La doble vida

Una lista de nombres se desplegó apenas le dio click a esa carpeta. Usuarios como: Luna_23, ValeriaLive, AnitaSweet, BlueEyesCam y muchos más. Las manos de María Clara empezaron a temblar. No sabía si abrir alguno de esos archivos. Por fin se animó.

Empezó en orden como si eso indicara alguna jerarquía. Lo primero que saltó del primer archivo fueron algunos screenshots de una mujer que ni ella misma alcanzaba a definir. Las imágenes estaban en baja resolución, algunas desenfocadas, pero se notaban las poses sugestivas de Luna_23. Una mujer joven semidesnuda, con un maquillaje exagerado, extensiones y una mirada fija a la cámara. Cuando abrió el resto de las fotos, todas se parecían mucho. No encontró cambios significativos.

Siguió explorando y se encontró con mujeres de varios tipos. Algunas disfrazadas. Le llamó la atención una enfermera, después una profesora, otra con un látigo en la mano. Todas eran imágenes, hasta que desplegando más y más encontró algunos videos. Se le heló la sangre como si no hubiera sido suficiente con lo que ya había visto. No estaba muy segura de abrir los videos, pero al fin lo hizo.

Se notaba que habían sido filmados con un dispositivo. Le llamaba la atención que siempre capturaba las mismas poses, las mismas miradas, las mujeres quitándose la ropa. No se entendía lo que decían y tal vez como un acto de negación, antes de escuchar la voz de Nicolás, le quitó el volumen a su computador. No quería escuchar, no quería creer que su esposo, un hombre que se estaba lanzando para ser el próximo presidente del país, cayera tan bajo en sus ‘ratos libres’ o que hubiera encontrado en ese tipo de actividad, un modo para desestresarse.

María Clara no tenía ni idea cómo funcionaba ese tipo de negocio. Realizó una búsqueda en internet para entender en qué consistía y así fue comprendiendo el tema de los créditos de los que hablaba la otra noche cuando lo escuchó sin querer. Son modelos webcam. Algunas trabajan desde sus casas, o desde estudios que alquilan salas para tal fin y existen plataformas en las que aparecen sus perfiles. Los clientes se conectan a estos sitios y tienen la posibilidad de participar en salas públicas y ver sin interactuar. A esos se les llama ‘lurkers’ o mirones silenciosos.

Los clientes que quieren tener una conversación con las modelos pueden pagar una sala privada y entablar una comunicación directa con las chicas haciendo solicitudes de todo tipo para satisfacer sus fantasías sexuales. Ellos tienen la opción de no dejarse ver para proteger su identidad. Los pagos se hacen directamente a las plataformas a través de cartas de crédito. Se paga por tiempo y las mujeres aparecen rankeadas en los sitios. Algunas son más lanzadas que otras, las restricciones o límites que tengan deben ser respetados. Hay hombres que entran esporádicamente, otros son clientes asiduos.

María Clara estaba llena de preguntas y especulaciones. ‘Me imagino que nunca se ha dejado ver, siendo un personaje público no puedo creer que sea tan bruto como para mostrar la cara’, -pensaba ella -. ¿Será que tiene alguna preferencia? ¿Con qué frecuencia entra a estos sitios? ¿Por qué recurre a algo tan penoso? ¿Será que se ha encontrado en la vida real con alguna de esas mujeres? Estas y muchas más preguntas rondaban la cabeza de María Clara y no podía dejar de sentir una marcada repulsión por el comportamiento de su marido; era como si no lo conociera. Cada cosa de la que se iba enterando la alejaba más de lo que fue su matrimonio en algún momento.

Sentía vergüenza. No hubiera sido capaz de comentarle eso a nadie. Por algún motivo se le cruzaba por la mente que ella no había sido suficiente; que en algo había fallado para que su esposo estuviera buscando en ese tipo de mujeres algo que ni ella misma lograba entender. Siguió mirando la larga lista de las mujeres que había en esa carpeta y aparecían más nombres: NinaTuya, AnaHot, Morgana.

Se detuvo. No quiso seguir viendo las fotos. Cerró todos los archivos, desconectó el disco duro y lo puso donde lo encontró. Se fue devastada para su habitación. Ella sabía que no estaba en una posición que la ubicara en un pedestal por su conducta intachable. Se había acostado con un hombre que le había sacudido el alma, pero sentía que lo que estaba haciendo Nicolás era una completa bajeza. En esa conversación que se armó en su cabeza, entró en un debate moral: ¿Pero acaso no era una bajeza que la futura primera dama del país tuviera un amante? ¿Cuál de los dos estaba en una posición más o menos discutible? Ella había cedido a los encantos de un hombre que le había recordado lo que era ser una mujer deseable, pero sobre todo admirada; alguien que la escuchaba, que la trataba con dulzura, que cada vez que tenía la oportunidad le recordaba lo hermosa y valiosa que era. Por otro lado, estaba Nicolás que usaba a esas mujeres como objetos, y que mientras tanto se llenaba la boca en las plazas públicas hablando de la ‘sagrada familia’, de su esposa y su hija como inspiración y motivación para luchar por los derechos de la mujer. No sabía quién era peor, pero lo que sí sabía era que a ella jamás le perdonarían su comportamiento, mientras que el de él vendría justificado porque eso es lo que hacen los hombres, porque ellos son así, porque a ellos se les perdona todo.

Después de darle varias vueltas al tema, se acostó en su cama. Cuando abrió los ojos, eran las 6:00 a.m. Se levantó afanada. Sebastián y Emilia se estaban levantando y se activaron todos para cumplir con sus compromisos. María Clara revisó su celular y encontró una llamada de Nicolás de la noche anterior y un mensaje de Juan Manuel. Abrió el mensaje:

‘Hola, me haces falta. Espero que tengas un buen día. Si te pudiera ver así fuera por cinco minutos sería el hombre más feliz del mundo’.

