Pasado el tiempo necesario, Silvia y Jairo fueron a poner la denuncia de desaparición de Camila. Se dirigieron a la Fiscalía. Allí explicaron con detalle todo lo que sabían.

‘Mi hija viajó a Varsovia; hacía escala en Paris y el objetivo del viaje era hacer un voluntariado con una organización internacional que se llama Urgency. A través de la universidad nos comunicamos con ellos y negaron cualquier contacto con mi hija. Ellos dicen que se puede tratar de un organismo criminal que se hizo pasar por alguno de sus funcionarios y la engañaron. Mi sobrino hizo un rastreo con la línea aérea y le dijeron que la niña no llegó a Varsovia, lo que nos hace pensar que está en Paris. Por favor ayúdenos a encontrar a mi hija’. – dijo Silvia con lágrimas en los ojos -.

El empleado de la Fiscalía suspiró y le dijo a Silvia: – Señora, como la desaparición se dio en otro país, es allí donde recae la competencia de la búsqueda. Nosotros obviamente iniciamos el debido proceso. Podemos activar el Mecanismo de Búsqueda Urgente y reportar la desaparición a la Interpol. Con la radicación del caso podemos informar a la Cancillería para que ellos, a su vez, se comuniquen con el consulado en Paris o en Varsovia. Deben dejarnos el itinerario completo y con Migración Colombia haremos un seguimiento para ver si su hija se quedó en Paris, o llegó a Varsovia’.

Mientras escuchaba al hombre, en lo único que podía pensar Silvia era en el tiempo. ‘¿Y cuánto se demoran en averiguar y en contactar los consulados?’ – preguntó Jairo -.

‘No les puedo dar fechas exactas. La averiguación en Migración la hacemos nosotros, o sea, que eso no es demorado, el tema depende de la ayuda que se reciba en los consulados. Ahí se nos sale de las manos’. – respondió el hombre con algo de resignación -.

‘Pero usted entiende la gravedad de esto? Entre más tiempo pase, más difícil puede ser encontrar a mi hija. ¡Ella debe estar en peligro y yo necesito que inicien la búsqueda cuanto antes, por Dios! ¡Yo me voy a enloquecer! Usted tiene que entender que esto puede ser trata de personas’ – le dijo Silvia mirándolo a los ojos y fuera de sí -.

‘Señora, créame que la entiendo. No piense que no nos importa, o no consideramos que sea un caso grave. Simplemente yo le estoy dando la información que corresponde al protocolo que se debe seguir en este caso. Nosotros les damos un número de radicado, un teléfono de la fiscalía y un teléfono en el extranjero, una vez la Cancillería nos lo indique, donde ustedes mismos van a poder llamar para ver cómo va avanzando el proceso, pero entienda que más de esto no podemos hacer. A su hija la van a buscar y confiando en Dios, la van a encontrar, es cuestión de esperar’.

Silvia y Jairo salieron deshechos con el número de radicado que les entregaron. Sin decir una palabra entendieron que las cosas no iban a ser fáciles, y que les esperaban días amargos y de mucha incertidumbre. Se subieron al carro con los cuerpos pesados de advertir la soledad y el frío que los acorralaba. Silvia no paraba de llorar y Jairo parecía haberse trasladado a otro mundo. Era como si su alma lo hubiera abandonado. No podía huir de la culpa y no alcanzaba a organizar ninguna idea en su mente. Mientras iban en camino, le entró una llamada a Silvia. Era Felipe.

‘Hola Felipe, ¿cómo estás? ¿Has sabido algo?’.

‘No, Silvia. Te llamaba para saber si tu tenías noticias’.

‘No, mijo. No sabemos nada. Acabamos de poner la denuncia en la fiscalía, pero eso no pinta bien porque nos dijeron que la búsqueda depende del consulado en Polonia o en Francia, y quién sabe si esa gente se ponga las pilas. ¿Has hablado con algún profesor? ¿Sabes algo más de esa organización?’

