‘Ojalá que llegue’. Eso fue lo que dijo Irina. Camila quedó muy preocupada, pero no tenía otra alternativa que esperar, y era mejor que no hiciera muchas preguntas si no quería alterar a Irina y empeorar la situación. Se sentó a comer algo en silencio. La rusa la fijaba como si quisiera decirle algo más, sin embargo, Camila bajó la mirada para impedir que saliera alguna palabra de su boca. No confiaba en ella, no le gustaba su forma de ser, y aunque reconocía que se encontraban todas en la misma situación, no había sentido buena energía desde que había cruzado las primeras palabras con ella. Destapó el paquete que tenía una magdalena, se sirvió un café y en un respiro terminó su desayuno. Irina interrumpió el silencio de las chicas y les dijo que les tenía una sorpresa para el almuerzo. Les había mandado a preparar algo típico y estaba segura de que les iba a gustar. Estaría todo listo a las 4 p.m. Camila sonrió tímidamente y se paró para devolverse a su habitación.
Apenas pudo sentarse en ese colchón tieso al que poco a poco se había acostumbrado y no podía dejar de pensar en Vira. No entendía qué pasaba, dónde estaría, lo único que esperaba era que regresara lo más pronto posible. Para distraerse un poco, empezó a fantasear un poco con la comida de la que les había hablado Irina. Ella tenía ese tipo de gestos de vez en cuando. Algunas veces les daba dulces, o postres, pero hasta el momento no les había hecho una comida especial. Ella solo pensaba en los platos que le preparaba su mamá, o en los tamales que preparaba la abuela, las empanadas, el chocolate. Se le hacía agua la boca pensando en los sabores que la acompañaron desde su infancia y que de repente resultaban tan ajenos. Recordaba con algo de vergüenza las veces que le dijo a su mamá que no le diera papa si en el plato ya había arroz, o patacón, o cuando se quejaba porque era demasiado tomarse una sopa y después comerse algo más, o los días en los que se lamentó por el bistec a caballo cuando lo que quería era sushi. ‘Lo que daría por devorarme todo lo que me pusieran al frente, lo que daría por estar sentada en el comedor de mi casa rodeada de mi familia, lo que daría por estar libre y no estar en esta pocilga con esta gente tan horrible’, pensaba mientras se le escurrían las lágrimas.
No supo en qué momento, pero el tiempo pasó y se vio sentada en la mesa del comedor. Esta vez estaba todo el grupo de niñas que se alojaban en la casa. Alcanzó a darse cuenta de que había un par de integrantes nuevas, no se animó a preguntar nada. Les llevaron unas cervezas y después llegó la comida. Camila notó lo que parecían unos ñoquis. Se trataba de los Pierogi, unas empanadillas saladas rellenas de papas, queso, carne, champiñones o chucrut. Estos estaban hervidos y en un plato aparte había cebollas fritas o trocitos de tocino. Además, les sirvieron el Bigos, que es un estofado; es un plato rico y sustancioso que contiene una combinación de carnes como cerdo y ternera. También lleva chucrut, champiñones y ciruelas pasas. La carne se corta en trozos y se dora, luego se cubre con chucrut y se combina con el resto de los ingredientes. Esta mezcla se condimenta con especias como hojas de laurel y pimienta negra.
Para las rusas era algo que se parecía a lo que probablemente conocían, para Camila todo era nuevo, sobre todo la mezcla de gustos. Cuando se llevó a la boca la primera empanadilla, todos los sabores se distribuyeron por su paladar y mientras masticaba no lograba identificar bien los ingredientes. El amargo del vinagre fue lo primero que bajó por su garganta y no pudo evitar un golpe de tos; nada que no pudiera resolver con un sorbo de cerveza. El estofado lo encontró pesado, pero hizo un esfuerzo para degustar con un placer falaz la sorpresa culinaria de Irina, que se sentó con ellas y devoraba sin parar las delicias polacas, se chupaba los dedos y lanzaba risotadas y elogios a la comida que había encargado para sus chicas. Camila no se sentía muy bien; estaba desanimada, en el fondo seguía angustiada por la ausencia de Vira. Finalmente, la comida terminó. Irina les dijo que fueran a prepararse porque les esperaba una noche de ‘fiesta’.
Pasaron tres días y Vira no regresaba aún. Camila había empezado a abusar un poco más de las pastillas. Cada vez le pedía más a Irina, y teniendo en cuenta que, según su patrona, era su ‘favorita’, le daba lo que pedía. Había decidido no preguntarle más por su amiga, pero no podía dejar de pensar en ella. Mientras tanto, era la misma rutina de siempre. Fiesta, clientes para satisfacer todos sus requerimientos y después volver a su minúsculo cuarto a esperar a que la puerta se abriera y apareciera Vira. Una madrugada Camila llegó sintiéndose mal. Desde hacia unos días tenía una especie de ardor cuando iba al baño. Irina le había dado unos medicamentos que por un par de días la mejoraron, pero esa noche le había regresado el malestar. Se acostó en su colchón y cerró los ojos. No supo cuánto tiempo había pasado. La puerta se abrió. Era Vira. Camila se paró inmediatamente y tratando de abrir los ojos del todo le dijo: ‘¡Por fin! ¡Dios mío! ¿Dónde te tuvieron?’.