María Clara sonrió y le contestó:

‘Veámonos. Te escribo más tarde para ver cómo hacemos. De pronto puedo pasar por tu oficina’.

Apenas mandó el mensaje le entró una llamada. Era Nicolás. Su expresión cambió radicalmente. No tuvo otra alternativa que contestarle.

‘Aló’ – dijo con un tono cortante -.

‘Hola, ¿cómo vas? Estoy en Barranquilla y ya voy para una reunión. Voy a estar super embolatado todo el día. Carolina te va a llamar porque la próxima semana hay un evento muy importante que está organizando la Fundación Crisálida Roja y te van a invitar para que lo abras con unas palabras. El discurso te lo pueden preparar en la sede, o no sé si tu asistente tiene la capacidad para que te lo haga. Coordina eso con Carolina’.

‘¿Y es un discurso acerca de qué?’ – le preguntó María Clara con algo de ironía -.

‘Bueno, tú sabes que esa fundación se encarga de la reivindicación de la autonomía integral de la mujer. Les prestan ayuda jurídica y acompañamiento a las que sufren de violencia precaria, económica o física en sus hogares, y creo que van a lanzar un sistema digital para reforzar las asesorías. Es una excelente oportunidad para que hables del tema’.

‘¿Para que hable del tema Nicolás? ¿De la violencia que sufren mujeres como yo en la casa? ¿Tú si te das cuenta de la forma en la que me tratas y ahora usas a tu hija para cumplir tus objetivos y quién sabe de cuántas otras mujeres te aprovechas y después posas como el defensor del género femenino? ¡Qué cinismo el tuyo!’.

‘Bueno, bueno, bueno…pero fue que te drogaste o qué? Más bien pide una cita donde un psiquiatra María Clara. ¿Cómo se te ocurre compararte con mujeres que sufren de violencia por favor? Es que es un verdadero despropósito. Tú, que vives como una reina, que tienes mucho más de lo que necesitas, que solo con mover un dedo se te cumplen todos tus deseos y ¿eres tan descarada de ponerte al nivel de mujeres que son víctimas de violencia real? ¡Por favor! ¿Qué es lo que tienes en la cabeza? ¿Cucarachas? ¿No te das cuenta de que si te contesto mal es por culpa tuya? ¿Por tu ineficiencia? ¿Por tu falta de neuronas? Cualquier persona que te escuche diciendo una estupidez como la que acabas de decir te mandaría a hacer terapia inmediatamente. ¡Desagradecida! Y no te atrevas a mencionar a Emilia. No seas tan estúpida. No tengo tiempo para esto, llama a Carolina y haz lo que te diga. Si la pendeja esa que contrataste no puede hacer un discurso decente, te lo hace el grupo de comunicaciones. ¡Yo voy a asistir a ese evento así que quiero todo perfecto!’.

Nicolás cortó la llamada sin despedirse y María Clara quedó frustrada después de escucharlo. A pesar de que ella en el fondo sabía que se estaba sobrepasando, lograba confundirla. Las acusaciones de su esposo le quedaban dando vueltas en la cabeza y se preguntaba una y otra vez si de pronto tenía razón. Sabía que podía encontrar otro modo para expresar su desacuerdo, pero a lo mejor ella sí se estaba convirtiendo en un obstáculo en lugar de ayudarlo a hacer las cosas de un modo más fluido. Claro, le llegaban las imágenes de esas mujeres, pero hasta ella misma lo excusaba. ‘Al fin y al cabo es como si viera porno y ¿qué hombre no lo hace? – se preguntaba María Clara -. Un minuto lo justificaba, y al siguiente lo culpaba y lo despreciaba. Había entrado en un loop interminable que la estaba llevando al límite.

Los niños desayunaron y María Clara le pidió a Wilson que los llevara al colegio y luego la recogiera a ella para ir a la oficina. Subió a arreglarse. Escogió ropa interior sexy y el perfume que Juan Manuel le había dicho que se había quedado en su cuerpo después de haber estado con ella. Estaba decidida a verse con él. Quería sacar toda esa rabia que llevaba por dentro y sabía que solo en los brazos de ese hombre iba a recuperar de nuevo un poco de esperanza porque cada vez que pensaba en su esposo y el futuro que le esperaba le daban ganas de desaparecer. Se miró en el espejo, sonrió y bajó las escaleras. Antes de salir le mandó un mensaje a Juan Manuel preguntándole si podía pasar en ese momento a su casa; él le contestó que claro que sí, que la esperaba ansioso.

Apenas se montó en el carro le dijo a Wilson que la llevara a un sitio antes de ir a la oficina. Estaba nerviosa, pero no le importó. Le mandó un mensaje a Raquel diciéndole que llegaba un poco más tarde. Le pidió a Wilson que la dejara en el lado opuesto del parque donde vivía Juan Manuel. Su conductor, siguiendo las instrucciones que le habían dado, le dijo que no podía dejarla lejos del sitio a donde iba y, que, por seguridad, era mejor que la dejara en la entrada del lugar donde tenía la cita. Sintió miedo. Finalmente accedió y le dijo que bueno, que diera la vuelta y le mostró el edificio.

Cuando estaban al frente, Wilson se detuvo y María Clara se bajó con sus gafas oscuras tratando de cubrirse con una pashmina que llevaba encima de su abrigo. Estaba subiendo las escaleras del edificio, cuando sintió una voz:

‘¡María Clara!’