Víctor soltó un suspiro y arrugando la frente sonrió y le dijo que era mejor que no supiera. Camila insistió: ‘Víctor, se lo pido. Dígame quién me hizo esto. Es que mejor dicho ¿sabe qué? No le creo. no le creo nada. Eso es mentira. Usted me está diciendo estas cosas para martirizarme más de lo que ya estoy’. Camila se dio la vuelta para salir del salón en donde estaban charlando y apenas le dio la espalda, Víctor exclamó: ‘¡Alberto! ¡Su primo Alberto! Ya de todos modos usted no va a poder hacer nada porque no lo va a volver a ver ni a él, ni a nadie de su familia, entonces vale huevo si se entera, pero se lo digo porque no le estoy diciendo mentiras. El se dedica a este negocio. ¿Usted cree que ese man tiene todo ese billete a punta de blue jeans? No, mija, es que le falta calle, le falta malicia. Bueno, en pocos meses ya se le va a perder el resto de inocencia que le queda. Su primo la vendió, por eso le pagó el tiquete porque lo que él recibe a cambio es platica de la buena. Camila, le aconsejo que se porte bien. No haga huevonadas porque acá usted está lidiando con gente pesada. No intente nada raro, no le conviene. Hágame caso’.

Camila se llevó las manos a la boca y no podía pronunciar una sola palabra después de lo que había escuchado. En el fondo le restaba algo de incredulidad, pero todo lo que había salido de la boca de Víctor llevaba un tono veraz. Lo que pasaba era que ella no quería creer algo así, pero cuando empezó a unir los puntos, todo le cuadraba. En ese momento llegaron la rusa y la niña de 14 años; estaban arregladísimas y listas para salir. La rusa le preguntó a Camila por Vira. Con la voz temblorosa y, tratando de asimilar las novedades, le dijo que ya la habían recogido. El celular de Víctor sonó y él contestó la llamada. La rusa le dijo a Camila en voz baja que había escuchado un rumor mientras estaba en el comedor. Camila la miró, le dijo que le contara. La rusa le dijo que era acerca de Vira. Solo alcanzó a decirle: ‘Tengo miedo de pensar que se la llevaron para una fiesta muy pesada’. Camila al borde del desespero, la tomó de los brazos, la increpó y le dijo: ‘Pero habla claro, y cuéntame completo si me vas a decir algo. Estoy harta de estas cosas a medias, habla, por Dios, ¡habla!’.

En ese momento llegó Irina y les dijo: ‘Bueno, bueno, me dejan acá la habladera. Salgan que ya llegaron por ustedes. Se van para una fiesta en un hotel cinco estrellas con gente muy exclusiva. Si me llego a enterar de alguna estupidez, no les doy el chance de salir vivas de allá’. Víctor colgó la llamada y las acompañó afuera. Se subieron a una camioneta y se acomodaron en la parte de atrás en silencio después de las palabras amenazantes de la dueña de la casa. Esta vez Camila trató de mirar con más atención las calles por donde iban, aunque no lograba ver muy bien porque los vidrios eran polarizados, era de noche y no era fácil identificar casi nada, pero estuvo más atenta. Llegaron a su destino, Víctor se bajó con ellas y las llevó hasta la suite donde las estaban esperando.

En Colombia la situación no avanzaba. Silvia había recibido una respuesta que no la había dejado muy satisfecha después de haber reenviado el mensaje de Camila. Le habían explicado que a pesar de que en algunos casos Google guarda registros de las IPs desde donde la cuenta fue accedida y cuándo, parecía que se había usado un proxy que impedía acceder a una ubicación. Por otro lado, no había rastro de movimientos migratorios de Camila en los últimos días. Le habían dicho a Silvia que si efectivamente había viajado fuera del territorio europeo de pronto lo habían hecho en un avión privado, caso en el cual, era posible haber comprado a los oficiales de inmigración para no dejar ningún rastro. Silvia no terminaba de entender todo lo que le decían. Para ella resultaba imposible que estas cosas pudieran suceder.

