Camila se quedó petrificada. No quería levantar su rostro y de nuevo la voz masculina la llamó por su nombre. Esta vez el tono era más bajo y neutro. En un inglés con acento le dijo: ‘Me llamo Andrei, trabajo con Eda Pōder, directora de una organización que ayuda víctimas de trata de personas. El Profesor Cortés nos llamó a avisarnos que venías en camino y salimos a buscarte. Estamos acá para ayudarte. No tengas miedo’.
Camila no podía dejar de temblar, levantó su rostro y al frente tenía la mano estirada de este hombre corpulento, blanco, rubio, de ojos azul profundo y con una discreta sonrisa que dejaba ver para transmitirle confianza. Camila se incorporó y se levantó lentamente. Cuando se asomó para ver el carro se dio cuenta que había una mujer esperando. En ese momento de confusión no tenía muchas opciones y decidió creer en ese hombre. El hecho de haber dicho el apellido del profesor le hizo pensar que efectivamente estaban allí para ayudarla. Las lágrimas empezaron a brotar en modo desesperado de sus ojos y con el apoyo de Andrei se fueron caminando hacia el carro. Apenas se subió, la mujer la tomó de las manos, la miró con dulzura y le dijo que estaba a salvo y que en pocos minutos iban a llegar a un lugar seguro.
Así fue, no alcanzaron a pasar cinco minutos y ya estaban entrando en una casa. Camila caminaba despacio y miraba para todas partes todavía incrédula de lo que estaba pasando. Andrei le dijo que se sentara en un sofá que se encontraba en medio de una sala ambientada con sillones de colores, una mesa de madera rústica con varios libros encima y algunos objetos de decoración sencilla, pero cálida y agradable. Al frente estaba el comedor que completaba un salón de dimensiones no tan grandes, pero que en conjunto transmitía armonía. Todo estaba limpio, organizado y había un buen perfume. Camila se sentó y apenas reaccionó les dijo a Andrei y a la mujer que la ayudaran a comunicarse con su familia. La mujer, que se llamaba Kaia, la miró y le dijo que le iba a traer un té caliente y algo de comer mientras hablaban con Andrei.
‘Camila, antes de comunicarnos con tu familia, hay varias cosas de las que tenemos que hablar. El profesor me dijo que un primo tuyo está acá en Varsovia. Eso de pronto puede ser útil, sin embargo…’ – le dijo Andrei -.
Camila interrumpió a Andrei y con la voz muy agitada le dijo: ‘¿Un primo? ¡No! ¡Dios mío! ¡Alberto! ¡Él fue quien me engañó, él está involucrado con esos criminales! ¡No! ¡No puede saber dónde estoy!’.
Camila les contó a Andrei y a Kaia todo lo que había pasado, cómo se había enterado de que Alberto estaba relacionado con esa red y cómo había podido escapar. Andrei le dijo que por ahora no era prudente hablar con la familia, y si el primo estaba en la misma ciudad, lo mejor sería trasladarla hasta Taliin, en Estonia para que partiera desde allá hasta Colombia.
‘Camila – le dijo Andrei -, por lo que nos cuentas tenemos que ver con gente muy poderosa y peligrosa así que debemos movernos con mucho cuidado si queremos que puedas regresar a salvo a tu casa. A esta hora, deben estar buscándote por todas partes. Seguramente van a estar muy pendientes de los movimientos en el Consulado de Colombia, así que no podemos hacer movimientos en falso. Ellos tienen contactos y gente en todas partes, así que debemos actuar con cautela. Entiendo que tu quieres hablar con tu familia, pero vamos a tener que esperar unos días, al menos hasta que puedas llegar a Taliin. No tienes pasaporte, ni documentos, y el viaje lo haremos por tierra, pero antes Eda tendrá que darnos las indicaciones para poder movernos en condiciones seguras’.
Camila lo miraba con atención y estuvo de acuerdo. Ella sabía que sus captores eran temibles y sin piedad, así que debía seguir las recomendaciones de las personas que la querían ayudar. Por ahora, lo más importante era que había podido escapar y faltaba poco para regresar a su casa. En ese momento entró una llamada al celular de Andrei, era el profesor. Lo puso en altavoz, saludó a Camila y ella apenas pudo responderle cuando el llanto se apoderó de nuevo de todo su ser. Le daba las gracias repetidamente por haberla ayudado y le dijo que si por alguna razón el primo lo contactaba no le dijera nada porque él estaba implicado. Como pudo resumió la historia y le contó algunos detalles de su cautiverio. Andrei intervino y le recalcó la importancia de la discreción en esos momentos. Tenían que empezar a moverse rápidamente, pero con mucha atención para llevar a Camila hasta Taliin. El profesor entendió perfectamente la situación y se puso a disposición para lo que necesitaran. Colgaron la llamada. Camila comió algo de lo que le había llevado Kaia y se tomó el té. La acompañaron a la habitación que le tenían preparada. Camila no podía creerlo. Había una cama bien tendida, con dos mesitas auxiliares, un armario, sábanas perfumadas y limpias, agua y algunas galguerías. Kaia le dio una pijama y unas pantuflas. Le dijo que descansara y que si necesitaba algo les avisara inmediatamente. Camila les agradeció, se sentó en la cama; apenas podía asimilar lo que estaba pasando.
En Colombia la zozobra aumentaba y los problemas también. Juan Carlos salió de la universidad con algunos compañeros, estaban tomados y decidieron irse para el barrio Santafé a seguir la fiesta. Después de haber dado algunas vueltas y mirar los locales desde afuera, eligieron uno de los más conocidos y entraron. Era la primera vez que Juan Carlos entraba en uno de esos sitios, pero el alcohol le sirvió para darle el impulso y comportarse como si fuera un cliente asiduo. Apenas entraron se dio cuenta de que había una piscina enorme ubicada en todo el centro del recinto. Había un puente angosto con unas barandas que la atravesaba completamente y cuando menos pensó un grupo de mujeres empezó a desfilar por la pasarela, bailaban, se desnudaban y hacían shows de varias clases para animar a todos los clientes.
Por un momento, Juan Carlos se sintió mal. Pensó en su hermana. Se le revolvía el estómago de sospechar que Camila podía estar siendo obligada a comportarse de la misma forma que estaban haciendo esas mujeres y le pasó un corrientazo por todo el cuerpo. Les dijo a sus amigos que iba a la barra a pedir algo de tomar y se fue a paso ligero hacia el baño. Cuando se miró en el espejo estaba sudando frío y sentía que el corazón se le iba a salir. Se echó un poco de agua en la cara, los hombres entraban y salían del baño. En el momento en que se miró de nuevo en el espejo, vio la cara del hombre que estaba detrás de él, y desde el fondo de sus entrañas y con la voz entrecortada alcanzó a decir:
‘¿Alberto?’
