Se trataba del hombre que estaba en el avión y que la había estado vigilando todo el tiempo. Camila no entendía nada y algo en el fondo todavía le decía que todo estaba bien y que no tenía por qué preocuparse, aunque su expresión cambió y sintió un sutil temblor que le atravesaba el cuerpo. Como pudo le preguntó:

‘Usted venía en el avión conmigo desde Bogotá. ¿Quién es usted? ¿Trabaja en Urgency? ¿Qué está pasando?’.

‘Hola Camila. Si. Yo venía contigo en el avión y sí, soy de Urgency. No está pasando nada. Vamos al centro de refugiados en este momento’ – le contestó el hombre con tranquilidad -.

‘Pero ¿entonces por qué no me dijo nada durante el vuelo? ¿Por qué manejan las cosas así? Pensé que iban a tener los chalecos de la organización o algún distintivo. ¿Me puede dejar ver una identificación?’ – le preguntó Camila con insistencia -.

‘No, Camila. En este período no llevamos distintivos, ni uniformes, ni logos, no es conveniente. Tú entiendes, la situación no es la más serena, no podemos exponernos tanto, pero todo está bien’.

‘Pero, estamos yendo a Varsovia, ¿no?’.

‘Tranquila Camila. Ten paciencia’.

En ese instante Camila sintió un corrientazo que le atravesó el alma. Miraba por la ventana y solo veía una autopista con carros, luces y el resto era oscuridad. No sabía para dónde la llevaban y a ese punto, presintió que algo malo estaba sucediendo. Mientras su mente viajaba a la velocidad de la luz con ideas sin sentido, con las palabras de sus papás, con episodios de su vida entera que brotaban uno detrás de otro, los hombres, incluido el que venía en el avión, hablaban en polaco. Ella no entendía nada. Estaba sin red en su celular. En el afán de salir pronto del aeropuerto no mandó ningún mensaje ni a su familia, ni a nadie. Estaba segura de que cuando llegara al centro de acogida en Varsovia podría conectarse al wifi para avisarle a su familia que todo estaba bien. Pasaban los minutos y ella no veía que estuvieran entrando en la ciudad y por lejos que quedara el aeropuerto, no podía ser tanta la distancia. En medio de su nerviosismo le preguntó al hombre del avión que si con su celular se podría conectar al de él para avisarle a su familia que ya había llegado. El la miró, sonrió y le dijo: ‘No, Camila. Yo tampoco tengo señal. Cuando lleguemos al campamento vas a poder mandar todos los mensajes que quieras’.

La respiración de Camila empezó a ser cada vez más corta y sentía que su corazón palpitaba fuerte. Miraba por la ventana y pensaba qué pasaría si abría la puerta y se lanzaba, pero iban a mucha velocidad y sería muy peligroso. Además, era tarde, no había muchos carros y no había nada en esa autopista. No tenía otra alternativa que esperar. Ella miraba su celular con insistencia como si en cualquier momento por equivocación o milagrosamente se pudiera conectar a alguna red. Sin embargo, el hombre que iba junto a ella no le quitaba los ojos de encima. Finalmente salieron de la autopista. Se dio cuenta de que había pasado más de una hora de camino. Ahí entendió que no estaban entrando a Varsovia. Entre toda la información que buscó antes de partir de Colombia, había encontrado que del aeropuerto al centro de la capital había aproximadamente 35 minutos en carro. Camila empezó a sentir pánico. A ese punto no entendía por qué no le había hecho más preguntas a ese hombre. No entendía si era porque se habían puesto a hablar y ella mientras tanto trataba de hallar en su cabeza algo que la ayudara a asimilar lo que estaba viviendo. Cuando salieron de la autopista, continuaron por una carretera estatal; era estrecha, no había carros y no había una sola luz.

‘Pero ¿a dónde estamos yendo? La verdad, no me siento segura, no me imaginaba que esto fuera así. ¿Por qué no fuimos a Varsovia? Era lo que me habían dicho’ – preguntó Camila con la voz temblorosa y muy agitada.

‘¡Bueno, ya! Calladita que ya vamos a llegar’. -le respondió el hombre del avión -.

El hombre que iba al lado de ella de un momento a otro le rapó el celular. Camila quedó petrificada. Trató de inclinarse hacia adelante para preguntar por qué le había quitado el celular y el hombre la empujó con el brazo fuertemente y pegándola hacia el espaldar de la silla. La miró y le dijo: ‘Silencio’.

Camila estalló en llanto. Ya no había ninguna duda de que había sido engañada, y no la estaban llevando para ningún centro de refugiados; mucho menos esa gente trabajaba en Urgency. Tuvo una sensación muy extraña; como si en un segundo se hubiera separado de la realidad. Casi que alcanzaba a mirarse desde arriba como alguien que ve una película o un video de YouTube en donde recrean un secuestro a una persona. No terminaba de entender que le estaba pasando a ella. Creía en el fondo, que todo acabaría pronto. Que a donde quiera que la estuvieran llevando, todo se iba a resolver en pocos minutos y que iba a regresar a su casa, a su país. Ahí vio el rostro de su mamá, escuchó sus palabras. Todas las veces que le dijo que no estaba de acuerdo con ese viaje, que por qué no esperaba. Saltó de allí a la llamada de Felipe avisándole lo que la profesora había dicho durante el seminario con respecto a los voluntariados de la organización. Pensó que en Paris hubiera podido escaparse. Su papá, su hermano, los almuerzos donde la abuela, su primo que la apoyó para que se fuera, la deuda, Andrés que también le insinuó que se quedara. Todas esas imágenes aparecían en su mente como diapositivas proyectadas en un telón que corrían en cámara rápida. No paraba de llorar.

