Camila trató de incorporarse rápidamente y quedó encogida pegada a la pared sucia en donde terminaba de apoyarse el colchón. El hombre la miró con una sonrisa, pero no pronunció una palabra. Unos segundos después entró el colombiano con algo que parecía un sanduche y una botella de agua. Se quedó mirándola y le dijo: ‘Le traje esto por si tiene hambre. Duerma y nos vemos mañana por la mañana’. Camila con sus ojos encharcados y con la voz entrecortada volvió a preguntarle por qué estaba ahí, qué iban a hacer con ella. El hombre se quedó mirándola y no decía nada. Camila se arrodilló y lo haló de la bota del pantalón y entre gritos y sollozos le dijo: ‘Por favor, se lo ruego, no me hagan daño, yo creo que ustedes se equivocaron. Yo no tengo por qué estar acá. Se lo suplico, déjeme ir, yo no digo nada, no hablo de lo que pasó acá. ¡Por favor! ¡No me hagan esto! ¡Por favor!’. Los gritos de Camila se fundían en un ahogo que provenía de sus entrañas. El desespero, la incertidumbre y el miedo la tenían invadida. No entendía lo que estaba pasando, pero estaba segura de que ella no pertenecía a ese lugar. De eso tenía plena conciencia.

El hombre le quitó la mano con fuerza y la empujó de forma que ella quedó acostada de nuevo y con una voz firme y determinada le dijo: ‘Hágase un favor y trate de calmarse. Entre más grite, más escándalo, es peor para usted. Acá nadie la va a escuchar y mucho menos la van a encontrar, así que cálmese. Mañana le voy a explicar todo, pero no chille ni haga berrinche si no quiere que la amarre y le tape esa jeta. Mi paciencia tiene un límite y agradezca que yo estoy acá, porque a estos manes les importa un culo todo y si quieren la tratan como una rata, así que por su bien quédese callada y no joda más. Duérmase. Esta puerta va a quedar cerrada con seguro. No trate de hacer locuras porque le va mal, mija. De una vez le digo que acá usted vino a trabajar. Estas no son unas vacaciones, ni estamos para atenderla. Aproveche las cosas que le damos porque todo siempre puede empeorar. Depende de cómo se porte, ¿oyó?’.

El hombre salió del cuarto, cerró la puerta y Camila sintió que efectivamente le puso un seguro. ‘¿A trabajar?’ Se preguntaba en su cabeza mientras trataba de dejar de llorar. ¿a trabajar en qué, Dios mío?’. Por un momento se acordó que una vez había visto un documental de unas personas que llegaban a Polonia engañadas. Les ofrecían documentos, vivienda y trabajo, y al final resultaba ser una estafa. Básicamente era trata de personas. Pensó que tal vez la estaban llevando para trabajar en alguna fábrica, sin embargo, cuando devolvía la película, no entendía cómo pudieron saber que ella estaba buscando una opción para hacer un voluntariado. Evidentemente esas comunicaciones con la organización Urgency eran falsas. Sin celular, y sin tener la opción de volver a revisar los documentos o los mails era más difícil, pero todo parecía en orden cuando recibió la oferta y el resto de los correos. El logo, la información, el inglés, en fin, para ella ese proceso había sido transparente. Le llegaban algunas alarmas como flashes. Por ejemplo, nunca hizo una videollamada con nadie, todo fue por escrito. No podía escapar a la información que había recibido Felipe en ese seminario. Hubiera podido huir, pero no lo hizo. Se culpaba, lloraba, se calmaba, pensaba en sus papás, en el infierno por el que iban a atravesar cuando se dieran cuenta de que ella no aparecía. Destapó la botella de agua y bebió un sorbo. Miró de reojo ese sanduche y sintió nauseas. Después de dar vueltas y vueltas en ese colchón roído y sucio se quedó dormida.

