Esa primera noche de Camila con un cliente fue horrenda. En medio del aturdimiento en el que se encontraban sus sentidos, advertía de manera intermitente que su vida se le estaba yendo a pedazos. Ese hombre marcó el inicio de un ciclo con el que de alguna manera empezaba a familiarizarse por más doloroso y denigrante que fuera. La dinámica era la misma casi siempre. Al final de la noche las llevaban de vuelta a la casa con Irina. Les habían dado una habitación a Vira y a Camila. Cada una tenía un colchón en el piso. Llegaban a descansar, al día siguiente las despertaban, les daban la comida y luego empezaba la preparación para la próxima fiesta. A la hora de la comida compartían el comedor con otras chicas. Parecía que algunas llevaban una eternidad porque se movían con mucha seguridad y hasta se reían y hacían bromas mientras comían. Para Camila todo fue difícil. Acostumbrarse a la nueva dieta, compartir con esas otras niñas. Ver la llegada de otras que evidentemente eran menores de edad, ver las caras desencajadas y los ojos perdidos llenas de preguntas y de miedos. A través de cada una veía la evolución. Le daba pánico hacer preguntas porque no quería escuchar que llevaban allí meses o años. Todavía se resistía a aceptar que esa fuera su nueva realidad. Con la única con la que hablaba era con Vira. Se habían convertido en amigas. Las unía todo, sobre todo el dolor.
La dependencia de las drogas que les suministraban se hacía cada vez más fuerte. En ocasiones y de manera intencional, no les daban las pastillas durante el día y comenzaban a presentar síntomas del síndrome de abstinencia. Temblaban, o sentían náuseas, diarreas hasta que debían implorar que les dieran sus dosis. De esa forma, les iban agregando las píldoras a la cuenta de cada una y en ese punto no les importaba con tal de sentirse lo que ellas creían que se acercaba a la tranquilidad, o al menos a la indiferencia. Irina era la típica mujer que con una mano les pegaba un empujón y con la otra las acariciaba. Constantemente se sentían acosadas y aunque sabían que no podían confiar en ella, era la única a la que podían pedirle las cosas. De vez en cuando les llevaba un helado o un cinnamon roll, pero otros días les daba de comer lo que ellas odiaban. Ese era el diario vivir en esa casa, que más se asemejaba a una cárcel.
Un día a la hora del almuerzo resultaron compartiendo la mesa con una niña que tenía 14 años y con otras dos rusas que llevaban varios meses en la casa. Irina había salido. Se habían quedado a cargo de uno de los hombres que trabajaba para la Madame. Camila por fin se animó y entabló una conversación con las rusas. No sabía por dónde empezar, pero resultó escuchando todo lo que había temido y muchas otras cosas que jamás hubiera imaginado. La rusa no se guardó nada:
‘Todas pasamos por lo mismo. Ustedes – refiriéndose a Camila, Vira y la niña -, todavía no han terminado de entender todo lo que pasa aquí. Esta es nuestra vida ahora y de acá no vamos a salir’.
‘Pero ¿tú no crees que nos pueden rescatar o de pronto nos podemos escapar?’ – le preguntó Camila.
‘ jajaja…no, querida. De esta gente jamás vamos a poder escapar. Nos tienen vigiladas hasta los dientes. Esta casa tiene alarmas, cerrojos de seguridad y estos tipos primero nos matan antes de dejarnos huir. Y cuando estamos con los clientes es todavía peor. Me imagino que a este punto ya se dieron cuenta de quiénes son esos hombres, ¿no?’.
Camila y Vira se miraron con un gesto de confusión.
