblar. Pensó que podía decirle a esa señora que la ayudara, pero el pánico la consumía, inmediatamente se le venía a la mente su mamá, su papá, su hermano y se paralizaba. Empezó a llorar mientras se sentó en esa taza y dejaba que su cuerpo botara lo que tenía que expulsar. No entendía nada. Se llevó las manos a la cara y cuando las bajó sintió un sonido extraño en su chaqueta. Bajó un poco la cremallera y siguió tocando; se encontró con el bolsillo interno donde había guardado los datos del profesor que vivía en Polonia y recordó las palabras del docente que le había dado el contacto: ‘Uno nunca sabe Camila’. Sacó inmediatamente el papel y pensó que se lo podía dar a la señora para que lo llamara y le avisara que ella estaba en peligro. Se levantó de la taza con el papel en la mano, no dejaba de temblar ni de llorar, sentía que la señora ya se estaba lavando las manos, tenía poco tiempo para pedir ayuda y empezó por inercia a repetir una y otra vez el número en su cabeza con el fin de aprenderlo de memoria. Se estaba abotonando los pantalones, bajó el agua y cuando estaba a punto de salir sintió que la puerta principal del baño se abrió; era el hombre que la llamaba con un tono de voz firme. Para disimular, le preguntó que si estaba mejor. La señora salió y Camila antes de abrir la puerta dobló el papel y volvió a guardarlo en el bolsillo de la chaqueta; salió y se encontró de frente con el hombre que la empezó a hostigar para que saliera rápido. Ella le dijo que se iba a lavar las manos. Cuando se miró en el espejo no pudo creer con lo que se encontró.

Se desconoció por completo. Tenía ojeras, los ojos pequeños, las pupilas dilatadas, el pelo sucio y desordenado, la piel reseca, la mirada sin alma y el alma perdida. Se lavó la cara y el agua fría en su piel alertó un poco sus sentidos solo para recordarle el infierno en el que se había caído. Sus manos trepidantes y su voluntad extraviada eran todo lo que la acompañaba en esa pesadilla que apenas comenzaba. El hombre le pegó un grito y la obligó a salir. Nadie se dio cuenta de nada. Nadie la miraba, nadie la notó. Camila era invisible. Cuando regresaron a la mesa encontró café y algunos panes rellenos con jamón y otras cosas. Vira estaba comiendo. Sin decir una sola palabra tomó uno de los panes y empezó a mordisquear sin un aliento, pero sabía que necesitaba alimentarse para sobrevivir porque dentro de ella renacía una y otra vez la posibilidad de escapar. Se tomó el café. Los hombres hablaban entre ellos y ni las miraban. Cuando terminaron, las cogieron del brazo y las llevaron al carro. Una vez más en ese trayecto Camila trató de cruzar la mirada con alguna de las personas que había en el lugar y lo que encontró fue cabezas inclinadas con los ojos clavados en sus dispositivos.

Apenas abandonaron el lugar y se subieron de nuevo al carro, la invadió el pánico. No sabía para dónde la estaban llevando y no sabía lo que le esperaba. De lo que sí estaba segura era que no sería nada bueno.

El hombre les dijo que todavía faltaba un rato para llegar. ‘Ahora vamos a llegar a un lugar muy distinto; les va a gustar. Ahí las va a recibir una mujer. Ella se llama Irina. Tienen que hacer todo lo que les diga. Si creen que nosotros somos malos, esa señora no le tiene miedo a nada ni a nadie y no le tiembla la mano. Una sola queja de ella y les mato a alguien de sus familias. Tienen que portarse bien porque van a estar con personas de categoría, con ricachones. Si ustedes quisieran hacer parte de este negocio, ganarían mucho billete, pero como se ponen rebeldes y con ganas de irse, pues les toca aguantar. De todos modos, allá las van a cuidar bien porque tienen que estar siempre muy bien presentadas. Irina les va a dar ropa, las van a depilar y les hacen todo eso que se tienen que hacer las mujeres. De los gastos nos ocupamos nosotros. A cada una les vamos a abrir una cuenta y les vamos sumando lo que les vamos dando, todo es muy fino y vale mucha plata. Cuando terminen de pagar esa deuda se pueden largar, pero ya el monto está creciendo porque todos estos kilómetros que hemos hecho, la comida, las pastillas, todo eso suma. Y por acá a una le pagamos el pasaje hasta acá, así que lo que tiene es que ponerse a trabajar’.

Camila miró de reojo a Vira y entendió que a su compañera le habían pagado el tiquete. Se compadeció con ella y empezó poco a poco a recordar cómo funcionan las redes de trata de personas. Finalmente salieron de la autopista y llegaron a una ciudad que las dos desconocían. No tenían ni idea dónde estaban. Siguieron avanzando, cruzando calles por un lado, por el otro, daban muchas vueltas y ellas no alcanzaban a memorizar un solo número, mucho menos los nombres. Por fin llegaron a un portón negro. Se bajaron de la camioneta acompañadas de los hombres, les abrieron la puerta, las hicieron seguir por un pasillo largo hasta llegar a una especie de salita. Esperaron ahí. A lo lejos se escuchaban los pasos de unos tacones sobre un piso de madera. Por fin frente a ellas estaba Irina. Una mujer de cierta edad, alta, elegante, espigada y de una mirada fría y penetrante. Las miró de reojo. Les dijo con un tono irónico ‘Bienvenidas’. El jefe le entregó los pasaportes de las dos. Ella los tomó, los guardó en un bolsillo del abrigo que llevaba puesto. Les dijo a Camila y a Vira que la siguieran. Las entró a una habitación y cerró la puerta. Con una voz fuerte y una mirada profunda les dijo:

‘Quítense toda la ropa’.