La liberación

María Clara colgó la llamada y se fue para su casa. Les dijo a los niños que tenían que irse como lo habían hablado en días pasados. Se miraron, se levantaron, se activaron, recogieron las últimas cosas que tenían, llamaron a Carmencita y a Wilson. Les ayudaron a llevar las maletas a la camioneta. Mientras bajaban las escaleras, parecía que cada escalón les recordara uno a uno los años que pasaron allí. Emilia y Sebastián crecieron correteando por todos los rincones que con el tiempo iban cambiando de decoración. El jardín en donde celebraron tantos cumpleaños, donde jugaron, saltaron, hicieron camping con sus amiguitos y en donde compartieron en familia cuando hubo tiempo para hacerlo.

De repente dejaron todo atrás. No hubo espacio para despedidas, remordimientos o tristezas. A pesar de las circunstancias, una ola de buena energía se había apoderado del círculo vital de María Clara y los niños estaban entusiasmados con el nuevo comienzo, en especial para Emilia. En su terapia, había entendido que era necesario concentrarse en el presente, que la gratitud era el motor que alimentaba las ganas de vivir y que, aunque a veces la vida nos sorprendiera con desafíos grandes en los que no encontramos lógica ni razón alguna para justificarlos, el presente era el argumento perfecto para saber que valía la pena seguir mirando hacia adelante.

Sebastián, por su lado, estaba contento de estar con los papás de María Clara. Le encantaba jugar ajedrez con el abuelo y disfrutaba mucho los postres que le hacía la abuela. Aunque había un apartamento del papá que estaba desocupado y era perfecto para ella y los niños, decidieron que por un tiempo prudencial lo mejor sería estar en casa de sus padres. Ya tenían todo preparado. La casa tenía el espacio suficiente para alojarlos cómodamente. Carmencita se unió al grupo. María Clara le propuso que siguiera viniendo a ayudarla y ella aceptó encantada. Wilson sabía que su jefe era Nicolás y tendría que esperar las instrucciones, pero mientras eso ocurría, él no se quería separar de ella ni de los niños un solo instante.

Mientras todos iban camino a la casa de los abuelos, María Clara llamó a Beta y le contó que ya habían salido de la casa.

‘¡Por fin! ¡Qué dicha! Quiero decirte algo, Mária. Me siento profundamente orgullosa de ti. Eres una mujer valiente, leal a ti misma y con una fuerza infinita. Sé que no todos los días te sientes como una leona, sé que lloras, que te has sentido triste, asustada, pero a pesar de todo, acá vas, lista a empezar una vida nueva lejos de lo que te hace daño en unas circunstancias en que muy pocas mujeres, lamentablemente, se sienten con el coraje de hacer lo que tú estás haciendo. Sabes que te amamos, que nos tienes a nosotros y que pase lo que pase esta batalla la vamos a ganar. Ni a ti ni a tus hijos les va a pasar nada malo porque tienes a tu manada que te cuida. Ve tranquila, ve con ánimo, ve con bravura y no te detengas que acá todos te estamos cuidando esos motores para que no se apaguen. Quiero verte feliz, tranquila, sonriendo, disfrutándote a tus hijos mientras siguen a tu lado porque en menos de nada ellos también alzarán el vuelo y harán sus vidas, por eso también espero que las cosas con ese bizcocho de Juan Manuel se den si es que tiene que ser así y se echen muchos más polvos mientras se pueda, mija, porque después llega la menopausia y ahí abajo eso queda más seco que un desierto en la Guajira. Y después lo único que hay para  tirar, es abanico para apagar el incendio de los hotflashes, así que aproveche a ese guapetón ahora que el horno está para galletas…jajaja’.

María Clara pasó de los ojos aguados a una carcajada intensa. La tía Beta tenía esa facultad. Al fin colgaron y siguieron su camino. Llamó a Juan Manuel y le contó todo.

¡Wow! Menos mal que te fuiste. Me imagino que no ha sido nada fácil este proceso, pero vas a ver que al final te vas a dar cuenta de que todo valió la pena. Yo te cuento que al fin le envié el disco duro a Carolina con un domicilio y todo salió bien. Me confirmó que lo recibió y aún no se lo han pedido, así que vamos a esperar con paciencia. ¿Qué crees que va a pasar ahora con Nicolás?’.

‘¡Jah! Lo peor. Tengo que estar preparada para el escenario más macabro. Él no se va a quedar con las manos cruzadas y se va a devolver como una hiena, pero estamos preparados para eso. Voy a estar con mis papás y tenemos las herramientas para responder. Yo te estoy avisando cualquier novedad y gracias por todo, Juan. De verdad, no sé cómo hubiera hecho sin tu ayuda. Te mando un abrazo’.

Apenas llegaron a la casa, salieron los abuelos a recibir a su hija y a sus nietos. Abrazos y lágrimas se mezclaban mientras se acomodaban y reconocían el nuevo espacio como propio así fuera de manera temporal. El papá de María Clara le dijo que ya tenía listos a dos de los abogados más prestigiosos del país para enfrentar a Nicolás en caso de que fuera necesario. Se sentaron en la sala a hablar. Los niños se fueron para sus nuevas habitaciones y así pasó la mañana en una calma pasajera.

