‘Hola tía, ¿cómo está? ¿han recibido noticias?’ – le respondió Alberto -.
‘No, mijo. Mejor dicho, todo lo que nos dicen es lo mismo. Que ellos están haciendo todo lo posible, que están buscando, pero obviamente no encuentran nada y yo sinceramente no puedo más con esta situación. A mi me da mucha pena molestarlo porque usted nos ha ayudado tanto, pero necesito pedirle que me preste plata para poder irme para allá. Es que yo creo que al menos si me planto al frente del Consulado de Colombia puedo hacer presión y no sé, me sentiría un poco útil. Es que acá sin poder hacer nada me siento como si hubiera abandonado a Camila, como si nadie estuviera haciendo nada por ella. Ya no se qué más puertas tocar, no sé qué más hacer. Llamo a la Fiscalía, a la Cancillería, al Ministerio y siempre es la misma respuesta: ‘Estamos haciendo todo lo posible’, pero no pasa nada, mijo, y yo me estoy volviendo loca’.
‘Tía, primero que todo cálmese. Yo la entiendo, pero estoy seguro de que sería muy difícil hacer algo más de lo que ya están haciendo las autoridades. Imagínese usted allá sola, esos países no son fáciles, el clima. Si le llega a pasar algo, si se enferma, si necesita algo, quién la va a ayudar, tiene que pensar también en eso. Ya es demasiado grave lo que está pasando con Camilita para aumentar los problemas, ¿no cree?’.
Silvia fue tajante con Alberto. Le hizo saber que esa era una decisión que ella había tomado, pero el hecho de que no hubiera nadie de la familia allá buscándola, lo encontraba inadmisible. Y que, si él no le prestaba la plata, ella iba a ser lo que fuera, así tuviera que ir a un banco a pedir un préstamo, o la empresa en la que trabajaba, pero ese viaje lo iba a hacer. Hubo un silencio y de pronto Alberto con un tono pausado le dice:
‘Vea, tía, ¿sabe qué? Me voy yo. Creo que esa es la mejor solución, así sumercé se queda al pie del cañón acá pendiente de todos los contactos, de Juan Carlos y del tío y yo me encargo de ir al Consulado y hacer presión como dice usted. Me parece que tiene razón, pero al menos nos dividimos las tareas’.
Silvia rompió en llanto. ‘Mijo, de verdad yo nunca voy a terminar de agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros. No sabe lo tranquila me hace al decirme esto. Es mucho mejor porque usted está joven, sabe manejar bien el celular y todas esas aplicaciones. Estoy segura de que se hará entender, y se va a poder mover mucho mejor que yo. Albertico, mijo, le pido solo que se vaya cuanto antes. Compre ese tiquete y váyase tan pronto pueda; yo sé que usted también tiene sus responsabilidades, su negocio, pero al menos tiene empleados y puede dejar las cosas organizadas acá rápidamente. Le ruego que se mueva porque es que los días están pasando y yo sé que Camila está en peligro. Cada segundo cuenta’.
Alberto le dice a Silvia que va a finiquitar algunas cosas que tiene pendientes, pero que tan pronto compre el tiquete, le avisa y le promete que lo hará en los próximos días. Cuelgan la llamada y Silvia siente un alivio. Al menos por un instante desapareció la soledad que advertía diariamente porque en los espacios que le daba su mente para divagar, no encontraba el apoyo ni de su esposo, ni de su hijo, o al menos, de la forma como ella lo esperaba. Mientras se dirigía para la cocina a tomarse un café, cayó en cuenta de que no le había contado a Alberto las últimas novedades, y era muy importante que las supiera para que cuando llegara a Polonia estuviera actualizado y pudiera preguntar con todo el conocimiento los últimos hallazgos de la investigación. Necesitaba contarle a su sobrino lo del correo que mandó Camila y los datos que el profesor de la universidad le había dado del colega que estaba allá y lo que éste iba a hacer. Sintió que era clave ese contacto porque siendo colombiano, de pronto entre los dos podrían llamar a la directora de esa fundación y abrir otros canales de búsqueda. Se sentó en la cocina con su café, ya iba a marcarle a Alberto, cuando recibió una llamada de un número desconocido. Contestó inmediatamente.
Al otro lado de la línea se encontraba una psicóloga y funcionaria del Ministerio del Interior que hacía parte de un programa de apoyo de víctimas de la trata de personas. Se presentó, le dijo que estaba enterada del caso de su hija, el cual había causado mucha consternación, sobre todo en su programa y que la estaba contactando para saber cómo se encontraba y si había algo en lo que la pudiera ayudar, a parte de las actividades que ya estaban adelantando las autoridades. Silvia se quedó perpleja. No esperaba esa llamada. Se estaba acostumbrando a ser ella la que llamaba casi diariamente y a recibir respuestas desoladoras y sin mucho margen de movimiento. Así que agradeció el interés y de un momento a otro dejó salir de su alma todo lo que le atravesaba el cuerpo y la mente desde que su hija había sido raptada. Le hizo notar que ella si había oído hablar de la trata de personas, pero que no sabía nada del tema, no sabía cómo actuaban esas redes y justamente no había mostrado interés porque nunca pensó que llegara a su casa y le arrebatara a lo que ella más quería en el mundo.
