Silvia se quedó sin palabras. No podía creer que Jairo estuviera tomando una decisión tan radical en un momento de tanta vulnerabilidad. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sin embargo, no era capaz de decir nada. Lo único que se le venía a la mente eran reproches y reclamos y no quería empeorar la situación.

‘Muchas cosas han pasado en estos días. Ha sido muy difícil para todos. Podrás pensar que soy un cobarde, que justo en este momento me voy y te dejo sola, pero tú no tienes idea de lo que he padecido. Desde que la niña se desapareció fue como si la vida entera se me hubiera caído encima con cada uno de los episodios que hemos vivido desde que nos casamos, y un peso enorme se desplomó sobre mi cuerpo entero. Anteayer me llamó mi jefe a su oficina y me habló con toda la calma para decirme que me iban a dar una licencia porque me veían muy mal. Me hizo una lista de eventos y situaciones en las que mi rendimiento y mi carácter estaban fluctuando al punto de impactar negativamente mi desempeño y el ambiente laboral. Obviamente, para ellos es perjudicial y por más de que lleve muchos años trabajando en esa empresa sin tener faltas graves, deben tomar una decisión. Él me dijo que lo hacía por mí; que se ponía en mis zapatos y que se hubiera enloquecido, que agradece mi empeño, pero que lo mejor es que resuelva mis problemas personales y me dedique cien por ciento a buscar a mi hija. ¿Y sabes qué Silvia? Siento que el trabajo me ayudaba a pensar en otra cosa, o al menos eso creía. Entiendo que no era así porque no estaba haciendo bien las cosas, ni hablar de mi actitud con mis colegas, pero al menos las horas pasaban y a veces ni me daba cuenta. Ahora que no debo ir a la oficina me parece que el poco de cordura que me queda se esfumó. No soporto tus gritos, tus señalamientos, tus comentarios pasivo-agresivos, la insistencia con la que me has culpado de lo que le pasó a Camila diciéndome hasta el cansancio que yo la acolité, que no hago nada, que todo lo haces tú. No se te puede hablar y créeme que todos los días me repito que debo entenderte porque como yo, estás sufriendo mucho, sin embargo, estoy cansado de tanta humillación, y si vamos a ser sinceros, esto no es nuevo. Cada vez que puedes me has echado en cara el no haber tenido los recursos suficientes para darle a esta familia más de lo que tenemos. Me he reventado la vida; he sido un hombre honesto, le entregué mis conocimientos a esa empresa y si, Silvia, tengo muchos defectos, pero todo, absolutamente todo lo he dado por esta familia sin un ápice de remordimiento. Para mí no ha sido un sacrificio. He tratado de todas las formas de crecer, pero probablemente me faltó personalidad, ser más arriesgado, más ambicioso, qué sé yo, y no he crecido tanto como hubiera querido, sobre todo, como tú esperabas o deseabas. Me voy de la casa, pero no de la vida de mis hijos y mientras se resuelve la situación de Camila conmigo puedes contar. Voy a seguir pendiente, voy a ser el papá presente que siempre he sido. Tú tienes a tu familia, a tus hermanas, a tú mamá, a tus sobrinos, que parece que son perfectos e intocables. Me voy porque a duras penas puedo con el dolor de no tener a Camila; no quiero ni sé cómo lidiar con tu histeria y tu superioridad. Lo de Juan Carlos hay que seguir resolviéndolo, hay que esperar que ese muchacho salga del hospital y ver qué va a hacer y cómo se puede conciliar. Yo se lo dije a él y lo entendió. Un compañero de mi oficina me ofreció un apartamento que tiene y no ha podido arrendar. Me dijo que pagara los servicios y no más mientras entiendo qué va a pasar con mi vida. Queda cerca de acá. Más tarde te paso la dirección y ya sabes que me puedes llamar cuando quieras. Lo mismo haré yo porque necesito estar actualizado con lo que pase con Camila. Adiós Silvia’.

Jairo tomó sus maletas y la puerta se cerró. Silvia apenas pudo sentarse en una silla. Una punzada la atravesó entera. Las palabras de su esposo le hicieron doler cada una de las fibras de su cuerpo y de su alma porque en ellas había verdad y no estaba lista para tener que confrontarse con ella misma y darse cuenta de que en muchas ocasiones se había descargado con él porque era la forma de aligerar su propia culpa, su propio peso. Si solo la gente entendiera el daño que un crimen como éste causa a la sociedad entera. No era solo Camila la que había padecido, era su entorno, su familia, sus amigos, y desconocidos. Es que no estamos solos; cada cosa que sucede al interior de una familia tiene un efecto en la sociedad, y aunque nadie nos prepara para afrontar la tempestad, es imperante buscar ayuda para navegar en medio de ella sin provocar borrascas mucho más impetuosas.

Juan Carlos bajó y encontró a su mamá ahogada en llanto, la abrazó, le dijo que no se preocupara, que Camila iba a aparecer, que Jairo los iba a ayudar y que no iba a estar sola. ‘Mami, yo sé que es difícil, pero entiendo a mi papá. Ahora no vemos las cosas con claridad porque todos estamos sumergidos en una angustia individual, pero en algo estamos sincronizados: en encontrar a Cami, y eso es lo que vamos a hacer’. – le dijo Juan Carlos -.

La escena fue interrumpida por una llamada de Amparo. ‘Quiubo mija, la llamo para decirle que mañana son las exequias de Alberto. Ya le mando todos los datos por teléfono’. Silvia sintió un frío. Por un momento, tuvo una mala sensación, pero era impensable no ir al funeral. De hecho, imaginó que sería el momento para enterarse de los últimos movimientos de Alberto y tratar de entender por qué había mentido.

Andrei y Kaia, llamaron con urgencia a Camila. Había llegado el momento de irse para Taliin. Apenas tuvo el tiempo de lavarse un poco la cara, coger las dos cosas que tenía, empacar algunas prendas y comida que empacó Kaia. Se subieron al carro y emprendieron el viaje. Camila sintió que por fin se acercaba el momento de regresar a su casa; dentro de poco iba a poder hablar con su familia y decirles que estaba bien y que ya iba en camino. Después de un rato, Camila se empezó a sentir mal. Tenía náuseas y los temblores habían regresado. Andrei tuvo que parar cuando estaban a punto de salir de la ciudad. Camila abrió la puerta y empezó a devolver lo que había comido. Sudaba frío y estaba muy pálida. Kaia bajó del carro, la ayudó y trató de calmarla. Sabían que ir a un hospital podía ser muy arriesgado; también eran conscientes de que lo que estaba pasando era que su cuerpo se estaba desintoxicando. Al final Andrei también se bajó, la sentaron en una banca que había en el andén, le dieron un poco de agua y cuando Kaia estaba alistando la medicina para calmarle los síntomas, Camila abrió los ojos, se paralizó y señaló con su mano temblorosa:

‘Kaia, esa camioneta’.