Silvia sintió el agua hirviendo. Se preparó el té y siguió pensando a ver si se le ocurría alguna forma de recuperar a su hija o recibir alguna noticia. La interrumpió Juan Carlos. Lo sintió cuando abrió la puerta de la casa. ‘¡Hola, hijo, estoy acá en la cocina! – le dijo Silvia -. Apenas entró le preguntó que si tenía hambre. El le respondió que sí. Silvia se puso de pie, abrió la nevera y sacó algunas cosas para prepararle un sanduche a su hijo. ‘Cuéntame cómo estás, ya casi no te veo en la casa. Estás llegando muy tarde. ¿Cómo vas en la universidad? Es que ya ni nos hablas’ – le dijo Silvia -.

‘Pues es que ustedes tampoco se la pasan acá y si los encuentro, siempre están ocupados con las llamadas, los correos, las diligencias, y todo el tema de Camila’.

‘Me imagino que lo entiendes, ¿no? Lo que está pasando con tu hermana es muy grave y cualquier cosa que hagamos es poco comparado con la urgencia de tener al menos una noticia. Yo no tengo vida Juan. No duermo, me cuesta respirar, me da taquicardia con frecuencia, no tengo hambre, no sé qué hacer, y tu papá también está mal, se le nota. No me habla, no me dice nada, pero yo sé que tiene problemas en la oficina. Es que estamos destruidos’.

‘Si, mami. Yo entiendo. Yo también voy con frecuencia a la Facultad, pregunto, hablo con Felipe, pero tienen que cuidarse porque la vida sigue y se pueden enfermar. Parece que solo tienen mente para lo de Camila, y no debe ser así’.

‘Si, sí. Yo sé, tienes razón, hijo. Te dejado de lado. Pero cuéntame cómo están las cosas en la universidad. ¿Te está yendo bien?’.

‘Pues sí. Por ahí tuve un problema con un profesor que nos iba a mandar una información para poder hacer un trabajo y yo no recibí nada, cuando le dije eso me trató de mentiroso. Me dijo que revisara bien, y la verdad era que me había escrito desde un correo todo raro y me entró en el spam y no lo había visto’.

Silvia en ese momento tuvo una corazonada. Se alertó, abrió los ojos, pensó en el correo que había recibido y que había eliminado. Tomó su celular y le dijo a Juan Carlos que si los mensajes cancelados se podían recuperar. El le explicó que si, que debía estar en la papelera. Silvia le contó que había recibido un mensaje antes de que él llegara y que pensó que era publicidad, pero que con su relato le había llegado una sospecha y que quería revisarlo. Le entregó el celular a Juan Carlos. Recuperó el mensaje, lo pasó a la bandeja principal y lo abrió. Ninguno de los dos podía creer lo que estaban leyendo. Silvia gritaba, daba vueltas, se agarraba la cabeza, lloraba, no sabía qué hacer con esa información. Juan Carlos le dijo que debía reenviarlo urgente a la Fiscalía y al Consulado de Colombia en Polonia para que hicieran un rastreo.

‘Mami, pero ¿cómo así que en el Caribe? Se supone que Camila está en Polonia’.

‘¡No, Dios mío! ¡Mi hija, Señor mío! Gracias por este mensaje. Me vuelve el alma al cuerpo. Si fue capaz de mandarlo quiere decir que está bien, al menos está viva. Quién sabe cómo fue a parar por allá. Hijo, ayúdame a mandar esos mensajes ya. Ahí están las direcciones del Consulado y de la Fiscalía. Acá ya está muy tarde y en Polonia deben estar durmiendo, pero mañana a primera hora van a tener ese mensaje. De pronto pueden rastrear la ubicación con ese correo. ¡Dios Santo, mi niña!’.

En ese momento entró Jairo a la casa. Escuchó la gritería y se unió a su esposa e hijo quienes le contaron lo que acababa de pasar. Jairo cayó de rodillas en el piso de la cocina, se llevó las manos a la cara y empezó a llorar desconsolado sin pronunciar una sola palabra. Juan Carlos se arrodilló al lado de su papá, lo abrazó y le pedía en voz baja que se calmara, que lo importante era que habían recibido una noticia, que Camila estaba bien y que pronto iba a regresar. Jairo no podía dejar de llorar. Cuando por fin se pudo levantar, Silvia se quedó mirándolo y le dijo que ya habían reenviado el mensaje al Consulado y a la Fiscalía. Jairo se acercó para darle un abrazo a Silvia, ella le respondió sin mucha efusividad y lo único que tuvo para decirle fue: ‘Uff! ¿Pero de dónde viene con ese tufo?’. Jairo bajó la cabeza, no le respondió, se giró, salió de la cocina y se fue para su habitación.

‘Mami, ¿por qué lo tratas así? ¡Qué mamera! ¡Qué mierda esta situación! Tú solo quieres que los demás entiendan tu dolor, pero te importa cinco el de mi papá y el mío. ¡Se me quitó el hambre, no quiero nada!’.

