Se voltearon a mirar y el vehículo tenía las mismas características de los que solían transportar a Camila y a sus compañeras de cautiverio. Se quedaron inmóviles observando con atención. Al volante iba un hombre de mediana edad, blanco, rapado; llevaba gafas oscuras y se alcanzaba a ver una chaqueta de cuero café. En la parte de atrás iba una niña muy joven, con la mirada perdida y con un gesto desesperado por entender qué estaba haciendo en ese carro, para dónde iba y qué pasaría con su vida. Camila sintió en ese momento el impulso de ir corriendo detrás para salvar a esa nueva víctima. Se vio allí sentada. Tantas veces había sido trasladada como mercancía de un lugar para otro sin saber con lo que se iba a encontrar, a dónde iba a llegar, con quién le iba a tocar tener intimidad y todo le pareció surreal. Sintió como si todo lo que había vivido fuera una horrible pesadilla de la que apenas empezaba a despertar. El temblor que tenía se exacerbó y empezó a llorar en modo ininterrumpido. Kaia la abrazó, trató de tranquilizarla, le dijo que todo iba a estar bien, pero que debían seguir el camino. Camila la miró, se levantó de la banca y volvió a subir al carro.

Apenas se sentó se quedó dormida y cuando abrió los ojos, estaban saliendo de la autopista para parquear en una estación de servicio. Kaia se giró, le dijo a Camila que iban a hacer una pequeña parada para ir al baño y comer algo. Camila estaba un poco más tranquila después de haber dormido. Se bajaron, entraron y se sentaron en una mesa. Andrei le preguntó qué quería comer y Camila le dijo que no tenía mucho apetito, que tal vez unas galletas de soda o algo liviano estaría bien para acompañarlo con un café. Camila observaba con mucha atención las personas que estaban en cada mesa, en cada rincón, en cada baldosa de ese lugar. Estaba concentrada en las miradas, en los gestos, en la forma en la que se relacionaban los grupos. No despegaba sus ojos de cada ser que estaba en ese lugar. Kaia y Andrei regresaron, apoyaron las bandejas con algunas cosas de comer y le dieron a Camila su café, unas galletas y un rollo de canela.

‘Cuando me raptaron, también nos detuvimos en un lugar como éste. Ahora que estoy en esta posición, me siento culpable por haber estado ausente. No sé si dan cuenta de que nunca miramos a nuestro alrededor cuando estamos en lugares públicos. Es como si no tuviéramos tiempo para nada, para nadie, solamente para eso que compromete nuestros intereses. Lo importante es que me atiendan a mí, que me den lo que yo quiero, que los baños estén limpios cuando yo los vaya a usar, que haya una mesa libre para mí, que lo que yo pida cumpla con mis estándares, que yo esté cómoda, que me den lo que yo necesito en el menor tiempo posible. Y mientras estamos concentrados en eso, pasan cosas horribles que tal vez, si estuviéramos más atentos, si tuviéramos un poco de compromiso con esta sociedad, con los demás, con el otro, podríamos convertirnos en los héroes de alguien que esté en peligro. Si nos tomáramos un momento para leer algo de información acerca de este crimen, a lo mejor podríamos evitar que otra persona sea raptada. Pero no, ahora solo hay tiempo para pedir lo que queremos, para tomarle una foto y perdernos en las redes sociales como si allí se encontrara la realidad. Hoy le agradezco tanto a esa enfermera que me dio la información de contacto de la organización de Eda en el hospital; ahora estoy segura de que ella intuyó algo. Ese fue otro lugar en donde nadie, absolutamente me vio. Ni siquiera el médico que me atendió. A nadie le pareció sospechosa Irina con su apariencia exuberante y sus respuestas artificiales. Todo el mundo voltea a mirar para otro lado porque nadie quiere incomodarse, nadie quiere hacer algo para ponerle un stop a estos crímenes. ¿Y saben por qué? Porque nadie cree que alguna vez pueda llegar a su casa; solo cuando toca a algún ser querido es cuando nos movilizamos, cuando buscamos información, cuando nos documentamos, cuando investigamos. ¿Ustedes creen que mis papás alguna vez se llegaron a imaginar que se iban a enfrentar a un problema como éste? ¿Ustedes creen que ellos alguna vez hubieran podido sospechar que la mayoría de las veces es una persona cercana a las víctimas la que está involucrada en estas redes? En mi caso fue mi primo hermano. Podría jurar que todavía mi mamá no tiene idea de esto y sé cuánto le costará creer que fue así, ni hablar de mi tía, y me atrevería a decir que la familia entera. Seguramente entrarán en negación. La verdad, no sé si quiero llegar a mi país. Me duele el cuerpo entero y el alma la tengo destrozada; no sé si voy a ser capaz de enfrentarme a este demonio que me va a perseguir por el resto de mi vida’ – les dijo Camila mientras daba pequeños mordiscos al rollo de canela -.

Kaia la tomó de la mano y con un tono de voz suave y dulce le dijo: ‘Camila, entendemos perfectamente cómo te sientes. Cuando te encuentres con Eda, ella te va a despejar muchas dudas y te va a dar algunas pautas para que entiendas que has sido una víctima, que nada de esto te lo buscaste, que no es tu culpa y que estás joven y tienes una vida entera por delante. Por más difícil que parezca, te vas a recuperar. Va a ser un proceso, pero con ayuda vas a encontrar nuevos objetivos y vas a poder rehacer tu camino. Nosotros llevamos mucho tiempo dedicándonos a esto. Rescatamos víctimas y lo hacemos justamente por eso que acabas de decir. No podemos seguir delegando la responsabilidad en los gobiernos, ni en los estados, ni en los políticos. Hay que remangarse, abrir los ojos y dar una mano. Cada vez que logramos rescatar a alguien reafirmamos nuestro propósito. No nos sentimos héroes, simplemente sentimos la responsabilidad de hacer algo más que quejarnos y quedarnos con los brazos cruzados esperando a que otros resuelvan. Está bien que hables, que te desahogues, hasta ahora comienza tu fase de sanación y nosotros estamos acá para eso, para escucharte y para ayudarte. No te preocupes que todo va a salir bien’.

