Camila estaba destruida. No era capaz de contener su dolor a pesar de las pastillas y del reposo. No podía creer el final tan inhumano que había tenido su amiga. Se apoderó de ella una sensación distinta a todo lo que había sentido hasta el momento. Por un lado, sentía pánico de pensar que algo así le podría pasar a ella y no soportaba la idea de experimentar una cosa medianamente parecida; y, por otra parte, la rabia y la injusticia se convertían en indiferencia. Por un segundo, contempló la posibilidad de aceptar que esa iba a ser su vida y era mejor que se resignara para no sufrir más. No quería consumirse en más preguntas sin respuestas. No pretendía entender por qué a ella, por qué le estaba pasando eso, cuál era el propósito de esa experiencia. Ya no tenía ganas de reflexionar ni crear más confusión en su cabeza. No había un espacio más para el dolor y ya estaba cansada de sufrir. Pensó que lo mejor sería resignarse y asumir su nueva vida. ‘Volver para qué? ¿A hacer qué?’ – se preguntaba mientras las lágrimas salían de sus ojos sin esfuerzo. Esa noche fue la peor. A pesar de todo lo que estaba pasando la obligaron a trabajar. Estaba en una de las casas lujosas a las que normalmente las llevaban. Camila no podía dejar de mirar a esos hombres con odio; estaba segura de que si no existieran seres tan mezquinos como esos no existiría ese delito; no tendrían por qué raptar mujeres y someterlas a tanta crueldad. Pensaba en sus familias, en sus madres, en sus entornos. ¿Pero en dónde y cómo crecieron estos hombres? ¿Qué fue lo que les inculcaron en sus casas? ¿O fue que el dinero los encegueció? El hecho de tener millones le hace perder la cabeza a la gente. Recordaba las conversaciones de los miembros de su familia, incluida su madre, para quienes el éxito siempre estuvo asociado a la cantidad de dinero y cosas materiales que posee la gente.

Todos los halagos que le hacían a Alberto cada vez que la familia se reunía porque era un hombre exitoso, tenía casas, carros y un negocio rentable. ‘¡Jah! Qué tal cuando se enteren de la porquería de tipo que es. Ha conseguido toda esa plata a punta de vender personas’ – pensaba mientras bailaba con uno de sus clientes -.  Esa noche para Camila fue un viaje completo. Una confrontación permanente con la sociedad, con su familia, con ella misma, con la humanidad en general. Se había desprendido de su cuerpo y se observaba desde arriba para ver con claridad una realidad de la que no se había percatado. Tenía un deseo legítimo de hablar con esos hombres y preguntarles si no sentían vergüenza, si no se habían puesto a pensar que eso le podría pasar a sus hijas, hermanas o sobrinas. ¿Cómo era posible que pudieran dormir en la noche? ¿Cómo podían levantarse al otro día como si nada, darse un baño, ponerse sus vestidos elegantes e ir a sentarse una oficina en donde muchas veces se discuten temas sensibles y serios que son determinantes para una población entera? ¿Cómo podían tener esa doble vida? ¿En dónde había quedado la ética, la coherencia, el respeto, la dignidad, la consideración por el ser humano?

Un retorcijón la trajo de vuelta. Sintió un dolor fuerte en la parte baja de su abdomen, pero pasó a los pocos segundos. Se fue para una de las habitaciones con su cliente. Un hombre de unos 55 años, bien parecido, bien vestido y perfectamente comportado. Los dientes blancos y parejos, un corte de pelo moderno. Parecía norteamericano por su acento. Se portó decentemente con Camila. En un momento, mientras el hombre estaba dentro de ella, volvió a sentir un dolor. Pensó que se trataba de la misma infección que iba y venía y le curaban con algunas pastillas suministradas por Irina. Iba a ser muy difícil curarse del todo si no podía tener varios días de reposo, trató de pensar en otra cosa y dejó que el hombre terminara su faena. Tuvo que estar con tres hombres más y cerca de las cinco de la mañana la llevaron de vuelta a la casa.

Entró en su pequeña habitación y los dolores eran más seguidos. No entendía qué pasaba. Se tomó una de las pastillas que Irina le había dado, pero cada vez que trataba de conciliar el sueño, la despertaba otro corrientazo. El malestar fue empeorando y cerca de las diez de la mañana, salió del cuarto para ir al baño. No alcanzó a sentarse cuando una hemorragia fuerte manchó las baldosas del piso. Llamó a Irina quien vino corriendo para saber qué estaba pasando. Apenas entró y vio el charco de sangre, se alarmó. Camila estaba pálida y cuando trató de sentarse, se le fueron las luces y se desmayó. Irina se alarmó, lograron estabilizarla y la llevaron para un hospital.

