Las mentiras

María Clara no se pudo resistir y se entregó por completo al deseo que sintió en ese momento por Juan Manuel. Cada cosa que él hacía, la forma en la que la miraba, las caricias, los besos, las palabras y cada movimiento para ella eran la definición de la perfección. Eran años sin reconocerse en una situación tan íntima. Ese amigo del colegio que le había confesado que siempre estuvo enamorada de ella parecía que había estado reservando cada respiro para ese día. Se le olvidó todo y por primera vez no le importó nada. Sentía que lo merecía, se volvió a interesar en lo que ella misma quería, anhelaba y esperaba que fuera su vida. Cuando pensaba en los momentos en los que Nicolás la trataba con desdén y grosería se aferraba con más vigor a los brazos firmes de Juan Manuel como dejándole saber sin palabras que ella estaba ahí con él y que estaba siendo feliz. Hicieron el amor sin darse cuenta del tiempo, las circunstancias, los deberes, las obligaciones, mucho menos de la culpa o del remordimiento que pudiera causar.

‘Estás divina, gracias por esto, estoy volando todavía’ – le dijo Juan Manuel en voz baja mientras acariciaba la cabeza de María Clara recostada en su pecho -.

Ella guardó silencio por un momento y le apretó la mano.

‘No sé ni qué decir, ni qué pensar. Sé perfectamente que está mal lo que acaba de pasar, que no debí venir, que no debí tener sexo contigo, pero no me siento culpable. Tampoco quiero que pienses que te estoy usando como un instrumento de venganza porque tengo mucha ira con Nicolás y la forma en la que me ha tratado últimamente. Te confieso que es la primera vez en tantos años de matrimonio que le soy infiel. Esto no hace parte de mi naturaleza, nunca había sentido el impulso, mucho menos el interés. Solo pasó y ya y ¿sabes algo? Puede que no vuelva a pasar jamás. Lo siento, pero es una opción real.’

‘Bueno, si me estás usando, yo me dejo. Por un momento como éste, me dejo hacer lo que tú quieras, pero que me digas que no va a volver a pasar jamás, me pone triste, aunque lo entendería. Sé que tu situación no es fácil, mucho menos ahora que estás tan ‘vigilada’, sin embargo, daría lo que fuera por repetir esto mil veces más’. – le dijo Juan Manuel -.

‘Se me acaban de venir a la cabeza dos cosas importantes: la primera, que esta tarde nos vamos a tomar unas fotos de familia para salir en la portada de la revista Hola. A Nicolás le hicieron una entrevista hace unos días y hoy nos van a tomar las fotos de familia perfecta. Yo he sido muy reservada con mi imagen, pero después de salir en esa portada, mi intimidad se irá al carajo porque ya mucha gente me va a reconocer y tendré que estar muy alerta. Y la segunda, que creo que es la peor, en pocos días estaré con conductor y un escolta. Adiós privacidad. ¡Es que detesto todo lo que tiene que ver con esta carrera de Nicolás! Se acabó mi vida privada. ¿Cómo voy a poder estar tranquila sabiendo que me están viendo todo el tiempo? ¡No, qué horror! Y, sobre todo, ¿cómo podría verte de nuevo? Lo veo super complicado.’ – le dijo María Clara con un tono desapacible -.

‘Bueno, no te adelantes tanto. Tu vida privada no está acabada y si tu quieres que esto vuelva a pasar, ya nos inventaremos algo para que así sea’.

¿Tú estás dispuesto a asumir ese rol, Juan? ¿No te da fastidio?’ – le preguntó María Clara con algo de preocupación -.

‘Lo único que sé es que no busqué estar en esta situación. Claro, me encantaría salir contigo libremente y arrinconarte en cualquier ascensor de cualquier hotel en alguna ciudad del mundo mientras estamos de vacaciones y comerte entera. Mentiría si te dijera que me encanta el rol de amante. Nunca he estado ahí, pero tú me gustas tanto, pero tanto, que no me importa. Vamos un día a la vez’.