La despertó el colombiano cuando abrió la puerta del cuartico donde había pasado la noche más miserable de su vida. El hombre le dijo que se levantara y que fuera al baño. Se dio cuenta de que no se había comido el sanduche y le dijo: ‘¡Ah! ¿No comió nada? Bueno, de pronto ahora se antoja de algo en el buffet de desayuno’ y soltó una carcajada. Camila lo miró asustada y con cuidado empezó a salir de la habitación hasta el baño. Otra vez a tratar de humedecer su cara con la poca agua que caía de esa llave y acomodándose para orinar de nuevo. Salió y el hombre la llevó a ‘la sala’. Le dijo que se sentara en el sofá; ella obedeció y se sentó. El se fue para la cocina y regresó con un paquete de crackers y un pocillo con un café. Camila temblando recibió lo que le trajo el hombre y con la respiración agitada estaba esperando a que le explicaran por fin por qué estaba ahí. El hombre empezó a hablar:

‘Mire, Camila, le voy a contar cómo es la movida para que entienda cómo es que se tiene que portar de ahora en adelante y nos llevemos por las buenas. Usted no vino a hacer acá ningún voluntariado, ni ninguna maricada de esas. Vamos es a ganar billete. Entonces le voy a explicar qué es lo que va a hacer. Usted habla inglés, ¿cierto?’. Camila asintió con la cabeza.

‘Muy bien, empezamos muy bien. Usted acá viene a entretener a los hombres. A putiar, mija! Al final, pa’ eso es pa’ lo que sirven las hembras, para que nosotros estemos contentos. Para eso, la vamos a llevar a otra parte. Mientras me alistan su cupo en el sitio donde la vamos a llevar, va a estar en esta casa, y como se pudo dar cuenta, esto queda en la mierda. Acá nadie la va a encontrar, así que no trate de escaparse, ni haga locuras porque le va mal, pero mal. Le voy a explicar bien – el hombre sacó un papel de su bolsillo y empezó a leer -.

Le dio los nombres completos de la mamá, del papá, del hermano, la dirección de la casa, las empresas donde trabajaban los papás y hasta la dirección de la abuela.

‘Entonces, vea, se lo digo clarito pa’ que me entienda. Si usted se llega a portar mal, si trata de escaparse, si trata de llamar la atención, fácil: le matamos a un miembro de su familia, y así. ¿Si le quedó claro? Y si no me cree, mire’.

El hombre le mostró el celular con una foto del papá saliendo de la casa. A Camila se le escurrieron las lágrimas y el temblor de su cuerpo se agudizó. Parecía que un velo blanco se atravesara al frente de sus ojos y todo lo que ocupaba esa casa se revelaba como una película en la que ella no estaba. Por un momento se había ausentado de allí. Solo advertía los labios del hombre que se movían y las palabras se escuchaban distorsionadas. De repente, todo en esa atmósfera ocurría en cámara lenta. En medio de ese filtro empezó a detallar al hombre. Después supo que se llamaba Víctor, o al menos así le dijo que era su nombre. Era de mediana estatura, con un peso normal, pelo castaño oscuro, unas cejas muy grandes y pobladas le enmarcaban los ojos color verde; tenía unos labios gruesos y unos dientes en orden. Camila lo detalló con atención, como si no quisiera perder un solo gesto cuando tuviera que describirlo. Quería guardar ese rostro en su memoria. Ella trató de preguntarle una vez más por qué ella, pero las palabras no salían de su boca. El nudo que tenía en la garganta era tan grande que era como si las cuerdas vocales se hubieran desprendido. No alcanzaba a emitir ningún sonido. Bajó la mirada, recordó que tenía ese pocillo de café en su mano y pensó que si se tomaba un sorbo el nudo se iba a deshacer. Bebió un poco y cayeron en la misma taza dos lágrimas del tamaño y fuerza de una cascada. Apenas percibió ese sabor amargo, desagradable y desabrido, se le vino a la mente el café que le preparaba su mamá en las mañanas para que desayunara antes de salir para la universidad. Ese café fresco, recién hecho, humeante, servido en su mug preferido. Ni ella misma podía explicar el dolor tan profundo que estaba sintiendo. ‘¿En qué momento pasó todo esto?’ – se preguntaba una y otra vez -. ¿Por qué existen estas personas que hacen tanto daño? ¿Qué le está pasando a este mundo?

El nudo no solo no se deshizo, se convirtió en una bola de baseball. No podía ni siquiera pasar saliva. Estaba petrificada. Víctor se quedó mirándola y le dijo: ‘Vea, yo sé que todo esto le está cayendo como un tote en la cara, pero va a ver que después se va a acostumbrar. A todas les pasa lo mismo’. Se levantó del sofá y se fue para la cocina de nuevo, abrió uno de los gabinetes, sacó algo, regresó y le dijo a Camila mirándola a los ojos: ‘Le traje una cosa que la va a ayudar a sentirse mejor’.