Irina hizo el ingreso de Camila en la recepción mientras ella esperaba en una silla. Después de hacer el proceso burocrático se sentó al lado de Camila y le dijo que tuviera mucho cuidado con lo que iba a decir; que no se atreviera a hacer un comentario raro o a denunciarlos porque ya sabía cómo podía terminar. ‘Camila, estoy preocupada por ti y por eso te traje al hospital. Quiero que te mejores, y sé que vas a estar bien, no te vayas a aprovechar de mi confianza porque eso solo te traería problemas a ti y a tu familia, así que tranquila. Vamos a decir que tu trabajas conmigo en un restaurante y listo; yo me encargo de todo porque igual, tú no hablas el idioma’ – le dijo Irina acariciándole la cabeza -. Camila no quería saber de nada. Se sentía muy débil, tenía náuseas, y los dolores eran cada vez más insoportables. Guardó silencio y esperó hasta que las llamaran.

Por los síntomas que presentaba la pasaron a urgencias de ginecología y corrieron con la suerte de ser atendidas rápidamente. Cuando la iban a ingresar al consultorio del médico, Irina entró con ella. Camila no entendía una sola palabra de lo que hablaban y veía que Irina hablaba como una lora mojada. Pensó que debía resignarse y confiar en lo que dijera su patrona. De pronto el médico miró a los ojos a Camila y le habló en inglés. Irina abrió los ojos. Le preguntó por los síntomas y Camila le explicó lo que había pasado. En ese momento entró una enfermera y el médico le pidió que la ayudara a acomodarse en la camilla para examinarla. La enfermera la tomó del brazo, se dio cuenta que temblaba, la miró, la llevó detrás de un pequeño separador para que se quitara la ropa, le dijo que todo iba a estar bien y la acostó con mucho cuidado. El médico empezó a hacerle el examen y como era de esperarse le hizo las preguntas de rigor: que cuándo había sido el último periodo, que si tenía un compañero sexual permanente y Camila se limitaba a contestar con mentiras. En ese momento ella solo pensaba en mejorarse. Cuando el médico le hizo la ecografía, se miró con la enfermera. Se volteó a mirar a Irina y le dijo algo que ella no entendió. Irina abrió los ojos, se levantó de la silla y mientras mantenían esa conversación, Camila los miraba a todos tratando de entender hasta que le preguntó al médico: ¿Qué pasa Doctor? El médico la miró y le dijo con un tono pausado: ‘Tuviste un aborto’.

Camila soltó un grito de dolor y el llanto se apoderó de la sala entera. La enfermera la tomó de la mano, le dijo que lo sentía mucho, pero que estuviera tranquila. El médico le explicó que algunas veces eso pasaba, pero que iba a estar bien. Irina hizo su papel a la perfección. Se acercó a Camila, la abrazó, la consoló, le dijo que no se preocupara, que ella la iba a cuidar y que se iba a mejorar pronto. Camila no pudo ocultar la frialdad de su mirada, pero no dijo una sola palabra. Solo lloraba. El médico les dijo que él recomendaba hacerle un legrado para terminar de sacar los posibles residuos y que, para ello, tendría que quedarse al menos esa noche en el hospital. Irina le preguntó que si había otra alternativa. El médico le dijo que le podría recetar un medicamento para terminar el proceso en casa, pero que debía tener absoluto reposo, no podía tener relaciones sexuales y debía volver a un control una semana después.

Irina le dijo que esa era la mejor alternativa. El médico asintió y empezó a llenar los datos para hacer la fórmula. Camila seguía acostada en la camilla. Mientras trataba de tranquilizarse, empezó a mirar para todos lados, las paredes, el techo, el piso y cada rincón del consultorio en un afán de encontrar algo que la ayudara a pensar en otra cosa. Cuando miró hacia un extremo del escritorio del médico había un sticker que decía: ‘Stop Human Trafficking’ con un código QR. Camila fijó su mirada allí. Sin embargo, pensaba que era imposible acceder a ese código. Necesitaría un celular y no había nada que pudiera hacer. De nuevo la invadió el dolor, la impotencia y el desespero de sentirse como un trapo sucio, sin embargo, no despegaba su mirada de ese sticker como si quisiera con sus ojos acceder de alguna forma a la información que había detrás de ese código.

La enfermera salió del consultorio, a los pocos minutos regresó con la medicina. Le dio una pastilla a Camila para que le bajara el dolor y le dijo que la iba a acompañar para que se vistiera. Irina se puso de pie y trató de decirle que ella la ayudaría, sin embargo, el médico en ese momento le dijo que le iba a explicar cómo debía suministrarle la medicina a Camila, así que no tuvo otra alternativa que dejar que la enfermera la llevara. Le pasó los pantalones, le dijo que se apoyara en ella y voz baja le preguntó: ‘¿Necesitas ayuda?’