El teléfono de María Clara interrumpió la conversación. Ella saltó de ese sofá y se precipitó a contestar cuanto antes. Era su hermana para avisarle que su papá había sido trasladado de urgencia a la clínica por un dolor muy fuerte en el pecho. María Clara colgó la llamada, se puso a llorar inconsolablemente mientras trataba de ponerse la ropa de nuevo. Juan Manuel se acercó, la abrazó, trató de calmarla, la ayudó y le dijo que si quería la acompañaba a la clínica. María Clara se negó, pero le dijo que si la podía llevar y dejarla allá, se sentía muy nerviosa para manejar. El le dijo que claro, se alistó y salieron corriendo de la casa.

En pocos minutos llegaron. María Clara se despidió de Juan Manuel, le agradeció y le dijo que más tarde le contaría las novedades, pero no paraba de llorar. Ella era muy apegada a su padre y no podía ni siquiera contemplar la idea de prescindir de su presencia, de su amor y del apoyo que siempre le había dado de manera incondicional. Entró corriendo a la clínica, preguntó en la recepción, le dieron las indicaciones y se dirigió al reparto en donde se encontró con su hermana y con su madre. Las dos estaban muy angustiadas esperando algún reporte del médico.

En ese momento, le entró una llamada de Nicolás, la contestó y le contó lo que estaba sucediendo con su papá. Nicolás le dijo que lo sentía mucho, que estaría pendiente y que le dejara saber cualquier novedad. Mientras tanto le entró un mensaje de Juan Manuel:

‘Pensándote mucho. Tranquila, que todo va a salir bien. Acá estoy’.

María Clara sonrió y solo en ese momento fue consciente de lo que acababa de pasar. Todavía tenía impregnado en su cuerpo el olor de Juan Manuel y por donde pasaba su mano se activaba un escalofrío y un vacío en el estómago que le hacía recordar cada beso y cada caricia de su amante.

Llegó Beta corriendo con la cara compungida y detrás de ella estaba Antonio. Seguían esperando noticias y mientras tanto la mamá relataba el episodio en casa antes de llamar a la ambulancia. Finalmente salió el cardiólogo. Les contó que había tenido un síndrome coronario agudo, se presentó una obstrucción en la arteria, sin embargo, no hubo afectación importante del tejido y que estaba todo controlado. El médico acomodándose las gafas prosiguió:

‘Lo que viene ahora es hacer un cateterismo para identificar el lugar exacto en donde se produjo la obstrucción y muy probablemente será necesario colocar un stent para mantener abierta la arteria y asegurar el flujo normal de la sangre. Por ahora, vamos a tenerlo en la unidad de cuidados intensivos, está sedado, así que si quieren verlo tiene que ser ya porque dentro de poco lo pasamos para hacerle el procedimiento’.

Todos quedaron en shock. Antonio trató de calmarlas a todas diciéndoles que esos eran procedimientos que los cardiólogos realizaban todos los días, que no corría ningún peligro y que estuvieran tranquilas porque todo iba a salir bien. Beta estaba desfiguraba. Ella adoraba a su hermano; a pesar de las grandes diferencias entre los dos, había un amor desaforado que los unía desde siempre y ella no concebía que le doliera una muela. Todas acordaron que entrara la mamá de María Clara a verlo. Entre una cosa y la otra, ya era medio día.

De repente le entró a María Clara una culpa que la estaba dejando si fuerzas. Se sentó en el sofá de la sala de espera, se puso a revisar algunos mensajes, pero no dejaba de pensar que mientras ella estaba jugando a la adolescente hormonal con su amigo del colegio y se revolcaba en un sofá a su papá le había dado un infarto. Era como un preaviso del dolor que sentiría su padre donde se llegara a enterar que la niña de sus ojos estuviera involucrada en una situación que iba en contra de todo lo que le habían enseñado en la casa. Se sintió como una hormiga y no podía escapar de esa vergüenza y ese dolor. Leía el mensaje de Juan Manuel y solo quería eliminar lo que había sucedido, no se sentía con ánimo de responder, ni de actualizarlo, ni de nada.

Después de que su mamá salió de la UCI y les contó que había visto a su esposo bastante tranquilo, que habían hablado y que estaba confiado y animado, todos suspiraron y descansaron un poco. Acordaron que irían a almorzar rápidamente para seguir pendientes del procedimiento y de los resultados. Decidieron ir a un restaurante muy cercano a la clínica, se sentaron en la mesa, ordenaron y en medio del almuerzo, Nicolás llamó de nuevo a María Clara. Ella respondió delante de todos.

