Al día siguiente, Eda llegó temprano a la casa de protección y encontró a Camila en la mesa del comedor desayunando con una de las niñas que también estaba alojada allí. Eda las saludó, apoyó el periódico en la mesa y se sentó con ellas. Hablaron del más y del menos. La niña se excusó para retirarse porque tenía algunas actividades por desarrollar y quedaron solas Eda y Camila.
Eda notó que Camila tenía otro semblante. La vio con un gesto más expresivo y aunque sus ojos y las sombras debajo de ellos dejaban notar el cansancio, se asomaba un brillo en sus pupilas y una leve sonrisa se dibujaba en sus labios. Mientras terminaba el café, una foto que había en la primera página del periódico llamó su atención. Lo tomó en sus manos, lo acercó y miró consternada las personas que estaban allí. Un grupo de hombres bien vestidos enmarcaban el retrato. Levantó la mirada y le dijo a Eda señalando a uno de ellos: ‘Este tipo estuvo en una de las fiestas’. Eda miró con estupor y le dijo: ‘¿Estás segura? Es un hombre muy poderoso; sobre todo en estos tiempos de guerra. Mira Camila, no te sorprendas si esto te vuelve a ocurrir. De pronto vas a encontrar a varios de esos hombres en revistas, en internet o periódicos. Es evidente que estuviste al lado de gente de mucho poder. Por ahora trata de aceptar esa realidad. La vida te abrirá el camino para combatir esos monstruos y eliminarlos de tu vida. Para serte sincera, no me sorprende. Este hombre, cada vez que puede, posa al lado de su familia y se hace ver como un hombre decente y de principios. De eso no tiene nada. Pero concentrémonos en lo importante: ¿qué quieres hacer hoy? ¿quieres dar una vuelta? ¿quedarte acá y descansar?’.
‘Anoche estuve pensando mucho. Me gustaría volver a tu oficina para que hablemos’.
‘Perfecto. Podemos ir caminando. Estamos cerca, así respiras un poco de aire, aunque esté haciendo frío, ¿qué dices?’.
Camila asintió y salieron abrigadas las dos. Mientras caminaban, Eda le contaba algo acerca de la historia de Taliin, de algunos monumentos y plazas que atravesaron mientras llegaban a su destino. Camila estaba contenta; le pareció una ciudad muy linda, parecía de mentira para ella. Todo era bastante pintoresco, ordenado, limpio. De pronto mientras doblaban una esquina, se encontraron con unos jóvenes que estaban con unos chalecos de Urgency entregando volantes con información y pidiendo datos a los peatones. Camila no pudo evitar sentir un corrientazo dentro de ella, tomó el volante y miró a los ojos al joven que se lo entregó. Por un instante penetró el brillo del azul de la mirada entusiasmada de ese voluntario. Lo que buscó por tanto tiempo estaba frente a ella, solo que no podía reflejarse allí. Se sintió ajena, sucia, distante, sin admiración y con un bagaje de perversión, vicio y mancha que la separaba de lo que alguna vez fue su sueño. Eda se dio cuenta, la tomó de la mano y le dijo: ‘Todavía puedes hacer parte de esa o de la organización que quieras. No te des por vencida. Llegará tu momento’. Camila no le dijo nada, no entendió cómo había hecho Eda para inferir lo que había pasado por su mente. Le apretó la mano y siguieron su camino.
Cuando llegaron a la oficina se sentaron, se sirvieron un té y Camila después de suspirar le dijo a Eda:
‘Estuve pensando mucho, y no sé si puedo regresar a Colombia. No me siento preparada. Eso me asusta porque tampoco tengo otro lugar a dónde ir. Es solo que regresar me produce repulsión. No soporto pensar en que fue mi primo el que me causó este dolor tan grande y no quiero saber nada de esa familia, pero es la sangre de mi mamá y yo sé que decirles a ellos va a ser difícil. Me da miedo. No quiero poner a mi familia en una situación complicada porque nosotros no tenemos los medios para irnos para otra ciudad, o para hacer cambios radicales de un momento para otro. Tengo rabia, tengo mucha rabia y no puedo evitar sentir culpa. Mi mamá me rogó, me suplicó, que no me fuera, y yo no le hice caso. Le mentí. Suspendí el semestre. Tampoco creo que pueda lidiar con la culpa de mi papá. El simplemente quiso apoyarme, pero sé que eso lo debe estar carcomiendo. No tengo fuerzas para mirar a los ojos a mi hermanito. No siento la autoridad moral para decirle nada, para aconsejarlo, para pedirle un favor. Después de todo lo que viví, me siento asquerosa. No quiero ver a nadie, no puedo lidiar con la compasión, mucho menos con palabras lastimeras o preguntas indiscretas. No sé Eda, estoy muy confundida. Quería preguntarte si tú crees que hay otra opción para mí en este momento’.