Cuando Camila se sentó en su colchón y en medio de la oscuridad, se alcanzó a dar cuenta que Vira venía caminando con el cuerpo inclinado hacia adelante y apenas podía dar los pasos arrastrando los pies; por la posición de cuerpo el pelo le cubría la cara. Camila se paró como un resorte, la cogió de los brazos y la ayudó a llegar hasta el colchón de ella. Le descubrió la cara y no pudo creer lo que vio. Traía el rostro prácticamente desfigurado. La nariz hinchada y sangrante, un ojo cerrado y absolutamente morado y tenía una especie de cortada en la parte superior de la frente. Los labios reventados e inflamados. Camila empezó a temblar.
‘Vira! ¡Dios Santo! ¿Qué te hicieron? ¿Estás bien? ¿Quién te hizo esto? Ven acuéstate acá. ¿Te traigo algo?’.
Como pudo, Vira alcanzó a sacar del fondo de sus entrañas: ‘Agua’. Camila se paró y cogió una botella de agua que tenía en la cabecera de su colchón. Normalmente las dejaban tener una o dos botellas en el cuarto. La destapó con las manos trepidantes y se la puso en los labios. Vira apenas alcanzó a tomar un pequeño sorbo y se fue acostando poco a poco en el colchón sin desdoblar su cuerpo. Camila le levantó un poco el saco y la blusa que tenía y quedó en shock cuando vio los moretones que tenía en su abdomen. Cuando trato de rozarle la piel Vira soltó un grito. Le pidió que no la tocara.
‘Vira, yo voy a llamar a Irina, te tienen que llevar a un hospital. Estás muy mal’. Camila se paró, fue a abrir la puerta y estaba con llave. Empezó a golpear, y a gritar a todo pulmón: ‘¡Irina! ¡Ayuda! ¡Irina por favor! ¡Vira está muy mal! ¡Alguien! ¡Llévenla a un hospital! ¡Por favor! ¡Se los ruego! Irina!’.
Así duro varios minutos gritando y pegándole puños a la puerta, pero nunca recibió ni una respuesta, mucho menos nadie vino a abrir la puerta. Vira como pudo le dijo a Camila que se calmara, que dejara de gritar porque iba a ser peor para ella. Respiraba con mucha dificultad, pero aún así, le contó con pocas palabras lo que le había sucedido. ‘Me llevaron para una casa muy grande. Tuve que acostarme con muchos hombres en fila. Me metieron a un salón, me amarraron encima de una mesa, y no se cuántos hombres pasaron y me violaron. Eran muchos, muchos. Todos se quedaban allí mirando cómo me violaban una y otra vez. Creo que ni llevaban condón. Eso fue el primer día. Al día siguiente me tuvieron encerrada en un cuarto oscuro, me dieron agua y algo de comer y me dejaron ahí. Después me sacaron a un campo; me llevaron en medio de un bosque o algo así. Hacía mucho frío y me dejaron ahí en medio de la nada. Después empecé a escuchar disparos y prácticamente saltaba de árbol en árbol tratando de protegerme. Alcancé a ver muchos hombres que tenían rifles; se reían. Escuchaba cuando decían: ¡Fallaste! ¡No le diste! ¡Tú tampoco! ¡Perdiste! Me pude escapar de esas balas, pero obviamente me estaban esperando en el lugar al que llegué después de correr por no se cuánto tiempo. Lo peor pasó ayer. Me llevaron amarrada y con los ojos vendados a un sitio. No puedo saber qué era, pero me pusieron en una superficie dura. Y ahí fue horrible. Cuando menos pensé, me empezaron a violar varios hombres al mismo tiempo; de las sacudidas tan espantosas que me dieron, se me resbaló un poco la venda de los ojos, y alcancé a ver las caras de esos tipos. Camila, se veía que eran hombres adinerados. Sus gestos eran despiadados y sus expresiones eran pérfidas. Algunos llevaban pinzas con los que me apretaron los pezones y entre más lloraba y gritaba, más daño me hacían y más se excitaban. No sé con qué me pegaron, pero cada golpe que me dieron en las costillas y en mi abdomen fue como morir un poco, creo que alguien me cortó la frente con un cuchillo, me pegaron en la cara y me reventaron la boca…’
Camila vio a su amiga con tanta dificultad para hablar, que la interrumpió, le acarició la cabeza, y le dijo que se iba a quedar junto a ella. ‘Estoy cansada, me siento muy cansada. Creo que, si duermo un poco, me voy a sentir mejor. Camila, prométeme que no vas a hacer una locura. Esta gente no está jugando. Son muy peligrosos. Gracias por ser tan buena conmigo, eres lo único bonito me pasó acá’.
‘No hables más. Vas a ver que mañana vas a amanecer mejor, y tendrán que abrir la puerta. Voy a hacer lo imposible para que te lleven al hospital, o al menos que llamen un médico. Todo va a estar bien y vamos a salir de acá. Te lo aseguro. – le dijo Camila a su amiga mientras se le escurrían las lágrimas. Vira cerró los ojos. Camila se quedó junto a ella cuidándole el sueño.
Al día siguiente Camila se despertó. Vira estaba junto a ella en la misma posición. Camila se incorporó, la miró y botó un grito desde el fondo de sus vísceras: ¡¡¡VIRAAAAAAAAAAA!!!