De pronto María Clara recibió una llamada. Se trataba de la abogada.

‘Hola, María Clara, el funcionario del juzgado le acaba de entregar en la mano el sobre de manila a Nicolás con los siguientes documentos: la demanda de divorcio contencioso, el embargo preventivo de todas las cuentas bancarias y la custodia provisional de Sebastián y Emilia en donde se ordena una restricción de acercamiento para Nicolás hasta que se evalúe su salud mental y el entorno de seguridad; esto lo hicimos porque hubo maltrato físico y todo está sustentado y perfectamente explicado en la demanda de divorcio. El funcionario me acabó de llamar para confirmar que le tocó sacar una credencial para que lo dejaran pasar, pero le entregó todo personalmente a tu esposo. Obviamente no va a quedar feliz, pero tan pronto tengas una reacción me cuentas para ver cómo seguimos procediendo. Tú tranquila que todo va a salir bien’.

Todos se empeñaban en decirle a María Clara que las cosas iban a salir bien. Algo en el fondo de su corazón le impedía creer que fuera así de fácil. Ella conocía a Nicolás y sabía que no podría afrontar algo tan grave cuando tenía un pie en el Palacio de Nariño. A partir de ese momento, la angustia fue permanente. No sabía lo que podría pasar y estaba alerta a la espera de la respuesta de Nicolás. Veinte minutos más tarde recibió la llamada. Era él. María Clara contestó.

‘Hola, Nicolás’.

Él con la voz todavía muy afectada, le dijo con una cierta tranquilidad.

‘Hola, ¿me puedes explicar qué está pasando? Tuvieron que estabilizarme por unos cuantos minutos porque simplemente no puedo entender nada’.

‘Entiendo, y siento mucho lo que esta noticia pudo haberte causado. No puedo ni quiero continuar con esta farsa, Nicolás. No puedo seguir mi vida posando y sonriendo mientras veo las cosas tan horribles que has hecho últimamente. Nada de eso me pertenece, no soy la persona que va a alcahuetear todo con tal de verte como presidente de este país. Nuestra hija fue abusada de la forma más ruin y tú has preferido cerrar un ojo y seguir con tu propósito. No has sido tú el que la ha visto sufrir, llorar y culparse por un acto tan despreciable. No puedo con ese dolor y no quiero unirme a ti en esta carrera porque el mensaje que le mandaría a mi hija es totalmente equivocado. Nada, absolutamente nada en este mundo va primero que su integridad, su dignidad o su salud física y mental. No existe presidencia, ni poder en el planeta que le haga creer que ella está en un segundo plano y que su dolor puede esperar porque primero hay que coronar. Y, por si fuera poco, que no es algo menor, no quiero continuar al lado de un hombre maltratador; un hombre que se para en frente de un auditorio lleno de mujeres a decirles que va a luchar por sus derechos y se rasga las vestiduras diciendo – no a la violencia contra la mujer -, mientras en su propia casa le pega empujones y cachetadas a su esposa, a la madre de sus hijos, a la mujer que lo ha acompañado desde siempre durante toda su carrera. No, Nicolás, no soy perfecta, estoy muy lejos de serlo; también he cometido errores, me he equivocado, pero no quiero permanecer al lado de un hombre que se entretiene pagándole a mujeres online para que le cumplan los caprichos de sus más bajas perversiones mientras pasa pavoneándose por los corredores de las plazas de mercado abrazando a luchadoras, niñas y adolescentes prometiéndoles esta vida y la otra. No puedo con esa incoherencia y con la falta de respeto a mí, a tus hijos y a todo un país. No me gusta este circo y no pienso hacer parte de él. Son meses que llevo aguantando tu maltrato, tus insultos, tus gritos, tu desprecio, y no tengo porqué soportar un minuto más. Sé perfectamente que esta situación te puede costar caro, pero debiste pensar en ello antes de comportarte de esa manera. No sé si siempre has llevado por dentro al Nicolás que empecé a ver de un tiempo para acá, o si la ambición te cegó, la realidad es que no quiero continuar con este matrimonio. Lo siento mucho’.

Hubo un silencio ensordecedor. A María Clara le temblaban las manos y el cuerpo entero mientras sentía la respiración de Nicolás en el teléfono. De repente regresó la voz rasgada de su esposo.

‘María Clara, esto no tiene sentido. Las cosas no son tan graves como las propones. Jamás me imaginé que fueras capaz de clavarme un cuchillo en un momento tan importante para nuestra familia, para el país. ¿Yo estoy a punto de ser el presidente y tú me sales con todo esto en este momento? Creo que has exagerado esta vez. Lo mínimo que me hubiera esperado es que hablaras en persona conmigo en lugar de tratarme como un criminal, pero está bien, es el camino que escogiste y vamos a ver cómo desenredar este nudo que quisiste armar. Tendrás noticias muy pronto’.

Apenas colgó el teléfono, recibió una llamada de Juan Manuel por el otro teléfono. Contestó sin pensarlo dos veces.

‘María Clara, estuve revisando con calma los archivos del disco duro. Encontré algo muy grave’.