Por un segundo Camila se paralizó. El temblor se apoderaba de su cuerpo y sabía que si intentaba escapar y algo salía mal iba a terminar como Vira, o peor aún, podrían agredir a su familia. Se fue para su habitación en silencio. No se sentía con la fuerza para intentar algo tan arriesgado. Se sentó en su colchón y cuando se quitó el vestido que llevaba, abrió el pequeño armario donde tenía su ropa y vio los pantalones y la chaqueta que tenía puesta y en un cajón interno estaba la cadena que su mamá le había dado antes de dejar Colombia llena de ilusión, en un instante respiró profundamente y se cambió. Revisó los bolsillos y tenía el sticker que le había dado la enfermera y el papel con los datos del profesor. Se vistió rápidamente, cogió una pulserita que había dejado Vira encima de la mesita que separaba los dos colchones y un esfero, los guardó en la chaqueta y regresó a la sala.
El corazón se le salía. Volvió a pasar por el corredor para asegurarse de que no hubiera nadie y no sintió ningún ruido. Tomó uno de los celulares de Irina que seguía profunda, se dio cuenta de que estaba bloqueado. Con cuidado cogió su dedo pulgar de la mano derecha y lo desbloqueó. Con toda la atención recogió el manojo de llaves que se habían caído al piso. Las manos le temblaban y se alcanzó a escuchar el golpeteo del metal, pero Irina ni se inmutó. Se fue caminando hacia la puerta; después de varios intentos por fin encontró la llave que abría la primera puerta, que era la principal. Cuando estaba a punto de salir, miró el celular y se había vuelto a bloquear. Camila sudaba y tiritaba entera. Tuvo que devolverse; volvió a tomar la mano de Irina, hizo la misma operación. Esta vez tuvo la precaución de configurar el dispositivo para que no se bloqueara de nuevo. Mientras hacía esta operación, creía que los latidos de su corazón la iban a delatar, con un ojo buscaba las funciones y con el otro miraba a Irina. De pronto se movió, trató de abrir los ojos y con la lengua pegada dijo: ‘Camila, ¿estás acá? Tráeme un vaso de agua’. Camila quedó paralizada, sin embargo, notó que volvió a cerrar los ojos, se aseguró de que volviera a quedarse dormida y esta vez logró salir. Cerró la puerta con cuidado y se dirigió a la segunda puerta que quedaba después de un pequeño antejardín. Se le cayeron las llaves al piso. Sentía que en cualquier momento alguien le iba a poner la mano en el hombro y empezó a llorar del pánico.
Se giraba repetidamente para vigilar que nadie llegara, y por fin encontró la llave. Cuando esa puerta se abrió, se dio cuenta de que estaba en la calle. La casa se encontraba ubicada en una zona un poco aislada. A pesar de haber salido y entrado tantas veces, no recordaba nada. En medio del nerviosismo, sabía que después de unos minutos estaría en un sector un poco más transitado, pero por ahora lo único que podía hacer era correr. Nunca en la vida había usado sus piernas de la manera como lo estaba haciendo en ese momento. Sin tener un rumbo definido su cuerpo y su mente se conectaron para llevarla de vuelta a la libertad y para lograrlo debía correr sin parar. Sin poder establecer cuánto tiempo llevaba en esa maratón encontró las calles. Era tarde, no había casi nadie, sabía que debía deshacerse de ese celular cuanto antes porque así podrían rastrearla, así que cuando encontró una callecita oscura, se escondió y con su respiración totalmente agitada, encuadró el código QR que la llevó a un sitio web; todo estaba en polaco o en un idioma que no entendía, pero bajó hasta el fondo y encontró unos teléfonos. Los anotó en el papel y fue al ícono de traducción, buscó el idioma inglés y se dio cuenta de que se trataba de una organización que se ocupaba de acoger a víctimas de tráfico de personas.
