Un temblor se apoderó de Silvia. Soltó el teléfono como si con ese gesto pudiera cancelar lo que acababa de escuchar. Se quedó sentada con la mirada perdida incrédula de lo que estaba pasando en su vida. Después de estar suspendida en un mar de dudas, interrogantes y calles sin salida, una llamada la volvió a traer a la realidad. Se trataba de Felipe.

‘Hola Silvia, espero no interrumpirte, ¿cómo estás?’

‘Hola Felipe, no sé ni qué decirte. Han pasado cosas últimamente, pero desafortunadamente no puedo contarte en este momento. Aún no sabemos nada de Camila, estoy muy preocupada, solo espero que esta pesadilla termine lo más pronto posible’.

‘Te entiendo perfectamente. Ha sido muy difícil todo esto, pero es que te llamaba porque hice un borrador de un post con la desaparición de Cami para empezar a girarlo por las redes y quería mandártelo primero para tu aprobación’.

‘No, Felipe. Te agradezco mucho, pero te pido el favor de que no vayas a publicar nada. Las cosas se han complicado en los últimos días y la recomendación que recibí por parte de las instituciones que nos están ayudando es que no divulguemos nada. Mira, te soy sincera, yo no entiendo muy bien qué pasa. No sé si es que ellos tienen información que no nos pueden dar. No sé si es que tienen pistas, estoy muy perdida, pero lo único que sé es que me pidieron que no publicara nada por ahora. Yo voy a esperar unos días y si no pasa nada, lo hacemos por nuestra cuenta porque no me puedo quedar con los brazos cruzados. Te agradezco mucho Felipe. Te prometo que apenas sepa algo te aviso’.

Felipe entendió la decisión de Silvia, le dijo que no se preocupara, que él no movería un dedo sin su autorización porque primero estaba la seguridad de Camila y la de la familia. Terminaron la llamada y las últimas palabras de Felipe le quedaron dando vueltas en la cabeza. Debía ser muy cautelosa porque evidentemente no solo la integridad de Camila estaba en juego sino la de su familia entera. Ahora se preguntaba si la muerte de Alberto estaba relacionada con los criminales que se habían llevado a Camila. Pensó que como su sobrino la estaba ayudando tal vez se estaba acercando a algo importante y por eso acabaron con su vida. Pero ¿por qué Alberto había mentido con respecto al viaje? Esa era la pregunta que no la dejaba en paz.

Pasaron un par de horas y por fin Jairo se comunicó con Silvia. Le dijo que el muchacho estaba fuera de peligro y que ya estaban preparando todo para que Juan Carlos regresara a la casa. Silvia respiró profundo, le manifestó su alivio y con la voz entrecortada le dijo a Jairo que a Alberto lo habían asesinado. Jairo quedó mudo. Apenas alcanzó a decirle que después hablaban de eso porque estaba con el abogado y colgó la llamada. Silvia ni siquiera le mencionó la llamada de la amenaza porque muy a su pesar, no sabía qué hacer con esa información.

El tiempo pasaba, Silvia caminaba de un lado para otro en la sala esperando noticias. Finalmente se abrió la puerta de la casa y entraron Jairo y Juan Carlos. Silvia se fue corriendo a abrazar a su hijo, quien le correspondió sin mucha efusividad. Se sentaron en la cocina. Silvia les sirvió lo que había cocinado y tuvieron una conversación larga tratando de unir no solo los puntos de lo que había sucedido esa noche, si no lo que venía arrastrando a Juan Carlos a esa vida de oscuridad y sordidez.

‘Me siento mal todo el tiempo. Me agobia el hecho de que la gente me mire en la universidad con lástima y con morbo. No siento sinceridad cuando me preguntan por Camila. Siento que lo que buscan es información para regar un chisme. Han salido no sé cuántas historias de todo lo que ha pasado. Hasta la tildan de drogadicta, de prepago, de desequilibrada. No puedo con eso. Me duele no saber nada, me mata la incertidumbre y la impotencia, y esa noche cuando vi a Alberto en ese sitio, me hirvió la sangre. ¿Cómo pudo engañarnos de esa manera? Fuera de eso, el muy cínico me dijo que lo esperara que me iba a explicar todo. No quise esperar y me largué con mis amigos. Cuando llegamos al otro sitio, yo ya estaba muy tomado y no fui yo el que buscó la pelea, fue ese imbécil que se puso bravo porque sin culpa le tumbé el trago y bueno, toda esa rabia que llevo dentro salió y le dimos una paliza. Ahora entiendo que hubiera podido salir muy mal, donde ese tipo se hubiera muerto, estaría en la cárcel. Les pido perdón a los dos. Ustedes no se merecen esto, pero créanme que no lo hice para amargarles más la vida’. – les dijo Juan Carlos con los ojos llorosos -.

Silvia le cogió la mano, le dijo que lo entendía. Ella sabía que la desaparición de Camila había traído consecuencias para toda la familia y seguramente no era el momento de descargarse con lamentos o regaños. Hablaron de la muerte de Alberto. Ninguno entendía lo que había pasado, ni cuáles podían ser las razones del asesinato del sobrino. Se hacían muchas preguntas. Jairo con un tono cansado les dijo que presentía que podía estar involucrado con la desaparición de Camila. Silvia no pudo contenerse y explotó en rabia. Lo que inicialmente era una conversación íntima, dolorosa, pero tranquila, terminó siendo una discusión entre Silvia y Jairo que desató un momento insoportable para Juan Carlos. Se retiró diciendo que estaba muy cansado y quería dormir. Después de seguir el acalorado intercambio de acusaciones de uno y de otro, Jairo le dijo a Silvia que se iba a acostar.

Silvia se quedó sola en la cocina. Solo podía pensar en Camila. No había otra cosa que le importara más que saber lo que estaba sucediendo con su hija. Se asomó por la ventana, tomó en sus manos una virgen que tenía sobre una mesita y con los ojos cerrados elevó una nueva oración rogando por su regreso. Imploraba solo que su hija se encontrara bien y que se la devolviera sana y salva para cuidarla y acompañarla y no desampararla nunca más. Se acostó en el sofá, se arropó con una manta y con la virgen bien aprisionada en su mano el sueño la venció.

Al día siguiente muy temprano abrió los ojos, miró su celular, no tenía notificaciones importantes. Estaba doblando la cobija cuando sintió los pasos de Jairo. Llegó a la sala con un par de maletas. Se quedó mirándola fijamente y le dijo:

‘Silvia, no puedo más con esto. Me voy de la casa. Me quiero separar’.