A los pocos segundos se abrió la puerta. Era Irina y uno de los hombres que trabajaba con ella. Camila estaba temblando y mientras trataba de reanimar a Vira le gritaba a Irina que llamaran a una ambulancia o que la llevaran a un hospital. Irina se acercó, la tocó y con frialdad dijo: ‘Ya no hay nada qué hacer’. Camila no se resignaba y seguía intentando con los masajes, el hombre la tomó de los brazos, la alzó y la aisló. Se dejó caer en el piso en un llanto profundo y desgarrador. No hacía otra cosa que repetir: ‘No, no, no, no. Por favor llamen un médico. ¡Vira no se puede morir! ¡Por favor, no! ¡La mataron! ¡La mataron!’. El hombre se giró, la miró con los ojos encolerizados y le pegó una cachetada que la dejó tirada en el piso y sin aire. Ese instante quedaría grabado en la memoria de Camila por siempre. Jamás iba a poder arrancar de su alma el momento en el que se dio cuenta de que su amiga había fallecido. Haber visto el cuerpo maltratado de Vira, la hizo pensar en el dolor que tuvo que haber padecido mientras la crueldad de unos hombres sobrepasaba cualquier límite de la dignidad humana. En ese momento Camila se espantó más de lo que ya estaba. No sabía qué la aterrorizaba más, si la gente que la había convertido en una esclava sexual o la gente que pagaba para abusar de ellas. El relato de Vira le abrió una mirada hacia una brutalidad que ella en circunstancias normales, nunca hubiera conocido.

¿Cómo era posible que unos hombres pagaran para dispararle a una mujer indefensa como un juego de diversión? ¿Quiénes eran esos individuos que disfrutaban torturar una mujer que no les ha hecho nada, que no los ha agredido, que está ahí puesta como un objeto para que la maltraten, la violen, le peguen y la martiricen? Pero ¿quiénes son esos personajes que aparentemente encuentran en el sadismo un modo para salir de sus rutinas con el fin de no tener que mostrar sus almas negras mientras se sientan en salas de reuniones o en restaurantes de categoría como si fueran ciudadanos modelos? ¿En qué momento se abrió el espacio para que algunos poderosos gracias a su dinero paguen para satisfacer sus malsanas perversiones sin un asomo de vergüenza, de arrepentimiento o de consideración? Todas estas preguntas atravesaban la mente de Camila mientras veían cómo sacaban de la habitación el cuerpo sin vida de la que era su única amiga en ese infierno. Pensó que se iba a morir ella también. Por la primera vez, pensó que era mejor provocar su muerte antes que seguir viendo tanta podredumbre. Le dolía cada parte de su cuerpo. No podía dejar de llorar a gritos.

Irina se acercó, le dio unas pastillas y le dijo: ‘Eso pasa cuando tratan de hacer huevonadas. Acá nadie está jugando, y la que crea que es más astuta que yo, se muere. Para ser sincera, pensé que se iba a salvar, pero resultó muy debilucha y no aguantó. Te aconsejo que te sigas portando bien, Camila. Ya te dije: tienes potencial; te conviene estar de mi lado porque te puedo ayudar a escalar en este negocio. Es mejor eso que tratar de escapar. Mira cómo terminó esta pobre estúpida, y no llores más que no vale la pena. Acá nadie viene a hacer amigas’. Irina salió del cuarto y Camila se quedó en el piso tumbada en el pavimento tratando de rasguñarlo como si eso le ayudara a quitarse de encima el dolor que sentía en su alma. Ver el colchón de Vira la hizo recordar todas las cosas que vivieron juntas; pensó en su hijo, ¿Qué iba a pasar con ese niño? ¿Qué sería de su esposo? ¿Será que la estaban buscando?

Ese fue el instante en el que Camila pensó que el crimen no cae solamente en la víctima. Desafortunadamente el desenlace de Vira fue horrible, pero ella tenía una familia. La atormentaba pensar en el destino de ese niño. ¿En qué manos caería? ¿Cómo iba a crecer? ¿Alguna vez sabría la verdad o cuando creciera iba a pensar que su mamá lo abandonó? Camila miró hacia arriba como buscando un cielo en ese techo con rastros de humedad de su pequeña habitación y ahogada en llanto lanzó unas palabras para desahogarse: ‘¡Qué injusticia, Dios mío! ¡Qué maldita injusticia! Esto es una cadena que no se rompe jamás. El daño que se hace crea unas raíces de odio, de resentimiento, de rabia que puede que no se corten jamás. ¡Yo no busqué esto, yo no pedí encontrarme en estas circunstancias tan espantosas! ¿Por qué me trajiste hasta acá? ¿Ah? ¿Por qué? ¿Es que acaso esto es lo que merecemos algunos seres humanos? ¡Te odio! ¡Te odio! Odio al condenado de Alberto. Lo detesto. ¿Cómo pudo hacerme una cosa semejante a mi y a la familia? ¿De qué está hecho ese hijo de puta? ¿De qué? Uno solo puede tener veneno en vez de sangre para hacer parte de una red como éstas, engañar gente y ganar dinero a costa del calvario de otros. Es que no puedo con esto, me quiero morir’.

