La máscara

María Clara empezó a temblar. No podía creer lo que estaba escuchando. ‘¿Crédito? ¿Quítate la camisa? ¿Sigue haciendo lo que te pida?’ Se quedó por unos pocos minutos y Nicolás seguía interactuando con alguien que evidentemente estaba detrás de esa pantalla. Sintió el impulso de entrar y hacerle un escándalo, pero cuando intentó dar un paso sus piernas estaban adheridas al pavimento. Era como si un imán le impidiera seguir adelante. No quiso escuchar más y arrastrando sus pies hacia atrás deshizo lentamente sus pasos sin hacer ruido y regresó a su habitación en silencio y con la mente en total confusión.

Se sentó en la cama, tomó un sorbo de agua, se cogió la cara humedecida por las lágrimas que ni siquiera había sentido brotar de sus ojos. De repente no sabía exactamente lo que sentía. Sabía que no era una desilusión por una aparente infidelidad. En el pasado se habían presentado algunos episodios en los que ella había notado exceso de coquetería con otras mujeres, uno que otro mensaje, chismes, cuentos, pero ella nunca se había tomado el trabajo de investigar a fondo. Quizá porque no quería creerlo, tal vez porque sabía que si hubiera confirmado alguna historia tendría que tomar una decisión drástica y nunca estuvo preparada para desarmar su familia y dejar a sus hijos sin papá. La transformación de Nicolás fue lenta frente a sus ojos.

El siempre fue un hombre carismático, encantador, con un sex-appeal particular. Tenía una sonrisa cautivadora. Era el típico macho que seduce; no era el galán de novela; pero era justamente eso lo que enloquecía a las mujeres. Además, sí tenía la vocación de servicio. Le gustaba ayudar a resolver. Conocía mucha gente entonces cuando lo buscaban para pedirle favores, siempre tenía el contacto perfecto para solucionarle los problemas a la gente. En ese momento María Clara se preguntaba si lo hacía porque le nacía o por estrategia. Ella siempre pensó que era servicial, de un momento a otro, lo empezó a ver como oportunista. Conservaba sus amigos del colegio y de la universidad. Siempre fue muy legado a ellos y lo llamaban con frecuencia para reuniones y comidas. De hecho, los involucraba en sus proyectos cuando veía la oportunidad. Sin embargo, cuando María Clara analizó la situación, se dio cuenta de que los que estaban muy unidos a él, usualmente habían estado involucrados en asuntos legales incómodos, demandas, incumplimientos, y cosas de ese tipo, sin embargo, él continuaba con esas amistades. Ella siempre lo vio como lealtad, esa noche lo vio como complicidad.

Por otro lado, la relación que tuvo con Carolina le empezó a generar desconfianza. Esa mujer lo había seguido desde que él se graduó de la universidad y empezó a trabajar en la firma de abogados. Cuando ascendió, la contrató como su secretaria y desde ahí ella siguió fielmente los pasos de Nicolás. Hubo algunos intervalos; ella tuvo otras experiencias laborales en otros sitios, en alguna ocasión estuvo en Argentina haciendo una especialización, pero mantuvo el contacto con Nicolás porque él la apoyaba de manera incondicional, la consideraba una amiga y había algo que era invaluable para él: su lealtad. María Clara siempre le tuvo mucha consideración; la vio como una mujer puesta en su sitio, responsable, dedicada a su trabajo, pero ahora todo le parecía extraño. Ella nunca se había casado, no tenía hijos, vivía sola. De vez en cuando se le había conocido alguna pareja, pero parecía ese tipo de mujer que estaba dedicada a crecer profesionalmente a cabalidad. El hecho de haber visto que Nicolás le había pegado una nalgada mientras trabajaban, sin duda, abrió una puerta que ni siquiera sabía que existía y le cambió la mirada hacia a ella drásticamente.

Es como si de un momento a otro estuviera a punto de desenmascarar al hombre con el que realmente estaba casada. Claro, ella no estaba libre de pecado y por la forma en la que había sido educada, no había nada que pudiera justificar su comportamiento en los últimos días. Lo que había pasado con Juan Manuel era imperdonable. Había faltado a su compromiso como esposa, como mujer y como madre. La traición tenía un impacto enorme en su núcleo, en su familia y en la sociedad ahora que era la esposa del candidato a la presidencia. No podía juzgar con la ceja levantada a su esposo cuando ella también había fallado. Pero tampoco se pondría jamás al mismo nivel de él. No era una competencia, sin embargo, si en una balanza cada uno se ubicara en un extremo, el peso de los pecados de Nicolás lo dejaría rozando el piso, y eso que apenas había quitado la primera capa de la cebolla. Las peores cosas todavía no habían llegado.