‘Hola, ¿cómo va tu papá?’

María Clara le explicó lo que había sucedido y le contó que estaban almorzando para regresar de nuevo a la clínica y le preguntó a Nicolás:

‘¿Tú crees que se puede posponer lo de las fotos? Primero, no estoy de ánimo, no he tenido tiempo para ver lo que me voy a poner y no me quiero ir de la clínica hasta no saber cómo salió mi papá del procedimiento’.

‘¿Posponer? ¿Pero estás loca o qué? ¿Cómo se te ocurre? La entrevista sale pasado mañana. Estas cosas no dan espera. Allá está toda tu familia y a tu papá no le va a pasar nada; y ¿cómo así que no sabes qué te vas a poner si esta mañana llamé a tu oficina porque me quedé sin batería y tu secretaria me dijo que estabas en un atelier buscando ropa para la entrevista. ¿De qué putas estás hablando? ¡A tu papá ni siquiera le dio un infarto, pero parece que a ti se te quemaron las neuronas, carajo!’.

‘¡Dios mío, Nicolás, cálmate por favor! Modera tu tono. Y si, estuve en el atelier y no encontré nada que me gustara y cuando estaba a punto de salir, me llamó mi hermana y desde ese momento he estado en la clínica, además…’

‘Además, nada. Esta tarde te quiero ver en esa sesión de fotos y más te vale que recojas a los niños y los prepares, no me vengas con huevonadas de última hora. A tu papá no le va a pasar nada y allá está bien acompañado. No me hagas salir de quicio que esa es tu especialidad últimamente. Adiós.’

María Clara bajó la mirada y todos se dieron cuenta que algo había pasado. La mamá le preguntó si todo estaba bien. María Clara visiblemente afectada les contó lo de la sesión de fotos y lo que Nicolás le había dicho cambiando las palabras para no dejarlo tan mal.

‘No me sorprende la falta de empatía de tu esposo, querida – le dijo Beta con un tono determinado -, yo le dejaría a todo su staff plantado. Que se tome las fotos con Carmencita, los niños y Lulo. Uno tiene que ser indolente para no entender que una hija quiere estar al lado de su padre en un momento crítico, pero es que es un político, mija, ¿qué más se puede esperar?’.

Con el fin de alivianar la situación, la mamá de María Clara le dijo: ‘Mi amor, no te preocupes. Nicolás en algo tiene razón, y es que acá estamos acompañados y tu papá va a estar bien. Ve a cumplir con ese compromiso, y más bien apenas termines, si es el caso, regresas. No te amargues la vida por eso. Pero te escuché que le dijiste a Nicolás que estuviste en un atelier, ¿fue en el de la hija de Alice? ¿Al fin estuviste allá? ¿No encontraste nada que te gustara? No lo puedo creer’.

María Clara entró en pánico. El atelier que había visitado no tenía prendas de vestir de última moda, sino un hombre que le quitó las que llevaba puestas y la había hecho tocar el cielo. Como pudo le explicó a su mamá que había visto tantas cosas que no logró tomar una decisión y que por eso no había comprado nada.

Para salirse del tema, se levantó de la mesa, se despidió de todos y les dijo que entonces se iba para que le rindiera porque tenía que ir a recoger los niños al colegio y además debía arreglarse. Salió corriendo y cuando ya estaba en la calle cayó en cuenta que el carro lo tenía en el sótano del edificio donde vivía Juan Manuel. Quedaba cerca, pero no lo suficiente para irse caminando, así que lo llamó para avisarle que iba a coger un taxi para ir por él.

Juan Manuel le dijo que no, que ya la recogía, que lo esperara en el mismo lugar donde la había dejado. María Clara no quería aceptar, pero estaba tan paranoica con el tema de coger taxis en la calle, que le pareció que era la mejor idea. Estaba revisando algunos mensajes en el celular, levantó la mirada, se dio cuenta de que Juan Manuel estaba llegando. Cuando estaba a punto de subirse al carro una voz a sus espaldas dijo su nombre:

‘María Clara’.