La funcionaria con todo el profesionalismo la escuchó, le dijo que la entendía. Le hizo ver que a pesar de los esfuerzos reales de tantos organismos nacionales e internacionales por diseñar campañas de sensibilización acerca de ese crimen, no eran suficientes porque con el tiempo se había diseminado en unas proporciones que la gente no alcanza a imaginar. Con paciencia le explicó cuáles son los mecanismos con los cuales los delincuentes captan a las víctimas y le dijo que, aunque es un flagelo que en la mayoría de los casos afecta a un grupo de la población muy vulnerable, no exime a mujeres, hombres y niños de todos los estratos y de todas las nacionalidades. Lamentablemente, la era digital ha contribuido poderosamente a que este delito se lleve a cabo con más frecuencia porque gracias a las herramientas que hay a disposición, se abrieron las posibilidades de crear alternativas de engaño mucho más difíciles de identificar. Ella tenía todos los antecedentes de lo que le pasó a Camila y sabía que había sido contactada a través de un correo electrónico por alguien que se había hecho pasar por un funcionario de una organización internacional. Pero hubo algo que llamó la atención de Silvia. La psicóloga le dijo:
‘Señora, aunque es muy complicado identificar los responsables porque ellos mismos se encargan de no dejar huella digital, hay algo que a mí me llamó la atención del caso de Camila. Es importante que usted sepa algo: en muchos casos de tráfico de personas, son los mismos familiares o personas cercanas quienes engañan a sus víctimas, y por el modo en el que su hija fue captada, nos hace pensar que es posible que alguien cercano esté involucrado. Obviamente, éstas son especulaciones, porque como le dije, es muy difícil asegurarlo, pero yo llevo años estudiando este tema y son muchos los casos en los que hay gente conocida involucrada con el delito’.
Silvia se quedó sin palabras por unos segundos, sin embargo, cuando volvió en sí le dijo a la funcionaria: ‘No, doctora. Yo entiendo lo que usted me dice, pero éste no es el caso nuestro, nuestra familia es humilde, pero somos gente decente, trabajadora, acá no hay nadie que podría causar un daño semejante, aunque pensándolo bien, hay alguien que…no sé…’.
La funcionaria la escuchó y le dijo con un tono amable y condescendiente: ‘Mire, señora Silvia, yo la entiendo más de lo que cree. Para uno es imposible concebir que alguien cercano se atreva a cometer un acto tan deplorable como éste, pero acepte por ahora un consejo que le doy: No le cuente a nadie los avances de la investigación. Todo lo que las autoridades le comuniquen guárdelo para usted y su esposo. Entre menos gente sepa qué está pasando es mejor, yo sé por qué se lo digo. Por lo menos en esta fase de la investigación. Cualquier detalle que usted comparta puede ser delicado y le voy a decir por qué. Si de pronto revela alguna información importante y esa persona sigue rondando, puede tener consecuencias para ella, la pueden maltratar o cambiar de sitio, o moverla y así se dificulta la investigación. Lo otro que le propongo es que la próxima vez nos veamos en persona, me gustaría mucho conocerla y le puedo contar muchas cosas que sé que pueden ser útiles para usted y su familia para sobrellevar esta experiencia tan desafiante’.
Silvia le agradeció por haberla llamado y quedaron de hablar en los días consecutivos para fijar una cita y verse en la oficina de ella. Cuando colgaron la llamada quedó bastante confundida. Cada cosa que pasaba le aumentaba las dudas, los miedos, la ansiedad. No encontraba paz en nada de lo que hacía, pero pensó que por alguna razón ella la había llamado y aunque hubiera metido las manos en el fuego por Alberto, decidió no decirle nada. Al menos, no en ese momento. Solo deseaba que se fuera para Polonia y esperaría las noticias con la última gota de paciencia que le quedaba.
Camila estuvo en una suite muy elegante de un hotel cinco estrellas, rodeada de gente muy adinerada. Tuvo que participar en otra orgía. En contra de su voluntad, de sus principios, del vestigio que quedaba de la niña que una vez fue, empezaba a acostumbrarse. Se ayudaba con las pastillas para no sufrir tanto y se dejaba llevar. Al menos, hasta ese momento, había tenido que satisfacer deseos y fantasías de gente que la había tratado ‘bien’, si así se puede decir. Después de una noche de fiesta, regresó a la casa con sus compañeras. Cuando llegó a la habitación se dio cuenta de que Vira no había regresado aún. No le pareció extraño. A veces las fiestas se alargaban o los clientes pedían más tiempo y ellas tenían que obedecer, así que se quitó la ropa, se puso la sudadera que hacía las veces de pijama y se acostó en su colchón. Estaba agotada, cerró los ojos y se durmió. Cuando se despertó volteó a mirar y Vira todavía no había llegado. Se levantó y salió al baño. Después se fue al comedor y encontró a la rusa sentada comiendo algo. Iba a coger algo para ella cuando llegó Irina. Camila la miró, y le preguntó por Vira, le dijo que no había llegado, que si todo estaba bien.
Irina con una sonrisa maliciosa le dijo que no se preocupara tanto por su amiga. Y abandonando el comedor dijo una frase en un idioma que obviamente Camila no entendió. La rusa abrió los ojos. Camila le preguntó asustada: ‘¿Qué dijo?’.