La primera cosa que llegó a la cabeza de María Clara fue la imagen de Juan Manuel. ¡Cuánto hubiera querido coger el teléfono, llamarlo y decirle que ya iba para su casa solo para acostarse junto a él y sentirse tranquila! Si dejaba volar la mente, por más de que sus deseos la llevaran a los brazos de ese hombre que en un instante le había cambiado la vida, era impensable visualizar una vida lejos de Nicolás. No podría cargar jamás con la culpa de haber dejado a su esposo en un momento tan importante de su carrera y arrastrar a sus hijos a un escenario en el que tendrían mucho qué perder sumado a la enorme posibilidad de que no la perdonaran jamás. Lo único cierto es que entre más pasaban los días, más se alejaba de él y aumentaba un sentimiento negativo que la dejaba sin fuerzas. Después de una larga conversación con ella misma se acostó y arrullada por sus propios sollozos se quedó dormida.

Al día siguiente cuando abrió los ojos Nicolás no estaba en la cama. Ya se había levantado. Nunca supo a qué hora se acostó, pero notó la cama desarreglada confirmando que había pasado la noche ahí. Tomó su celular y en ese momento Nicolás salió del baño. La miró, la saludó y tenía una mirada distinta.

‘Estabas profunda cuando llegué a dormir. Bueno, me acosté muy tarde y ahora tengo que salir volado porque tengo un par de reuniones importantes. ¿Cómo está tu día hoy? Creo que tienes la reunión con el asesor de imagen y otros temas ¿no? ¿Prefieres hacer esas reuniones en tu oficina o quieres venir a la sede?’.

María Clara estaba extrañada. Parecía otro. Su tono era suave, tranquilo, conciliador y ella solo podía pensar en lo que había escuchado. Se paró de la cama, tomó el vaso de agua que tenía en su mesa de noche, lo dejó caer al piso. Se agachó, recogió la base que había quedado con una punta afilada, lo empuñó con fuerza, tomó aire y con toda la determinación se abalanzó contra él y enterró el vidrio en el cuello de Nicolás. Seguidamente sacudió su cabeza para borrar esa escena escabrosa que se había formado en su mente mientras pensaba qué contestarle, y que, a ese punto, no sabía si era un deseo real o era solo la rabia que la estaba llevando a unos lugares donde nunca había estado. Esta vez, en la vida real, de forma delicada se sentó en la cama y con una voz suave le dijo:

‘Para mí sería mil veces mejor estar en mi oficina, pero acuérdate que hoy citaron al conductor en la sede, me imagino que de todos modos tengo que ir allá ¿no?’.

¡Ah! Si, es verdad. Se me había olvidado. Bueno, pero en esas reuniones no te demoras mucho y yo si quiero hablar con el conductor para darle algunas indicaciones personalmente. Apenas termines te vas de una vez con él. Vas a ver que eso también te va a quitar algo de estrés. Manejar en esta ciudad es un acto de fe’.

María Clara aprovechó el buen humor de Nicolás y en lugar de clavarle el vidrio en el cuello, lo miró y le dijo:

‘Mira, hay dos cosas que necesito que hablemos: una, es que Emilia este fin de semana tiene esa invitación a la finca de Bustamante. Si me preguntas a mí, yo prefiero que no vaya. Tengo como un bad feeling con ese grupito de amigos, van unos chicos de otro colegio y Martín no puede ir porque tiene torneo, pero ella está super ilusionada porque obviamente van sus amigas y bueno, tu sabes cómo son esos temas. En el mismo condominio va a estar mi tío Alberto, pero obviamente no es que se va a presentar para cuidar culicagados. Yo hablé con él y me dijo que cualquier cosa estaba pendiente, es lo único que medio me tranquiliza, pero me parece que está todavía muy chiquita para esos planes’.

‘¿Bustamante es el hijo de Sergio Bustamante? – preguntó Nicolás con interés – ¿el presidente de GEN – Grupo Empresarial del Norte?’.

‘Si, el mismo’ – respondió María Clara.

