Juan Carlos se giró, Alberto abrió los ojos enmarcando su expresión de sorpresa.

‘¡Primo! Jajaja… ¿Qué hace acá?’ – le dijo Alberto con una risa nerviosa -.

‘No, ¿qué hace usted acá, mk? ¿No estaba en Polonia buscando a mi hermana? ¿Usted es que es bobo o qué? ¿Cómo se le ocurre mentirle a mi mamá de esa manera? ¿Por qué le dijo que se iba si era pura mierda?’.

Alberto trató de calmarlo, le dijo que salieran del sitio y que le explicaba todo afuera. Juan Carlos se acercó donde los amigos y les dijo que iba a hablar con el primo y ellos decidieron acompañarlo. Cuando ya estaban al frente del local Alberto bajó la mirada y le dijo a Juan Carlos:

‘Hermano, mire, usted está muy prendo y este barrio es caliente. Hagamos una cosa: voy a entrar, cojo mis cosas, lo llevo hasta su casa y en el camino le explico todo’. Alberto se giró, volvió a entrar al sitio y Juan Carlos en un arranque de ira les dijo a los amigos que se fueran porque no quería esperar a nadie. Cogieron un taxi y se dirigieron a otro bar en la zona de Chapinero. Entraron allí, Juan Carlos siguió bebiendo y con la lengua pegada les repetía a sus amigos que ese primo era un hombre despreciable. Les contó la historia y mientras hacía el relato, más rabia le daba. ‘¿Y ahora cómo le voy a decir a mi mamá que ese huevón le mintió? Mi mamá está confiando en todo lo que ese imbécil le está diciendo y nosotros como unos estúpidos creyendo que nos está ayudando. ¡Es que si pudiera lo agarraría a patadas!’ – decía Juan Carlos con el rostro encendido -.

Los amigos trataban de tranquilizarlo, buscaban posibles razones, pero para él era inadmisible e incomprensible lo que Alberto estaba haciendo. Juan Carlos se paró de la mesa para ir al baño y mientras tambaleaba empujó a un hombre que estaba en otra mesa y accidentalmente le hizo caer el vaso que tenía en la mano derramando el trago en el pavimento. El hombre airoso le hizo el reclamo y Juan Carlos trató de decirle que había sido sin culpa, pero cuando vio la actitud del hombre se le acercó retándolo con el cuerpo. En cuestión de pocos minutos la situación escaló a una dimensión en que fueron expulsados del local y cuando estaban todos afuera, la pelea no se hizo esperar. El hombre estaba solo, alcanzó a lanzarle un par de puños a Juan Carlos, quien reaccionó violentamente y de un golpe lo hizo caer al piso golpeándose la cabeza. Cuando estaba tirado, entre todos le lanzaron patadas dejando al hombre inconsciente. Algunas personas que estaban pasando por el frente presenciaron la escena y advirtieron a las autoridades. Juan Carlos y sus amigos se fueron caminando y entraron a un sitio de comidas rápidas a pocos metros de donde había ocurrido el incidente. La Policía llegó y en vista de que el hombre no respondía, llamaron una ambulancia, los testigos señalaron a Juan Carlos como el culpable de la golpiza, lo detuvieron y lo trasladaron a una URI en compañía de sus dos amigos.

Juan Carlos no entendía lo que estaba pasando. En medio de su borrachera sabía que había peleado con un desconocido, pero aún ignoraba la gravedad de los hechos. Apenas le dieron la oportunidad, llamó a Silvia y le contó lo que había ocurrido y dónde se encontraba. Silvia inmediatamente le avisó a Jairo y se fueron afanados a buscar a su hijo.

En el carro, mientras iban en camino, Silvia le dijo a Jairo que había hablado temprano con Alberto y que estaba haciendo contacto con unas organizaciones que ayudan a buscar víctimas de trata de personas y que parecían proactivos y disponibles. Jairo miró de reojo a Silvia y se quedó en silencio.

‘Bueno, al menos estoy tratando de hacer algo. Le dije a Alberto que se fuera y allá está poniendo la cara por la familia. Estoy cansada de tu actitud, Jairo. Me miras con odio, no dices nada, no haces si no tomar, yo no puedo estar detrás de ustedes en estas circunstancias, me he sentido muy sola con todo esto’. – dijo Silvia con la voz temblorosa -.

‘¡Ay, Silvia! ¿De verdad? ¿Te has sentido muy sola? Yo quisiera que me dijeras cuántas veces me has preguntado qué siento yo, cómo estoy, si necesito algo, es más, no sé si te has preguntado en qué anda tu hijo. Traté de advertirte, traté de decirte que Juan no estaba bien, pero a ti no te importó y ahora mira lo que estamos haciendo. Vamos rumbo a una URI a ver en qué lío se metió. Pero ¿sabes qué? No me extraña, Silvia. Tú siempre has sido muy egoísta, todo ha girado en torno a ti, a tú familia, a tus papás, a tú trabajo, en fin… yo estoy harto. ¡Harto! ¡No te soporto a ti y tampoco soporto esta situación! No puedo con esta presión. Estoy atormentado y también me he sentido absolutamente solo con todo esto. No sé qué hacer, ni qué esperar’. – respondió Jairo con un tono fuerte -.

Silvia no pronunció una sola palabra. Cuando llegaron a la URI los hicieron esperar. Esos minutos parecían horas. Finalmente, un Policía vino a hablar con ellos y les explicó la situación. Silvia y Jairo no podían creer lo que estaban escuchando.

‘La peor parte, mi señora, es que nos acaban de avisar que el hombre está en coma, así que la situación para su hijo se complica. Le aconsejo que vaya buscando abogado porque lo que se les viene pierna arriba es cosa seria, ese paciente se puede morir y ahí sí, ¡grave! – les dijo el oficial con voz firme -.

Silvia se llevó las manos a la cara y preguntó que si podían ver a su hijo. Contestó que si, pero por poco tiempo. Después de otra espera, finalmente se encontraron con Juan Carlos. Apenas los vio se derrumbó en un llanto sofocante. Pedía perdón. Les contó lo que había sucedido. Silvia y Jairo le dijeron que no se preocupara, que ya estaban buscando un abogado y que todo se iba a solucionar. Juan Carlos bajó la mirada y les dijo:

‘No les he contado lo peor. Alberto está acá en Bogotá. Me lo encontré en un bar en el que estaba antes de que pasara todo esto. Ese cretino nos ha estado mintiendo y no sé por qué’.

Silvia lo miraba incrédula y Jairo no sabía qué hacer. De sus bocas solo salían expresiones de escepticismo y duda. ‘¡No puede ser! ¡Es imposible! ¿Por qué haría una cosa así? ¡Eso no tiene sentido!’. Se acabó el tiempo que tenían para hablar con Juan Carlos. Debía pasar la noche ahí hasta no tener un panorama claro del hombre que habían golpeado, mucho más porque continuaba en coma. Silvia y Jairo no tuvieron otra alternativa que regresar a la casa. Ya era muy tarde para llamar a su hermana y preguntarle por Alberto así que tendrían que esperar hasta el día siguiente.

Fue una noche terrible para los dos. Las horas pasaron y al fin la luz del día llegó a la casa. Silvia se levantó afanada de la cama. Iba a coger el teléfono para llamar a su hermana cuando en ese preciso momento le entró una llamada de ella. Silvia contestó al primer timbrazo.

‘Quiubo mija, ya la iba a llamar’ – dijo Silvia -.

‘¡Silvia! ¡Me mataron a mi hijo! ¡Me mataron a mi hijo!’.