Camila y Vira se miraron y lentamente se quitaron la ropa hasta quedar completamente desnudas. Irina las detalló, les cogió las manos, se inclinó para ver bien los pies. Las hizo voltear y ponerse en cuatro. Después de la inspección les dijo: ‘Bueno, va a tocar hacerles varias cositas. Pónganse esas batas que hay que depilarlas y hacerles las uñas’. Las niñas obedecieron, entró otra mujer y las llevó a una sala acondicionada como una estética. Primero, las hicieron tomar una ducha. Las sentaron en unas sillas bastante cómodas y les hicieron manicure y pedicure. Pasaron a otra camilla en donde les hicieron la depilación total. Durante el tiempo que estuvieron allí, les dieron un té caliente, y finalmente las peinaron y maquillaron. Hasta ese momento, las cosas no se veían tan mal. Después de haber tomado la bebida, Camila se empezó a sentir extraña. Mucho más relajada que cuando llegó. No sabía si era por la sesión de belleza, o porque las habían drogado de nuevo. De alguna manera, empezaba a identificar cuando se alteraba por cuenta de las drogas y en el fondo, sentía una especie de alivio. Cuando se miró en el espejo se encontró con otra mujer. El último recuerdo que tenía era el rostro que había visto en el baño de la estación de servicio. Ahora parecía otra. No era ella. Camila siempre mantuvo una imagen muy natural. No era muy amante del maquillaje. Era vanidosa, se cuidaba mucho su pelo largo castaño, que nunca había pintado, y se aplicaba en el rostro apenas un poco de rímel y algo de brillo para los labios. Sus ojos eran muy expresivos y su tez trigueña clara hacía resaltar esas cejas pobladas que enmarcaban su cara. Tenía unos dientes parejos y una sonrisa muy bonita. Su cuerpo delgado le hacía lucir cualquier cosa que se pusiera, pero ella prefería los jeans, las chaquetas clásicas y los saquitos cubiertos.

Apenas vio su rostro con ese maquillaje exagerado entendió que le esperaba una noche escabrosa. Poco a poco iba descifrando lo que estaba pasando, aunque nadie le explicaba nada, y hasta el momento no se había encontrado con una sola persona que le diera confianza o que le expresara un toque de gentileza. Ni siquiera Vira, que también estaba en la misma situación, le transmitía alguna sensación positiva. Lo único que pensaba de manera recurrente era que ella no pertenecía a ese mundo, que no merecía estar allí y que ese no era su lugar. En algún sentido creía que tal vez su compañera de cautiverio había buscado estar ahí. Era odioso su juicio, pero era tal el miedo, el pánico y el sentimiento de injusticia, que culpaba a todos a su alrededor. Cuando estaba terminando de analizar todos esos colores que le habían puesto en los ojos y el rubor que exaltaba sus pómulos, entró Vira. Camila se quedó atónita con la belleza de su compañera. Era una mujer alta, de unos ojos azules grandes y expresivos, una piel blanca satinada, los labios perfectos, un pelo rubio largo que caía sobre una espalda estilizada que sostenía un cuerpo esbelto ajustado a la medida de semejante esplendor. ‘Pareces una modelo’ – le dijo Camila absolutamente anonadada -.  Vira por primera vez, reveló una sutil sonrisa y le contestó que ella parecía una reina. Irina entró, las miró de reojo y les dijo que esperaran ahí sentadas sin moverse.

‘¿A dónde nos irán a llevar?’ – preguntó Camila.

‘Quien sabe. De pronto no nos llevan para ninguna parte y es acá donde vendrán los hombres. Todavía no hemos conocido nada de esta casa. Parece grande. alcancé a ver otra niña que pasó caminando mientras venía para acá’ – respondió Vira.

‘Tengo mucho miedo. No sé cómo vamos a salir de acá. Solo espero que nos estén buscando. Estoy segura de que mis papás avisaron a las autoridades y nos van a sacar’.

‘Camila, no quiero ser mala, pero es muy difícil que podamos salvarnos. Las historias que yo he escuchado dan escalofrío. La gente no regresa nunca. Esta gente es mala de verdad’.

‘¿Pero tú cómo terminaste acá? ¿Por qué ese tipo dijo que te habían pagado el tiquete?’.

‘A mí nadie me pagó ningún tiquete. Yo te dije que estaba en un campo de refugiados. Tuve que salir de Ucrania como los millones de personas que tuvimos que escapar por la guerra. Me tocó irme con mi hijo. Mi esposo se tuvo que quedar allá dizque sirviendo al país. En el campo había un grupo de personas que ayudaban con los niños, hacían juegos para que estuvieran entretenidos y yo iba y me reunía todos los días con las mamás. Una mujer de las que ayudaba con comida y varias cosas, empezó a encariñarse mucho con mi hijo y conmigo y yo me acerqué a ella. Un día me dijo que me iba a presentar a alguien que me iba a ayudar con un trabajo. Una vez me hizo una cita con la famosa persona y me dijo que se quedaba con el niño mientras yo iba a hablar para ver si me interesaba la oferta. Salí y acá estoy. Esa maldita vieja fue la que me engañó y ahora estoy acá atrapada, incomunicada, sin mi hijo, sin nada. Te juro que a veces me dan ganas de morirme. Ojalá me mataran. Yo me estoy muriendo por dentro. No tengo paz, no tengo ganas de nada. Si no fuera por esas drogas que nos están dando, no hubiera resistido esto’.