Finalmente llegaron a una casa que estaba en medio de la desolación. Ella miraba alrededor y no había absolutamente nada. Oscuridad. Era lo único que sus ojos alcanzaban a enfocar. Apenas parquearon, todos se bajaron de la camioneta. Ella intentó abrir la puerta y no pudo. La situación cada vez era más tenebrosa. El hombre que venía con ella en el avión se paró al lado de la camioneta; el que venía a su lado sacó la maleta y cuando abrió la puerta para que se bajara, tomó el morral que Camila traía en su mano. Allí tenía el dinero, sus documentos, su agenda, el computador, todos los elementos de valor que se suelen tener a disposición. El hombre abrió el morral, sacó el sobre con los documentos, tomó el pasaporte y lo guardó en uno de sus bolsillos. Le indicaron que caminara para que entrara a la casa. Abrieron la puerta. El panorama era tremendo. Una sala con muebles rasgados y sucios, una mesa de un comedor pelado con algunas sillas rayadas, algunas sin cojines y en el fondo se veía una cocina en donde la mugre escondía el color del material del que estaba hecha. Alcanzó a ver algunos trastes sucios en el lavaplatos y el mesón chorreado con algunos vasos encima. Después de respirar profundo y entender que nada estaba bien, miró fijamente al hombre que venía con ella desde Colombia y le imploró que le dijera por qué le estaban haciendo eso. Por qué le habían quitado sus cosas, qué iban a hacer con ella. Hasta alcanzó a decirle que si lo que querían era dinero, la dejaran contactar a su familia y que ellos conseguirían lo que pidieran. El tipo solo la miró y le dijo que lo siguiera.

Se fueron caminando por un corredor en donde había varias puertas. Cuando llegaron a la mitad, abrió una y con voz determinada le dijo: ‘Hoy va a dormir ahí’. Camila se asomó y no podía creer. De nuevo la sacudió la misma sensación; una impresión inexplicable de que eso no le estaba pasando. Trababa de tocar su cara, de apretar sus manos para ver si efectivamente se trataba de ella, pero no terminaba de aceptarlo. Cuando se viven experiencias tan difíciles, tal vez por miedo o por mecanismo de defensa, se activa un sentimiento desconocido de desprendimiento. Todo parece tan surreal, es algo que es tan lejano del microcosmos habitual, que no hay cómo acoger, mucho menos consentir eso que en el momento es extravagante y en este caso, peligroso.

Era un cuarto muy pequeño. Las paredes estaban sucias, el piso pegachento, había un olor envejecido que no se entendía muy bien de dónde o de quién provenía. Un colchón manchado en el piso y una manta encima sobresalían en el espacio; una almohada con una funda amarillenta, una mesa diminuta desvencijada y un vaso de vidrio que parecía que llevaba ahí varias guerras. Camila no entendía cómo ni por qué había terminado en esa situación y lo peor: no sabía lo que le esperaba. El hombre la miró y le dijo: ‘Deje de chillar y si tiene que ir al baño, tiene que ir ya porque durante la noche no puede ir’. Ella lo miró temblorosa y le dijo que si tenía que ir. La acompañó y apenas entró se le revolvió el estómago y sintió nauseas. Cerró la puerta. Se dio cuenta de que no tenía seguro y la puerta no ajustaba del todo. Tuvo que concentrarse porque parecía que lo único que podía salir de su organismo eran las lágrimas. De un momento a otro, parecía que su cuerpo estaba en pausa. Del corazón hacia abajo la sostenía la inercia, pero no advertía ninguna clase de estímulo. Tuvo que concentrarse hasta que pudo orinar en esa taza cubierta de hediondez por donde se le mirara. Se subió sus pantalones, se abotonó, abrió la llave del lavamanos. Salió un hilo de agua helada y apenas pudo advertir su rostro en un espejo diminuto que estaba pegado a la pared, que, además, estaba medio roto y ennegrecido a causa de quién sabe cuantas pieles enmohecidas por la amargura y la soledad que habían tratado de reflejarse allí.

Por fin salió y el hombre la esperaba. La acompañó de nuevo a la habitación, le pegó un empujón y le dijo: ‘Mañana le explico todo. Duerma’. Camila se dejó caer en ese colchón maloliente y no pudo hacer otra cosa que explotar en llanto. No le dejaron nada. Ni sus maletas, ni el celular, ni su morral, absolutamente nada. Estaba solo con la ropa que traía puesta. No podía dejar de sollozar, pensaba en su familia. Debían estar preocupados sin tener noticias. Pasó lo que para ella fue una eternidad cuando se abrió la puerta. Se giró asustada. El hombre que estaba al lado de ella al lado de la camioneta estaba parado al frente de ella mirándola fijamente.