Una luz blanca iluminaba una de las salas de conferencia de las Naciones Unidas. En las mesas, se veían los auriculares, computadores y asientos ocupados por delegaciones de distintos países que en voz baja susurraban en distintos idiomas en lo que parecía una pausa de una asamblea, reunión o ponencia de algunos participantes.
En el centro se alcanzaba a ver un atril de madera con un micrófono con un conjunto de banderas como backing del escenario principal. Todo en orden, medido y de acuerdo con la agenda. Parecía que de lo que se iba a hablar allí no perteneciera a alguien en particular, mucho menos a un país, sino al mundo entero.
Cuando anunciaron su nombre, algunas personas levantaron la mirada para entender si se trataba de alguna ministra, diplomática, o una jefa de Estado. Era una mujer joven. Camila caminó hacia el atril con paso firme. Vestida con un suit azul oscuro y una blusa blanca que iluminaba su rostro. Su pelo recogido en una mona elegante y sencilla. Su gesto sereno y sus ojos expresivos. Con una sonrisa sutil en sus labios, se detuvo frente al micrófono, apoyó sus manos y levantó su mirada hacia la sala. Nadie podía imaginar que, años atrás, ese cuerpo delgado y femenino había sido tratado como mercancía. Que esa voz había sido silenciada. Que esa misma mujer que estaba allí de frente a representantes de tantos países había aprendido primero a sobrevivir.
Respiró hondo e hizo un paneo a toda la sala para invitar a que escucharan sus palabras.
‘Buenos días, mi nombre es Camila.
Me atrevo a decir que ninguno de los que están acá el día de hoy podrían decir que una mujer como yo, que hoy está de pie detrás de este atril, lleva años tratando de recomponerse y encontrando de nuevo la forma de girarse con dignidad cuando alguien la llama por su nombre. Me ha costado demasiado convencerme de que fui una víctima y que no busqué estar en el lugar donde una red criminal internacional me tuvo como esclava sexual. Soy una sobreviviente del tráfico de personas.
Fui captada en un contexto de guerra, creí que vendría a Europa a unirme a una organización internacional como voluntaria en un campo de refugiados para los exiliados del conflicto de Ucrania, y en cambio fui engañada y terminé en manos de quienes se aprovechan de las consecuencias que traen las bombas y los misiles: destrucción, desolación, desplazamiento, pobreza, vulnerabilidad, desesperación, trauma, dolor profundo y más violencia. Es en esos contextos donde la trata encuentra su terreno más fértil. Este tendría que ser otro motivo por el cual las guerras deberían cesar para siempre, pero tristemente la arrogancia de algunos poderosos hace que insistan y crean que las balas son una solución.
Estoy acá para contarles que estuve en manos de una red de hombres de alto perfil. Millonarios, políticos, gobernantes, empresarios, hombres de ‘familia’ que son los que mueven los hilos de este mundo eran los que pedían los servicios de mujeres como yo y de niñas menores de edad para satisfacer sus más bajos deseos. Esto puede incomodar, pero a eso vine porque entendí – me costó horas de terapia para hacerlo – que es imperativo hablar de este tema; porque no solo son culpables quienes participan activamente de estos encuentros, paseos y fiestas, sino también quienes lo saben y callan. Esos son tan culpables como los perpetradores.
Tuve mucho miedo de hablar porque normalmente venimos revictimizadas. ¿Por qué creyó? ¿Por qué no escuchó a sus papás? ¿Por qué no verificó? Eso le pasa por impulsiva, en fin, son infinitos los señalamientos y juicios que caen sobre una víctima y quiero que quede muy claro que acá los únicos culpables son los criminales que esclavizan y que captan a mujeres, niños y hombres alrededor del mundo. La tecnología y el desarrollo han contribuido al avance en la creación de mecanismos, comunicaciones y herramientas que hacen cada vez más difícil hacer rastreos y facilitan el engaño y la trampa para las víctimas.
También quisiera subrayar que el tráfico de personas no comprende solamente explotación sexual, sino laboral, servicios domésticos forzados, adopción ilegal, matrimonio forzado, venta ilegal de órganos. Según organismos internacionales, más de 50 millones de personas viven hoy en condiciones de esclavitud moderna. No es una tragedia aislada. Es un sistema global que se sostiene porque genera utilidades casi iguales o superiores al narcotráfico y al tráfico de armas y porque normalmente miramos hacia otro lado. Necesitaría una jornada entera para narrarles las veces que estuve en medio de la gente y nadie ni me miró.
La trata de personas no destruye solo a quien la sufre. Daña a familias enteras. Rompe comunidades. Corrompe instituciones. Nos empobrece como sociedad. Cada víctima es una herida colectiva. Cada guerra no atendida desde lo humano es una fábrica silenciosa de explotación.
Me encantaría decir que salí ilesa, pero no fue así. Nadie sale ileso de una experiencia semejante. Pero salí viva. Una de mis compañeras de cautiverio fue asesinada y murió entre mis brazos. Con el tiempo entendí que mi historia no terminaba con lo que me hicieron, sino con lo que yo decidiera que iba a hacer con eso.
Así encontré mi propósito y hoy hago parte de una organización internacional que acompaña víctimas de trata de personas. Asesoro, escucho y oriento a quienes llegan rotos, aterrados, desconfiados, como yo llegué un día. No les digo que todo va a estar bien. Les digo lo que la persona que me salvó me dijo: va a doler, va a ser lento, pero es posible. Y, sobre todo, les recuerdo que no tienen el alma sucia, que no están solos y que no son culpables.
Con dificultad me reconstruí. No para olvidar, sino para transformar. En ese proceso encontré un camino que no conocía. Hoy soy esposa, soy madre. Y cada día le enseño a mi hijo que la dignidad humana no se negocia, que el silencio también es una forma de violencia y que mirar de frente a la injusticia es una responsabilidad, no es una opción. Pero, sobre todo, y lo más importante: que el poder y el dinero no están hechos para pasar por encima de lo que sea, sino para ayudar a salvar este mundo de una manera honesta.
Estoy aquí no como símbolo de resiliencia, sino como prueba de que la justicia empieza cuando dejamos de culpar a las víctimas y empezamos a incomodarnos como sociedad. Mientras exista una sola persona explotada, ninguno de nosotros puede decir que vive en un mundo libre.
Toda mi vida soñé con estar en este edificio y lo cumplí. No estoy acá como diplomática o como miembro de este organismo, pero estoy acá como una mujer que combatió, que lleva una cicatriz tejida con hilos de dolor y amargura, pero que decidió levantarse y estirar su mano para sostener a quienes como yo han sido víctimas del peor de los crímenes.
Las guerras, señores, terminan en los titulares. Sus consecuencias en la sociedad no. Actuar contra la trata de personas es también una forma de responder a la guerra. Y hacerlo juntos es la única manera de no dejar impunes a quienes se lucran con la vida de otros.
Muchas gracias’.
El aplauso estalló en la sala y muchos de los asistentes se pusieron de pie reconociendo no solo a Camila sino a todas las voces que aún no habían podido hablar. Camila bajó la mirada un segundo, sonrió y supo que su voz ya no estaba sola.
FIN