No, Silvia. Me acordé de que Camila me había dicho que un profesor le había escrito antes de irse porque quería hablar con ella, pero nunca le pregunté de quién se trataba. Volví a encontrarme con la profesora que nos dio la charla y que nos contó lo de los voluntariados de Urgency. Me preguntó que, si se tenían noticias, le dije que no y ellos no volvieron a entrar en contacto con la organización. Quiere decir que tampoco hay novedades por ese lado’.

‘¡Dios mío, Felipe! Yo estoy desesperada. No sé qué hacer. Oye, ahora que me acuerdo, ¿tu volviste a tener noticias de Andrés? El ex de Camila. El estuvo buscándola antes del viaje, de pronto sabe algo’.

‘No lo volví a ver. Bueno, es que él está haciendo una maestría y no es que pase tanto tiempo en la Universidad; lo vi antes de que se fuera Camila porque efectivamente estuvo intenso, pero no lo he vuelto a ver’.

‘Si estaba tan interesado, no entiendo por qué se perdió. Lo voy a llamar a ver si sabe algo. Felipe, yo te pido el favor de que me estés informando cualquier cosa. Los minutos son horas para nosotros. Por ahora no podemos hacer nada diferente que esperar’.

‘Silvia, de todos modos, yo voy a averiguar en la facultad. Sabes que hay muchos profesores que tienen contactos en la Cancillería o en los consulados. Voy a ver si alguien nos puede ayudar’.

‘Ay! Si, Felipe, eso sería de gran ayuda. Te agradezco mucho. Por favor cuéntame lo que sea, yo estoy pendiente’.

Silvia colgó la llamada con Felipe y empezó a buscar en sus contactos a Andrés. Le marcó, pero no le contestó. Ya estaban llegando a la casa. Jairo la miró y le dijo que se bajara que él tenía que hacer una vuelta. Silvia ni siquiera le preguntó qué tenía que hacer. Se bajó del carro sin mirarlo y cerró la puerta. Entró en la casa, encontró a Juan Carlos en la cocina. Apenas pudo llegar a una silla, se sentó y se desató en un llanto furioso. Su hijo la miraba y no sabía qué hacer. Se le acercó, le dijo que si había pasado algo. Silvia lo miró y le dijo: ‘Nada! ¡No pasa nada! ¡No sabemos nada! Y esto me está matando. Camila está en peligro y yo me voy a morir’. Juan Carlos cambió la expresión, se alejó, la miró con seriedad y guardó silencio. Timbró el celular de Silvia. Era Alberto.

‘Aló, aló, ¡hola mijo!’.

‘Hola tía, ¿cómo está? ¿Cómo están las cosas? ¿Fueron a poner la denuncia?’.

Silvia procedió a contarle con detalle todo lo que les habían dicho en la Fiscalía; le manifestó que estaban muy decaídos porque no les habían dado ni tiempos, ni datos concretos.

‘Quién sabe cuánto se pueda demorar todo ese proceso y si en los consulados se pongan a buscarla con premura. Mejor dicho, estamos solos en esto’ – le dijo Silvia en medio de sollozos -.

‘No tía, no diga eso. Hay que darles unos días, pero vamos a hacer lo que sea por encontrar a Camilita. No se preocupe’.

‘Mijo, yo siento que me voy a enloquecer. Esta es la peor pesadilla para una familia’.

‘Yo sé, tía, acá también estamos muy preocupados, pero con el favor de Dios todo va a salir bien. No se angustie tanto que se enferma y ahora todos tenemos que estar con los cinco sentidos firmes’.

‘Si, mijo. Tiene razón. Lo único que sé es que yo tengo que traer sana y salva a mi hija’.

Silvia colgó la llamada y se quedó sentada en esa silla mirando hacia al frente como si tratara de encontrar algo, una pista, una señal para saber por dónde comenzar, cómo resolver y, sobre todo, cómo seguir viviendo mientras buscaba a su hija. Estaba en ese sinsentido cuando su teléfono sonó de nuevo. Era Felipe.

‘Hola Felipe ¿qué pasó? ¿supiste algo?’

‘Silvia, Andrés está en Europa’.