Camila soltó un enorme suspiro, sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo contener el deseo de abrazar a Kaia y agradecerle enormemente por todo lo que estaban haciendo por ella, aunque en el fondo no sabía si creer que todo estaba a punto de terminar.

Mientras las horas pasaban y Camila seguía viajando hacia Taliin, en Bogotá, Silvia se alistaba para ir al funeral de su sobrino. Cuando llamó a Juan Carlos se sorprendió de verlo aún en pijama. Su hijo le lanzó una mirada apesadumbrada y le dijo con un tono de voz suave: ‘Mami, perdóname, pero yo no voy a ir al funeral de Alberto. Todavía tengo en mi mente la mirada de él, el cinismo con el que me habló la noche que me lo encontré y no puedo creer que haya jugado contigo, con nosotros, de esa manera tan inhumana. No me siento bien. Estos días han sido horribles y no tengo ganas de nada, mucho menos de ir a despedir a una persona que tuvo la sangre fría de jugar con su propia familia mientras atravesamos por un momento tan difícil. No es justo, eso no se le hace a nadie y si mintió es porque algo escondía. Entiendo que tú no quieras creer, pero eso es lo que mi papá y yo presentimos. Él tampoco va a ir. Me dijo que te avisara’. Silvia se acercó, le dio un beso y le dijo con los ojos llorosos: ‘Te entiendo y no voy a pelear por eso, pero yo tengo que ir. Al fin y al cabo, es mi hermana, era su hijo y todavía no tenemos pruebas de nada. Estoy de acuerdo contigo en algo, a mí tampoco me cuadra el hecho de que me haya mentido. No termino de entender por qué, pero justamente por eso también quiero ir; de pronto me entero de algo estando allá, o al menos saben qué fue lo que pasó, o alguien me da alguna razón’. Silvia se despidió de Juan Carlos y se fue para la iglesia.

Apenas llegó toda la familia estaba desconsolada, sobre todo Amparo, su hermana. Silvia la abrazó con fuerza, las dos lloraron y Amparo le susurró: ‘Silvia, yo espero que Camilita aparezca porque este dolor no se lo deseo a nadie, mucho menos a usted’. Silvia suspiró y se dejaron ir para permitir que la ceremonia diera inicio. Silvia se sentó en una banca a escuchar las palabras del sacerdote, miraba para todos lados como buscando respuestas, explicaciones o alguien que pudiera contarle qué había pasado. De repente otro de sus sobrinos, hijo de uno de sus hermanos, se sentó a su lado y le tomó la mano. Silvia le sonrió con sutileza y cuando tuvo la oportunidad le preguntó que si se sabía algo. El sobrino le respondió: ‘Nada tía, es muy extraño todo esto. Nadie entiende quién le pudo hacer algo así a Alberto. Para mí fue alguno de esos comerciantes de San Andresito, usted sabe que esa gente tiene sus mañas’. Silvia guardó silencio y después de buscar con su cabeza insistentemente le preguntó que dónde estaba la novia de Alberto. El sobrino le dijo que estaba desaparecida. Que nadie había podido contactarla desde que se supo la noticia de Alberto. El teléfono estaba desconectado y ella no daba ninguna señal. Eso tenía muy desconcertada a toda la familia, sin embargo, no había mucha energía para pensar en lo que le había pasado a ella. Estaban esperando que las autoridades se hicieran cargo de la investigación porque hasta el momento no tenían pistas. Silvia cerró los ojos y por primera vez creyó que su hijo y Jairo tenían razón. Alberto tal vez estaba involucrado con la desaparición de Camila. La misa terminó, salieron todos de la iglesia y de un momento a otro, un hombre se le acercó por detrás y le dijo:

‘Señora Silvia’

Silvia se giró y vio un hombre de rostro inexpresivo vestido de manera informal, no estaba de luto.

‘Disculpe, yo trabajé con su sobrino’.

‘¿Ah sí? ¿Y en qué trabajó con él?’

‘En varios negocios. Quería solamente darle el pésame y decirle algo más’.

La gente empezó a pasar entre ellos porque estaban sacando el féretro y hubo algo de confusión, mucho llanto y desespero. El hombre se perdió de vista por unos segundos hasta que Silvia logró verlo de nuevo.

‘¿Decirme qué?’

‘Que hay cosas que es mejor dejarlas así’.

‘¿Cómo así? No le entiendo’.

‘Si, por el bien suyo y el de su hija’.

‘¿Mi hija? ¿Usted qué sabe de mi hija?’. Silvia muy alterada, se acercó al hombre, sin embargo, en ese momento se atravesó un grupo de personas separándola de él. Cuando terminaron de pasar, el hombre iba caminando apresuradamente, se subió a una moto y se fue. Silvia quedó desconcertada. No sentía miedo, si no mucha incertidumbre. No entendía qué estaba pasando, pero estaba presintiendo lo peor. Uno de sus sobrinos se acercó a preguntarle si iba para el cementerio y ella dijo que no. Solo quería regresar a su casa cuanto antes. Ya estaba llegando al parqueadero cuando recibió un mensaje del Consulado de Colombia en Polonia.

‘Señora Silvia, por favor comuníquese con nosotros urgentemente. Tenemos noticias lamentables’.