Eda la miró con perplejidad y le dijo:
‘Te entiendo Camila. Mira, yo te diría que te quedes acá el tiempo que quieras, para eso son esas casas y en este momento hay disponibilidad, sin embargo, me parece arriesgado. Tendría una opción para ti. Tenemos una casa en Londres. Podría ser una alternativa teniendo en cuenta que hablas inglés. Allí puedes hacer un proceso de reinserción y con la guía de nuestras colaboradoras, poco a poco podemos legalizar tu estadía, y quien quita, eventualmente puedes hacer una vida ahí mientras te sientes segura de regresar a tu país. Ten en cuenta que no va a ser fácil porque vas a estar sola, me refiero a familiares o amigos, pero estarías más segura que acá. Sería un pecado arriesgar lo que hemos conseguido hasta ahora’.
Hubo un silencio. Camila se llevó las manos a la cabeza. Se sentía totalmente perdida, pero regresar a Colombia le causaba un desasosiego que no lograba controlar.
Pasaron unos días. Con sus documentos al día, Camila se despidió de Eda, Kaia, Andrei en el aeropuerto. Se abrazaron y Camila les prometió que regresaría a visitarlos y que estaría en contacto. ‘No hay palabras, no hay nada que yo pueda hacer para devolverles esto que ustedes han hecho por mí. El mundo debería estar lleno de seres como ustedes. Gracias por rescatarme, por cuidarme, por tratarme con tanta dignidad. Sin su ayuda no hubiera salido jamás de ese hueco. Eda, no voy a olvidarme nunca de ti, de tu dulzura, de tu empeño, de tu gentileza, gracias por todo. Apenas llegue te aviso y estamos en contacto’.
Con lágrimas en los ojos Camila siguió su camino con un pequeño morral en donde había guardado las pocas cosas que tenía. No volteó a mirar hacia atrás porque sentía que un pedazo de vida se quedaba divido entre esas tres personas que sabía que la estaban mirando mientras se alejaba. Le temblaban las piernas porque no sabía lo que le esperaba, pero recordaba las palabras de Eda y estaba decidida a no dar marcha atrás. Se subió al avión y apenas se sentó, acomodó su cabeza y cerró sus ojos.
Camila llegó a su destino. No podía creer que cada vez estaba más lejos de la pesadilla que la acompañó por esos meses. Caminaba nerviosa, le temblaba el cuerpo entero y empezó a sentir que su corazón se agitaba, le sudaban las manos. Se fue acercando a la puerta de salida. Eda le había confirmado que la estarían esperando. Apenas cruzó la puerta sintió un grito agudo cargado de emoción: ‘¡Camila! ¡Camila!’. Se giró y allí estaban: Silvia, Jairo y Juan Carlos. Los amores de su vida y las personas que más quería encontrar. No alcanzó a divisarlos cuando emprendió el vuelo con esas piernas y corrió para abalanzarse encima de ellos. Los cuatro quedaron arrodillados en el piso en un solo llanto. Cuando Camila sintió los abrazos de sus papás y de su hermano entendió que a pesar de que muchas cosas habían cambiado, el amor estaba intacto. El mismo amor que le dio el coraje para escapar y para tomar la decisión correcta. Regresar a casa. No todo estaba en su lugar, sin duda, lo que más le impactó fue el hecho de que Jairo estuviera viviendo en otra parte, pero para ella que había pasado por las cosas más horribles que a un ser humano le pueden ocurrir, lo que más le importaba era saber que la estaban esperando y que estaban bien. Silvia no se desprendía de ella, la abrazaba, le pedía perdón, le decía que la amaba, la miraba, le limpiaba la cara, la tocaba, la besaba. Juan Carlos lloraba desconsolado, le pedía perdón a su hermana, la abrazaba como si no quisiera volver a soltarla y le decía que nunca más la iba a desamparar. Jairo, sin duda, estaba conmocionado. Sus ojos encapotados inundados de lágrimas y su mirada dulce y amable. Solo miraba hacia el cielo y daba las gracias sin parar. Por fin Camila había regresado. Fue una larga espera, pero allí estaban los cuatro como siempre caminando tomados de la mano listos para ir a casa.
