Camila no pudo esconder el pánico y la ansiedad cuando escuchó la pregunta de la enfermera. Inmediatamente trató de mirar a través de la cortinilla que tenía el separador para ver si Irina estaba escuchando; se giró de nuevo hacia la enfermera y aunque quería gritar que sí, que por favor no la dejaran regresar a ese lugar, era como si una enorme piedra se hubiera atascado en su garganta. El miedo la paralizó, empezó a temblar. Cogió la chaqueta, empezó a buscar desesperada el papel con los datos del profesor y era tal la agitación que no lo encontró. La enfermera entendió que no iba a obtener alguna respuesta, así que cogió los pantalones de Camila y metió algo en el bolsillo mirándola a los ojos mientras la ayudaba a vestirse y de nuevo en voz baja le dijo: ‘En ocho días nos vemos para tu control. Yo te puedo ayudar si necesitas algo’. En ese momento la cortinilla se corrió abruptamente. Se trataba de Irina, quien de nuevo con una voz condescendiente tomó a Camila del brazo diciéndole que caminara lentamente, pero que ya se podían ir para la casa a descansar. El médico sonrió y le dijo a Camila que la esperaba para el control. Camila lloraba sin parar, apenas pudo despedirse y salieron del consultorio.
Afuera las estaba esperando uno de los trabajadores de la casa en una camioneta. Se subieron. Irina le dijo a Camila que de verdad sentía mucho lo que le había pasado, pero que esas situaciones eran frecuentes. Le dijo que era muy importante que se tomara los anticonceptivos con juicio para que no volviera a suceder, pero que la felicitaba porque se había portado muy bien. ‘Yo he pasado por ahí varias veces, querida, no te preocupes que después de unos días se te olvida’ – le dijo Irina para consolarla -. Camila no podía creer que estuviera pasando por algo semejante. No sabía si eran las pastillas que tomaba para soportar los abusos, o el medicamento que se había automedicado antes de salir de la casa o lo que le había inyectado el médico para el dolor, o la mezcla de todo, pero se sentía mareada y muy cansada. A duras penas podía entender las palabras de Irina y vagamente recordaba lo que le había dicho la enfermera. Con disimulo se llevó la mano al bolsillo del pantalón y se dio cuenta de que tenía algo. No lo había soñado, no era una alucinación. La enfermera le había dado algo.
Llegaron a la casa. Irina la acompañó a su cuarto, la acostó y le quitó los zapatos y cuando le iba a desabrochar el pantalón, Camila le dijo que no, que por favor no la moviera, que estaba muy cansada, y que iba a dormir así. Irina la dejó, la arropó, y le dijo que si necesitaba algo que la llamara. Camila esperó un rato y con las pocas fuerzas que tenía metió la mano al bolsillo y encontró el mismo sticker que había en el escritorio del médico. ‘Stop human trafficking’ y un código QR. Se alegró de ver que la enfermera había intuido algo, y pensó que el día del control iba a sacar las fuerzas para decirle todo. Lo que se le ocurrió es que escribiría una nota contando lo que le pasaba y suministraría información clave para que no la dejaran salir de nuevo con Irina, o con quien la estuviera acompañando. Ese sticker, por ahora, era inservible porque no tenía el dispositivo adecuado para escanear el código, ni un celular para pedir la ayuda. Debía esperar.
Solo ella podía entender por qué en ese momento no dijo nada. No es fácil reaccionar cuando se está bajo efectos de drogas que alteran las funciones cerebrales, sumado al hecho de estar amenazada constantemente. La angustia de estar ahí y los abusos a los que estaba siendo sometida, no se compararían jamás con el dolor que le causaría enterarse de la muerte de su mamá, de su papá o de su hermano, solo porque ella desobedeció las órdenes de sus captores. Ya se había dado cuenta de que eran capaces de todo; era gente muy peligrosa y su vulnerabilidad estaba al último nivel. No estaba en sus cinco sentidos y, sobre todo, estaba enfundada en un sentimiento de terror que no la dejaba pensar, mucho menos actuar bien. Algo parecido a la sensación que tenemos tantas veces cuando no entendemos por qué una mujer que es abusada o maltratada por su esposo no lo deja o busca ayuda, o ese momento en el que un hombre con cierta jerarquía viola la intimidad de una mujer y ella en lugar de luchar, se paraliza. Es fácil desde afuera ver el panorama con otros ojos, opinar y hasta juzgar, pero el grado de ansiedad, depresión y opresión en el que se encuentran las víctimas es tan alto que es imposible abarcar los comportamientos y sensaciones que derivan de un crimen de esa magnitud, mucho menos vislumbrar todas las salidas. Todavía nos cuesta aceptar el impacto y el poder que tienen los actos y las palabras de los seres humanos en los demás, en especial cuando se está en una situación de desventaja.