Para Silvia esas palabras entraron por un lado y salieron inmediatamente por el otro. No tenía cabeza para los berrinches de su hijo, y mucho menos para los de Jairo. Odiaba que tomara; le parecía débil. Se sentía sola con todo ese bulto de problemas encima, y no le interesaba nada distinto a lo que estuviera relacionado con su hija.

‘¿Juan Carlos cómo puede ser tan egoísta? No se da cuenta de la gravedad de esta situación y en lugar de ponerse a disposición para ayudarme, ahora le da por hacer reclamos. Se pueden poner furiosos los dos, no me importa. Yo no estoy en este momento con la cabeza para consentirles sus pendejadas, si no quieren entender que Camila está en un peligro inminente no es mi problema, pero yo a mi hija la voy a encontrar y la voy a traer de nuevo a esta casa cueste lo que me cueste’. – pensaba Silvia mientras se tomaba ese té y leía una y otra vez el mensaje de Camila -.

Camila continuaba acostada boca arriba envuelta en su bata mirando el techo de la habitación. No podía dejar de pensar en el mensaje. Esperaba que su mamá lo hubiera recibido y que sirviera de algo. ‘Al menos le va a dar un poco de esperanza saber que estoy viva’ – se dijo en su mente -. Un par de lágrimas se escaparon de sus ojos. Alguien tocó a la puerta. Las dos quedaron sentadas. Entró la mujer que las había recibido y les dijo que se alistaran porque era la hora de cenar y de la fiesta. Les llevó un par de vestidos, y les dio la hora en la que deberían estar listas en el comedor principal. Les indicó los cajones donde podían encontrar maquillaje, cepillos, secadores y demás artículos de belleza para que se pusieran lindas. ‘No me vayan a decepcionar’ – les dijo la mujer con una sonrisa prestada mientras salía de la habitación -.

Las dos amigas se miraron y resignadas, se pusieron de pie para empezar a alistarse. Se midieron los vestidos, sacaron el maquillaje y empezaron a arreglarse.

‘¿Si ves que no se dieron cuenta de nada? Si hubiera pasado algo con ese mensaje ya estaríamos en un calabozo o de regreso a Polonia. Estoy segura de que fue lo mejor que pude haber hecho. Vas a ver que nos van a rescatar, Vira. Tenemos que ser positivas. Vamos a ponernos divinas para estos viejos asquerosos porque ya casi nos vamos a largar de este infierno’.

Vira la miró de reojo incrédula, pero después le soltó una sonrisa y le dijo: ‘Camila, me gustaría ser como tú, pero está bien, vamos a comer que tengo hambre. Te voy a dar una pastilla para después de la comida. La vamos a necesitar’.

Las dos se miraron en el espejo y parecían unas top models. Sonrieron, se tomaron de las manos y bajaron al comedor. Todos se quedaron mirándolas extasiados. En realidad, estaban hermosas el par de nuevas amigas. Su belleza los hipnotizó a todos. Las atendieron muy bien, se sentaron a la mesa en compañía de los invitados y se unieron otras personas que no estaban cuando ellas llegaron, o al menos no las habían visto. La mayoría eran hombres millonarios. Todos iban vestidos discretamente, con mucho estilo. No se veían marcas, ni opulencias, solo prendas caras, relojes finos, y las joyas que llevaba la mujer que las recibió resaltaban sus manos y rostro por las piedras que arrojaban un brillo resplandeciente. Las otras niñas estaban vestidas con la ropa que la mujer les había entregado. Todos actuaban con tal normalidad, que hasta parecía una real fiesta de amigos. Comieron, bebieron; los hombres se reían y hablaban de sus temas, de la situación del mundo, de carros, de fútbol y banalidades.

Uno de los nuevos invitados llamó la atención de Vira. Era un hombre apuesto relativamente joven, al menos mucho más del que le había tocado atender en la tarde. Era un hombre simpático. Ella lo miraba de vez en cuando y sonreía. Camila se percató de la situación y le dijo en voz baja: ‘¿Qué haces? No tomes más, mira que le estás coqueteando a ese tipo. Es peligroso. No debemos hacer eso’.

‘Cómo que no debemos hacer eso? Si es para eso que estamos acá. Si me va a tocar acostarme con estos tipos, al menos que haya uno que me guste. Además, no le soy indiferente’.

Camila trató de disuadirla, y cuando menos pensó vio que Vira se metió la otra pastilla y la pasó con la copa de champaña que estaban bebiendo. ‘Vira, cuidado que te puedes enloquecer’.

‘Tranquila’ le dijo a Camila. Esa fue la última palabra que le escuchó esa noche. Rápidamente el hombre la sacó a bailar y en menos de nada se fueron para una de las habitaciones. Camila siguió el curso de la noche y fue Epsler de nuevo a llamarla para que se fuera con él. Esta vez se llevó a la niña de 14 años, a la mujer de la tarde, a la rusa y se unió otro de sus invitados. La primera orgía de Camila.

A la mañana siguiente cuando Camila abrió los ojos, miró a su alrededor para confirmar que estaba en su habitación y se encontró con la mirada perdida de Vira que estaba sentada en la cama. Camila asustada le dijo: ‘¿Qué pasó? ¿Por qué tienes esa cara?’.

‘Camila, creo que anoche pasó algo muy grave’.