Le explicaron que estas personas tenían un poder adquisitivo alto y que el dinero lograba corromper gente que les facilitara el trabajo y los ayudara a no dejar rastro de los movimientos. Esto fue un golpe bajo para Silvia y Jairo porque al contrario de lo que pensaban, no había servido para nada el mensaje de Camila. Lo único que les había dado era un respiro porque confirmaron que estaba viva, pero aumentó la preocupación porque una vez más debían conformarse con los esfuerzos que estaban haciendo las autoridades, pero el hecho de estar tan lejos les transmitía un sentimiento de impotencia que hacía que se aumentara la culpa y la ansiedad.

Silvia recibió esa tarde una llamada de Felipe. Ella le contó lo que había sucedido y le preguntó si él tenía noticias. Felipe le contó que al fin había podido hablar con el profesor con el que Camila habló días antes de su viaje. Le dijo que él le había dado los datos de un colega que estaba en Polonia, que había hablado con él para contarle lo que estaba sucediendo con una estudiante de la universidad, y como era de esperarse, no había recibido ningún mensaje de ella. Sin embargo, el colega le dijo que iba a entrar en contacto con una mujer que había conocido, era una psicóloga, directora de una organización que se dedica al acompañamiento de víctimas y sobrevivientes de la trata de personas, y aunque ella estaba en Estonia, viajaba con mucha frecuencia a Polonia por su trabajo y que la buscaría para preguntarle si ella sabía de qué forma se podrían mover aparte de esperar lo que hiciera la policía. Silvia le agradeció a Felipe por su interés y le pidió los datos de ese profesor para ponerse en contacto con él. Felipe le dijo que se los enviaría al correo electrónico después de pedírselos a su profesor. Quedaron en que se contarían cualquier novedad. Silvia se dio cuenta que ni siquiera le había preguntado por él, cómo estaba, en fin, lo que se pregunta normalmente a la gente.

‘Felipe, mijito, perdóname si no te he preguntado ni siquiera cómo estás. Tú no te alcanzas a imaginar lo que ha sido esto para nosotros. Después de haber recibido ese mensaje de Camila las cosas han empeorado. Yo me estoy volviendo loca, es lo único que repito hasta el cansancio porque no sé ni por dónde seguir, qué hacer. Me siento en culpa por no estar allá, que estoy acá con los brazos cruzados hablando por teléfono esperando un milagro. Esto no es vida’ – le dijo Silvia sollozando -.

‘Silvia, no te preocupes, yo te entiendo. Para mi también esto ha sido un infierno. Me pregunto mil veces por qué no hice algo más, por qué no le insistí más a Cami, por qué no le dije nunca que me mostrara los correos, tal vez entre los dos hubiéramos visto algún detalle sospechoso, no sé. Sin embargo, la vida sigue y tenemos que estar alerta, Silvia. No te puedes enfermar. La otra vez llamé a Jairo para saludarlo y no pudo ni hablar. No sé si estaba tomado o qué le pasaba, pero al final le dije que lo llamaba otro día porque no paraba de llorar, pero no le entendía nada. Y mira, no quiero aumentar tus preocupaciones, pero una amiga mía es muy cercana a Juan Carlos y me contó que no ha vuelto a entrar a clases, se la pasa en los sitios que quedan cerca a la universidad donde uno va a tomar cerveza o a jugar billar. Te lo cuento porque él ha sido muy dedicado y seguramente para él todo esto también es muy difícil, pero ustedes tienen que estar unidos en este momento para que cuando Cami regrese los encuentre bien’.

Silvia colgó la llamada con Felipe y quedó en shock. En un instante se dio cuenta que lo que estaba pasando con su hija tenía a su familia desarmada, incomunicada y agotada. Entendió que necesitaba ayuda porque se le estaba saliendo la situación de las manos. No tenía fuerzas para estar detrás de Jairo o de Juan Carlos para preguntarle cómo estaban, qué sentían o qué necesitaban porque ella misma no podía cargar con sus propias emociones. Era demasiado ese peso y sobre todo el dolor que la estaba consumiendo día a día. Pensó que había llegado el momento de tomar decisiones drásticas porque parecía que había entrado en un letargo que la tenía con la realidad filtrada y no alcanzaba a darse cuenta de las necesidades reales. Sin pensarlo mucho, cogió su celular e hizo una llamada.

‘Quiubo mijo, ¿cómo está? Qué pena molestarlo, pero necesito hablar urgentemente con usted’.