Marcó una vez, esperó a que sonara varias veces y nadie contestó. Volvió a intentar y nada. Cogió el papel con los datos del profesor y marcó el número. Después de tres tonos de llamada, de pronto escuchó una voz masculina. Camila en total confusión alcanzó a decirle al profesor que necesitaba ayuda, que era una estudiante y se acababa de escapar. El profesor trató de calmarla, le dijo que él estaba informado de su desaparición y le dijo: ‘Necesito que escribas la dirección que te voy a dar y te dirijas allá. No hables con nadie, no busques a la policía porque es peligroso. Esas redes de criminales a veces tienen conexiones y los tienen comprados y puede ser muy riesgoso para ti. Busca esa dirección urgentemente. Cuando llegues allá, ellos van a ayudarte. Tienes que deshacerte de ese celular’. Camila le agradeció, le dijo que si, tomó nota de la ubicación con las manos temblorosas. Tuvieron que repetirla dos o tres veces por la dificultad de las palabras. Pero al fin lo logró. Camila colgó la llamada, abrió Google maps y buscó la dirección. Encontró las indicaciones, debía coger un autobús y se encontraba a unos quince minutos a pie y haciendo los cálculos alcanzaría a tomar el último de esa noche.
Después de eliminar la última búsqueda en la aplicación de maps y de las actividades de Google para no dejar rastro, una vez más emprendió su huida y corría a la velocidad que su ímpetu le daba. Es en esos momentos cuando el verdadero instinto de sobrevivencia aflora y la mente se auto configura en modo alerta y las fuerzas salen de algún lugar que es imposible identificar.
En su fuga se había cruzado con pocas personas y siguiendo las recomendaciones del profesor no habló, ni miró a nadie. No podía desconcentrarse. Cuando le faltaban dos cuadras para llegar a la estación, se dio cuenta de que en el andén del frente había otra estación donde un grupo de cinco jóvenes y una señora estaban esperando el bus que iría en el sentido contrario en el que ella debía dirigirse. Camila se acercó, les preguntó si sabían en dónde se encontraba la estación que ella supuestamente buscaba, le dijeron que sí, la orientaron y mirando de reojo apagó el celular y se dio cuenta de que la señora tenía una cartera y varias bolsas. Camila se agachó como para arreglarse el zapato y con disimulo metió el celular en una de las bolsas. En ese momento llegó el bus, se subieron, ella les agradeció y siguió corriendo hasta su destino.
Prácticamente llegó al tiempo con el autobús. Ahora solo podía confiar en su memoria. Había anotado la dirección y el número de paradas. Encontró pocas personas, se sentó en una silla y cuando estaba tratando de regular su respiración, vio una de las camionetas y alcanzó a ver a Víctor, iban en el sentido contrario. Camila se deslizó con cuidado en la silla y se tapó la cara con la capucha de la chaqueta. Contó las paradas y por fin llegó al punto donde debía bajarse. Se bajó y de nuevo se sintió perdida. No había una sola alma en esas calles y no sabía por dónde empezar; trataba de mirar las direcciones, pero no entendía el orden y no había nadie a quién preguntarle, sin embargo, no paraba de caminar mientras intentaba comprender la forma en la que iban aumentando o disminuyendo los números y buscaba cómo identificar los nombres de las calles. Sabía que no podía rendirse, pero estaba absolutamente asustada. En cualquier momento la podían encontrar y eso sería lo peor que podría ocurrirle. De pronto sintió el ruido de un carro, miró hacia todos lados y vio un callejón en donde había una entrada a un edificio, se fue corriendo hacia allá y se agachó y se encogió todo lo que pudo para que nadie la viera. Se cubrió entera con la capucha de su chaqueta y se quedó en silencio esperando a que el carro pasara. Sin embargo, escuchó que el vehículo paró. Se abrió la puerta, alguien se bajó, sintió los pasos acercarse hacia donde estaba. Empezó a temblar y no alzaba la mirada. Trataba de hacerse lo más pequeña que pudiera en ese pequeño portal.
‘¡Camila!’