En Bogotá, Silvia estaba en su casa trabajando cuando recibió una llamada de Alberto. ‘Tía, llamaba para decirle que ya compré el tiquete. Viajo mañana. Por favor mándeme los datos de las personas con las que han hablado en el Consulado y todo lo que usted crea que necesito saber para poder hacerle seguimiento a este tema. Esto se está alargando mucho y toca ponerle un fin. Le prometo que voy a hacer todo lo que sea posible para encontrar a Camilita’. Silvia le agradeció, le preguntó que si tenía quién lo llevara al aeropuerto, porque de no ser así, ella se ofrecía a llevarlo. Le dijo que no se preocupara, que eso ya estaba solucionado y que no era necesario. Quedó en mandarle la información a través del correo electrónico. Le pidió una dirección y le dijo que le enviara los datos del vuelo para ella estar pendiente.

‘Tía, una última cosa: yo no le dije a mi mamá que me voy para allá porque no quiero que se preocupe, usted sabe cómo es la cucha. Le dije que voy a hacer un viaje para comprar mercancía y cosas para el negocio, pero no le di muchos detalles. Por favor que esto quede entre nosotros, no quiero que se compliquen las cosas’. Para Silvia fue un poco extraño que Alberto le hiciera esa advertencia. Su hermana, la mamá de Alberto, era una mujer muy fuerte y había estado muy pendiente de ella, y, de hecho, ella misma le había sugerido en algún momento que se fuera para Polonia a buscar a su hija, y que si no tenía el dinero que se lo pidiera a Alberto. Por un instante, se le vinieron las palabras de la psicóloga con la que había hablado haciéndole la advertencia de no contar nada por ahora. Terminó la llamada con su sobrino agradeciéndole, le dijo que no le diría nada a su mamá, ni a nadie, le enviaría los datos de contacto del consulado, y le pidió que la mantuviera informada apenas llegara allá.

Silvia recibió la dirección de correo de Alberto. En un principio, pensó en reenviarle muchas de las comunicaciones que había intercambiado con el Consulado, pero al final se limitó a enviarle el correo electrónico de los funcionarios con los que había entrado en contacto. De nuevo le dijo que se quedaba pendiente de los datos del vuelo. Alberto no le respondió ese correo. Se limitó a llamarla el día siguiente. Le dijo que había recibido la información y que ya estaba en el aeropuerto. Le dijo de manera superficial que el vuelo salía en las horas de la tarde y que apenas llegara se comunicaría con ella. Silvia se quedó pensativa, pero no tenía otra opción que confiar.

Mientras organizaba unos documentos le entró una llamada de Amparo, la mamá de Alberto. Contestó sin dudar.

‘Quiubo mija, ¿cómo va? – preguntó Silvia -.

‘Bien, todo bien. ¿Y ustedes? ¿Han recibido noticias?’

‘No, nada. Todo sigue igual. Acá esperando’.

‘Por acá si hay novedades, imagínese que Alberto se fue de viaje’.

‘Ah sí? ¿Y eso para dónde se fue?’ – le dijo Silvia simulando sorpresa -.

‘Pues me dijo que dizque a comprar mercancía, pero no sé, ¿sabe que me pareció como misterioso? Le dije que si necesitaba que fuera a la casa a ocuparme del gato y de las matas, y me dijo que no, que dizque le había pedido el favor a una empleada de él. Me pareció raro porque a él no le gusta que gente extraña se meta en su casa; él es muy celoso con sus cosas. Tampoco me dijo exactamente dónde va a estar, ni cuándo regresa. En fin, allá él, pero me da rabia porque debió ofrecerse para ir a Polonia a ayudar a buscar a Camila. Silvia, usted por qué no le pide la plata y se va para allá?’ – le dijo Amparo con determinación -.

‘Porque es que me han aconsejado de no ir. No es conveniente. Además, usted se imagina yo qué voy a hacer allá sola, sin entender nada, sin saber dónde estoy, de pronto se aumentan los problemas, además, yo pensaba que usted no hubiera querido que Alberto se fuera para allá’.

‘¿Cómo que no? Si no hago más que decirle eso desde que Camilita se desapareció. Se lo he dicho de todas las maneras. Yo no entiendo por qué se hace el pendejo y ahora resultó que se fue de viaje dizque a comprar mercancía. ¡Es que me da rabia!’.

Algo no le cuadraba a Silvia. Recordó de nuevo las palabras de la psicóloga. Le colgó la llamada a su hermana. ‘Amparo la dejo porque tengo que hacer una llamada urgente’.