‘¿Por qué creen que siempre están cubiertos? Esos tipos son los billonarios que manejan este mundo a su antojo. Son unos perros cochinos que saben que todo lo pueden comprar. Nosotras para ellos somos basura. Lo único que les importa es pertenecer a esta élite, reunirse a hablar de cómo joder a los pobres, que al final, somos la gran mayoría y satisfacer sus más retorcidos y puercos deseos con unas niñas bonitas y jovencitas que están acá solo para complacerlos. Prepárense porque hasta ahora no les ha tocado lo peor. Hay un grupo al que llaman ‘The ones’. Esos son abominables. Normalmente te llevan en avión a un sitio muy alejado. Dicen que son casas o islas en donde pueden hacer lo que se les de la gana y es imposible escapar. Una vez una de las chicas trató de huir nadando, la agarraron, la violaron y después desapareció ‘misteriosamente’. La mataron. Ellos dijeron que se había cortado las venas, pero eso es mentira. Allá en esos sitios pasa de todo. Es que nadie se puede imaginar lo que hay en las mentes pérfidas de los seres humanos, por eso es que yo odio este mundo de mierda. Esos tipos llevan niñas pequeñas, las violan, las maltratan, las torturan, porque disfrutan ver a las mujeres llorando y rogando para que no las lastimen. Las queman, una de las niñas que se llevaron antes de que ustedes llegaran no tenía el dedo pequeño de la mano derecha. Son unos carniceros. Lo peor es que en ese grupo hay políticos, empresarios, dirigentes de instituciones, de organizaciones reconocidas. Son los que toman las decisiones de los países en los que vivimos. Después posan para las fotos con sus familias, hablan de religión, van a iglesias para que les tomen fotos, son los ‘dizque’ prolife, y resulta que en la vida real se develan como la peor escoria que parió este mundo. ¿Y saben por qué? Porque ese dinero que tienen les da el poder de hacer con las personas lo que se les dé la gana. ¿Y tú crees que yo me quiero escapar de acá? ¿Para qué? Esta fue la vida de mierda que me tocó. ¿Quién me va a aceptar en una sociedad ‘de bien’ después de haberme acostado con tantos hombres? ¿Quién me va a querer? ¿Cómo podría ver a los ojos a mi familia? Si para todo el mundo soy una prostituta drogadicta. Nadie entiende que estamos acá prisioneras. Nadie lo va a aceptar. No voy a poder tener un trabajo normal porque este veneno que me echaron encima nunca va a poder ser eliminado de mi cuerpo, y mucho menos de mi alma’.
‘Pero no puedes decir eso. Nosotras no tenemos la culpa de lo que nos han hecho, y claro que tenemos la oportunidad de seguir. ¿Además, quedarse acá? A ellos les sirve las chicas jóvenes, después de cierta edad ya no es rentable. Entonces ¿a qué te vas a dedicar después de cierto tiempo?’ – le dijo Camila -.
‘A hacer lo que hace Irina. Mira, te voy a decir algo: este paso por acá es corto. Yo sé por qué te lo digo. De acá sales para ser ultrajada o muerta. Váyanse haciendo a la idea’.
El silencio invadió ese comedor. Camila y Vira quedaron sin aliento.
En Colombia las cosas no mejoraban. Después del susto que se había llevado Jairo por haber encontrado en el piso a Silvia por un leve desmayo, continuaban su búsqueda por todas partes para obtener alguna respuesta. Los dos se debilitaban con los días, pero en el fondo sabían que era prohibido desfallecer. Silvia recibió un mensaje de la Cancillería. En el asunto decía: ‘Actualización de su caso – Consulado de Varsovia’. Abrió el mensaje con las manos temblorosas. Jairo se acercó para leerlo también. Apenas lo abrieron había un texto breve: ‘Se encontró una identificación parcial con la descripción que nos suministró de su hija. Estamos pendientes de la confirmación’.
Un frío intenso se apoderó del cuerpo de Silvia. Estaban tratando de asimilar ese mensaje cuando el timbre de la casa sonó. Jairo se apresuró a abrir la puerta. Era Andrés. Le abrió la puerta, se saludaron, entró y cuando se paró en frente de los dos, les dijo: ‘Tengo una idea para acelerar la búsqueda de Camila’.