‘Dios mío, lo siento mucho. Entiendo tu angustia y tu dolor, sobre todo por tu hijito. Pero de alguna manera vamos a salir. Te lo juro. No podemos desesperarnos. Esto es momentáneo. Es una experiencia horrible, pero tenemos que pensar que nos vamos a escapar o nos van a rescatar. Simplemente hay que conocer un poco más el modo en el que operan y cómo funciona esta cosa. Yo estoy segura de que vamos a salvarnos’.

‘Camila, no quiero ser pesimista, pero tu familia está muy lejos de acá. Ni siquiera nosotras sabemos dónde estamos; nadie, te puedo asegurar que nadie nos va a encontrar. Estas personas son muy peligrosas. Estamos metidas en un lío muy grande. Cuando el tipo ese dijo que había pagado un tiquete, pensé que había sido el tuyo’.

‘No, para nada. Mi familia me compró mi tiquete. Quién sabe por qué dijo eso. Yo creo que fue para asustarnos más. Créeme que yo entiendo tu pesimismo, yo también he tenido momentos en los que me quiero morir, pero tenemos que mantenernos fuertes. No podemos dejar que esto nos gane’.

En ese momento entró Irina con algunas prendas y les dijo que se callaran y que se pusieran esos vestidos. Les señaló con el dedo un lugar donde podían encontrar zapatos. Cada una escogió el color que más les gustó. Camila tomó en sus manos traje negro, se lo midió, le quedó bien de talla, pero se sentía incómoda pues tenía un escote prominente y apenas le tapaba sus partes íntimas. Vira se puso un vestido rojo que resaltaba su belleza. Las dos se miraron en el espejo, se midieron los zapatos y por un momento se sintieron en un centro comercial escogiendo ropa como un par de universitarias. Irina entró de nuevo, con la mano las obligó a dar la vuelta y les dijo que fueran con ella. Llegaron de nuevo a la sala donde empezó el recorrido en la casa y allí estaba el jefe con otro hombre. Los dos abrieron los ojos porque no podían creer que esas dos niñas se vieran tan hermosas y sexys. El jefe miró a Irina y le dijo: ‘Perfecto, están listas’.

Les pusieron unos abrigos encima y los dos hombres las tomaron de la mano, las sacaron de la casa y las subieron al carro de nuevo. Cuando iban en camino quién sabe a dónde el acompañante del jefe le dio una pastilla a cada una y las obligó a tomarlas. Las dos empezaban a sentir una especie de mejoría cuando estaban drogadas. Lo que no sabían era hacia dónde se dirigían y por más de que miraban por la ventana y trataban de leer o de memorizar las calles, alguna señal, un almacén, cualquier casa singular, era imposible retener esos detalles en la cabeza, y menos cuando estaba de noche. Tan pronto se tomaban la pastilla, todo era más lento, no había dolor, no había voluntad ni conciencia. Esta vez fue Vira la que tomó la mano de Camila. Se miraron y en ese instante algo raro sucedió entre las dos. En medio de la tragedia, de la pesadilla de la que querían despertarse, se sintieron realmente acompañadas. Entendieron que se tenían y que era importante mantenerse unidas para sobrellevar la situación y tratar de buscar el modo de escapar de allí.

Después de manejar por calles y avenidas, llegaron a una casa. Desde afuera se abrió una enorme puerta de un garaje y cuando entraron recorrieron un camino rodeado de árboles y luces empotradas en el borde de la pequeña carretera que los llevó a la puerta principal de una casa enorme y muy elegante. Las dos se miraban. Camila empezó a temblar. No sabía si era el frío, si era el miedo. Vira le apretó la mano y le hizo un gesto como para recordarle que debía ser fuerte. Los hombres se bajaron del carro, abrieron las puertas de atrás y las bajaron de la camioneta. Las dos salieron tratando de no enterrar los tacones en el terreno empedrado antes de pisar unas largas escaleras que las llevaría a un enorme portón. Las acompañó el jefe, que iba vestido de corbata. Era un hombre alto, bien parecido, y no tenía precisamente el aspecto de un delincuente.

Tan pronto llegaron a la puerta el hombre hizo una llamada. Pocos segundos después se abrió la puerta. Camila y Vira entraron. Ninguna de las dos podía creer lo que tenían frente a sus ojos.