‘¡Wow! No, María Clara, hay que dejarla ir. Ojalá se vuelva muy amiga de ese muchachito. Esa relación para mí es importantísima. Hace un mes estuve en una reunión con él, es un tipo esquivo y no tuve la oportunidad de hablar con calma. Esta sería una buenísima ocasión para devolverle la invitación al muchachito y de paso invitarlo a él y a su esposa. Podemos ir a la finca con ellos. Esa gente es super bien, a Emilia no le va a pasar nada’.

‘Si, pero no van los papás a este paseo. Van puros chinos. No me siento segura’.

Nicolás se le acercó, la tomó del cuello con delicadeza, le sonrió y mirándola a los ojos le dijo:

‘Mi amor, lo que no te gusta es que Emi ya sea una niña grande. Acuérdate que cuando estábamos de esa edad, ya íbamos a paseos y fiestas. No te portes como la mamá sobreprotectora porque te va a coger fastidio’.

María Clara bajó la mirada, suspiró y le dijo que bueno. Nicolás le preguntó que cuál era la otra cosa.

‘Quiero pedirte el favor de que moderes la forma en la que me estás tratando últimamente. No me gusta el tono que usas. Estás muy grosero, Nicolás. No me siento cómoda y no quiero que Carolina venga a esta casa. Ella es tu secretaria, no tiene por qué estar acá’.

Nicolás cambió la expresión, pero con la misma actitud que traía le respondió:

‘Tienes razón, mi amor. Perdóname, he estado muy estresado. Y sí, no debo desquitarme contigo. No quiero herirte, ni tratarte mal. No lo mereces. Tengo la cabeza a mil. Son muchos temas rondando la cabeza de manera permanente y eso me está agotando. Es más, este fin de semana voy a tener que viajar. Voy para Medellín a reunirme con el alcalde. Es posible que me devuelva el sábado por la noche si logro zafarme de un coctel al que me invitaron, si no, regreso el domingo. Pero ¿sabes qué? La otra semana buscamos un espacio y vamos a comer tu y yo solos, o a un bar a tomarnos algo, o a hacer lo que tú quieras. Te lo prometo. Con respecto a Carolina, ok. No te preocupes. No la vuelvo a traer acá. ¿Quieres hablar de alguna otra cosa?’

María Clara quedó aterrada. Era como si estuviera hablando con otra persona. Cuando regresaban a su mente las cosas que había escuchado la noche anterior le hervía la sangre, pero decidió dejar pasar el desagradable episodio y confiar en las promesas de su esposo.

‘No. Nos vemos más tarde en la sede’ – le respondió María Clara -.

Nicolás se acercó, la besó en los labios y sonriendo le acarició la quijada. Salió de la habitación, bajó las escaleras y se marchó de la casa con algo de afán. Ella se fue detrás para estar pendiente de la salida de los niños al colegio. Bajó a la cocina y Carmenza le sirvió el café. Al rato llegaron los niños, se sentaron a desayunar y hablaron del más y del menos hasta que Emilia le preguntó si al fin le iban a dar permiso de ir al paseo.

María Clara la miró por unos segundos y sonriendo le dijo que si, pero que tenía que prometerle que iba a estar reportándose, que se iba a portar bien, que ya sabía lo que ellos pensaban con respecto al alcohol y demás sustancias y que, sobre todo, recordara que ella ahora era la hija del candidato a la presidencia.

Propio de su edad, Emilia se levantó dando brincos de felicidad, abrazó a su mamá, la llenó de besos y solo le decía que la amaba hasta el cansancio. María Clara se conmovió de ver a su hija tan efusiva y llena de vida. En ese momento se devolvió a sus épocas de colegio y entendió esa dicha que se siente cuando se obtienen esas pequeñas victorias y decidió confiar en su hija, que era ya una señorita muy bien portada. Sebastián miró a la mamá y con cara de reclamo le dijo:

‘Ah! No, entonces a mi me dejas ir donde Cortés. Íbamos a jugar online, pero es mejor si voy a su casa y el domingo vamos al club al torneo porque el hermano va a participar’.

María Clara lo miró y le dijo que bueno, que iba a hablar con la mamá de su amigo para preguntarle si había algún inconveniente. Como su hermana, Sebastián se paró le dio muchos besos a su mamá y salieron dando saltos a esperar el bus. En ese momento María Clara se dio cuenta que iba a estar sola el fin de semana. Le pasó un corrientazo por el cuerpo y malos pensamientos por la mente. Se estaba levantando para ir a alistarse y atender sus reuniones cuando le llegó una notificación a su celular.