Al día siguiente en Bogotá Silvia recibió la llamada de su sobrino Alberto. La saludó, le dijo que había llegado bien y que se disponía a ir al Consulado esa misma tarde. ‘Tía, lo importante es que ellos sepan que yo estoy acá, que estoy pendiente y que, si pasa cualquier cosa, me pueden contactar para hacer lo que sea necesario’. – le dijo Alberto con mucha determinación -. Silvia le agradeció y le dijo que le avisara después de haber ido. Pasaron un par de horas y Silvia recibió un mensaje por Whatsapp. ‘Tía, acabo de salir del Consulado. Todo bien. Ya saben que estoy acá. No es conveniente venir todos los días, pero ya están informados. Mientras tanto voy a buscar ayuda con una organización que apoya víctimas. Tengo internet muy limitado, pero le voy contando’. Silvia le dijo que estaría pendiente. Inmediatamente mandó un mensaje al funcionario del Consulado para confirmar que Alberto sí se hubiera presentado.
En ese momento entró Jairo a la casa. Silvia encontró extraña su presencia porque era horario de trabajo. Le preguntó por qué estaba ahí, si le había pasado algo. Jairo tenía los ojos enrojecidos e hinchados. La miró con algo de rabia y le contestó: ‘Si, Silvia. Si pasó algo. Mi jefe me dijo que me viniera para la casa porque ahora soy un incompetente, porque entró a trabajar uno de esos peladitos que cree que se las sabe todas y como yo seguramente ya soy un viejo decrépito, ese huevoncito me quiere enseñar y no señora, yo no tengo por qué humillarme. Llevo muchos años trabajando en esa empresa para que ahora me vengan a tratar como un empleaducho de segunda. Pero claro, ahora todos me miran como un imbécil al que su hija se le perdió y cuchichean cuando me ven llegar, o cuando me encuentran en el corredor como si no me diera cuenta de la estupidez de la gente. Me miran con lástima, como un pobre imbécil, ¿y yo? Jajajajaja ¡Pues eso soy! Un imbécil que no ha podido encontrar a su hija. Por más de que trato de buscar la forma, no encuentro qué hacer, nadie da razón y yo, que soy el papá, yo que estoy para proteger a mi hija, no pude ni con eso. No pude. ¿Y tu Silvia? ¿No te has visto? Pareces un fantasma, estás flaca, pálida, y eso lo entiendo porque sé que estas a la deriva y en angustia permanente, yo también duermo y vivo con ella, pero acaso ¿te has dado cuenta la forma en la que me hablas? ¿Como me miras? ¿Te has escuchado últimamente? Es más, ¿has visto a Juan Carlos en estos días? Noooooo, claro que no. Hace dos días lo saqué de un cuchitril que queda cerca a la universidad borracho y vomitado porque los ‘dizque amigos’ lo dejaron tirado ahí, y ¿sabes quién me llamó? Felipe, el amigo de Camila. El me avisó para que fuera a recogerlo. Lo traje y tu no estabas, pero si hubieras estado, tampoco te hubieras dado cuenta porque no estás aquí, Silvia; nosotros dejamos de existir para ti’.
Silvia se quedó sin palabras. Solo miraba a Jairo y no sabía qué contestarle. Tenía razón, pensaba. Pero ella también la tenía y no estaba dispuesta a negociar con nadie su tormento. Tampoco tenía tiempo para contemplar una ayuda para su familia porque no había espacio para ello. Todos los esfuerzos estaban encaminados a encontrar a su hija y nadie iba a impedir que ella agotara los recursos que fueran para lograrlo. ‘Alberto se fue para Polonia. Llegó hoy y ya fue al Consulado’ -le dijo Silvia a Jairo -. Jairo soltó un: ‘¡Bah!’ Y se fue para la habitación. Silvia se sentó en el comedor de la cocina, se sirvió una taza de agua caliente, estaba abriendo el sobre para sacar la bolsita del té cuando recibió un mensaje. Era la respuesta del funcionario del Consulado.
