Una mujer alta, rubia de ojos claros, elegante, bonita y aparentemente muy sofisticada, recibió a Camila y a Vira. Las hizo despojarse de sus abrigos y dejarlos en un vestidor que había al lado derecho de la entrada. Las llevó hacia un rincón del gran salón que se abría en el primer piso de la casa. Ellas obedecieron en silencio. Sus miradas se concentraban en los hombres que llenaban el espacio. Todos muy bien vestidos, perfumados, de manos bien cuidadas y de sonrisas expresivas y algo dramáticas. Lo único que alcanzaban a ver era sus bocas, pues todos llevaban máscaras o antifaces que cubrían la mitad o parte de sus rostros. La música era bien seleccionada. Variaba entre el chill out y neo soul que convertía la fiesta en algo misterioso, oscuro y erótico. Camila pensaba que tal vez alguno de esos hombres la podía ayudar. Hasta pensó que podría hacer un escándalo y empezar a gritar hasta causar un caos. Era imposible que la gente pudiera permanecer indiferente frente a un delito semejante, y ellas que eran las víctimas, tenían urgencia de ser salvadas. Detrás del bar había otra mujer muy bonita. De pelo negro, ojos azules, una piel blanca resplandeciente. Tenía un vestido amarillo brillante muy ajustado y sus labios rojos completaban el juego de luces que adornaban el back bar con la colección de botellas de los licores más exóticos y caros del mercado.

Cuando se acercaron la mujer que las acompañó le dijo algo a la barman y ella procedió a preparar dos tragos. Se acercó a ellas y les dijo en inglés: ‘En esta casa tenemos todo un staff de seguridad que las tiene absolutamente vigiladas. Estos hombres que están acá saben perfectamente quiénes son ustedes y para qué están acá. Lo único que les interesa es hacerles lo que a ellos les de su mente retorcida. No se atrevan a pedir ayuda, a entablar alguna conversación distinta a la que ellos quieran. Ellos no están interesados en sus vidas, ni en sus familias, ni en sus tristezas. Lo que van a hacer en el momento en que ustedes propongan alguna de estas conversaciones es activar un botón de emergencia que hará que nuestro personal de seguridad venga a cogerlas y a darles una muenda de la que no se van a poder recuperar en días. Lo peor es que no va a servir de nada porque ellos no las van a ayudar. No están acá para eso. Ustedes solo tienen que hacer lo que les ordenen. Lo que sea; no se pongan con escrúpulos, mucho menos con lloriqueos, ni berrinches porque les va mal. No sé por qué Irina me sigue mandando estas estúpidas con cara de asustadas. Se toman ese trago, se relajan y se van a bailar a la mitad del salón. ¿Entendieron?

Camila y Vira se miraron, no dijeron nada. La chica del bar les entregó el coctel y ellas cogieron esos vasos y casi lo terminan de un solo sorbo. Las esperanzas de Camila quedaron desparramadas como su alma y su voluntad una vez el trago empezó a hacer efecto. Tan fuerte era lo que habían bebido que de repente les entró un ataque de risa a las dos nuevas amigas. Ni ellas entendían por qué se reían. Todo era tan siniestro, tan truculento, tan incierto, que no podían comprender cómo era posible que salieran de sus bocas esas carcajadas. Las dos se veían hermosas, como un par de universitarias que salen de fiesta y están disfrutando de la noche. Lo que se escondía eran dos vidas que se esfumaban con los días.

Las contradicciones eran absurdas. Por un lado, ninguna de las dos había estado jamás en un ambiente tan elegante rodeadas de hombres aparentemente con mucho dinero, vestidas y maquilladas como modelos, con prendas finas, con unos peinados y accesorios que cualquier niña de su edad sueña, pero, por otro lado, sabían que era una mentira. Que estaban ahí para prostituirse, que nadie sabía cómo encontrarlas y apenas estaban descubriendo lo que se escondía en ese ambiente tan exclusivo y quiénes eran los protagonistas de esas fiestas.

Un par de hombres se acercaron a las dos chicas vibrantes y nuevas en el lugar. Se sintieron atraídos por la agudez de los movimientos y las risas frenéticas de las dos bellezas. Las sacaron a bailar y se fueron a la mitad de la pista a moverse al ritmo de la música que proponía el dj de la rumba. Las dos daban vueltas, saltaban y se movían con cada beat de esos ritmos seductores que parece que se hubieran apoderado de sus cuerpos. De alguna forma el baile las sacó de la esfera de peligro en la que habían entrado y se transportaron a otro lugar. Las luces del salón eran una sola línea que se unía con las sonrisas de esos hombres y con las otras mujeres que danzaban sensualmente para seducirlos. Por un momento Camila y Vira viajaron; se tomaron de las manos y sus caras alegres se olvidaron de la película de terror que estaban protagonizando. Vira le dijo a Camila: ‘Esa música está embrujada. Siento que los amo a todos. Amo la humanidad…jajaja’. Camila soltó una risa y le gritó alejándose un poco: ‘¡Yo también! Wohooooo!’.

De pronto el hombre que estaba con Camila se acercó a ella y le susurró algo en el oído. Camila volvió en sí. La cogió de la mano y le llevó por un corredor. Cuando iban caminando se cruzó con la mujer que las recibió y le hizo una mirada amenazante como diciéndole: ‘Yo veré’. Llegaron a una habitación que parecía una suite de un hotel. El hombre tenía aproximadamente 60 años, el pelo blanco, delgado, de estatura media y muy bien vestido. El efecto de la droga la hacía ir y venir. Ondulaba entre la lucidez y la alucinación total. Sentía que le hacía falta estar cerca de Vira. Encontrarse en esa habitación sola con ese hombre la llenaba de pavor. El hombre se quedó mirándola y le dijo: ‘Quítate la ropa’.

Camila se quedó en silencio. Esperó por unos segundos tratando de descubrir algún indicio de compasión del hombre que tenía al frente. No lloró, no se movió, solo esperó. No pasó nada. El hombre que se cubría su cara con ese antifaz la miraba y su respiración se agitaba. La miraba como un objeto que le pertenecía y estaba inmóvil detallando cada movimiento convencido de que ella estaba ahí para complacerlo. El resto no le importaba. En esa habitación había un silencio extraño, pero se alcanzaba a escuchar la música de la fiesta que siguió su curso. Se escuchaban las voces, las risas, las personas que seguían la vida mientras en ese cuarto estaba por escurrirse la ilusión de Camila. Aún la acompañaba un hilo de esperanza de ser salvada. Mientras desabotonaba su vestido, pensaba que iba a entrar su hermano, su madre, su padre, alguien. Se le cruzaban en forma de flashes los recuerdos y los sonidos que precedieron su captura. Todavía recordaba bien cuando miró el tablero de la sala de espera del aeropuerto de Paris que decía Varsovia. Se le vino a la mente la llamada de su amigo Felipe; tenía viva su voz diciéndole que Urgency tenía suspendidos los voluntariados. Mientras hizo ese recorrido elevó la mirada y se vio reflejada en un espejo que había en el techo. No se reconocía. Ya no sabía quién era esa niña desnuda frente a una cama con un hombre del que no sabía ni el nombre, mucho menos algo que le relatara de dónde había salido, quién era y por qué pagaba por sexo.

El hombre se le acercó y ella alcanzó a percibir con claridad el tic – tac de ese reloj que se notaba que costaba miles de dólares. Ese sonido metálico se confundió con las luces y el brillo de los ojos de Silvia cuando le dio el abrazo de despedida. El reloj marcaba las once. Afuera el beat cambió y la fiesta siguió. Camila dejó de existir.