El encuentro
Nicolás Obregón nació en el seno de una familia conservadora. El mayor de dos hermanos, Carolina y Humberto, siempre se caracterizó por ser un líder entre sus amigos y desde el colegio brillaba por su carisma y simpatía. Tenía un magnetismo difícil de describir y ejercía una autoridad que se camuflaba muy bien detrás de su sonrisa cautivadora y ese modo sutil de dar órdenes sin que nadie se percatara de su dominio. El control era su obsesión, y aunque no fue el primero de la lista a nivel académico, se rodeó de los más pilos e inteligentes, de quienes se apoyaba para estudiar o para que lo ayudaran en los parciales y diferentes tareas. La casa de Nicolás era la casa de todos; a sus papás les encantaba abrir las puertas de su hogar a los amigos de sus hijos, los atendían como reyes, la mamá conocía muy bien a cada uno, hablaba con ellos, los consentía y se mantenía en contacto con los papás de todos para que estuvieran tranquilos.
Nicolás, por supuesto, llevaba a todos los de su grupo. Fue de los primeros en recibir de regalo de cumpleaños un Mazda 323 y se convirtió casi un privilegio subirse en ese carro. Aunque viajaba en el bus del colegio como todos sus compañeros, cuando había eventos especiales, presentaciones o alguna situación extraordinaria llegaba en su carro y era la envidia de muchos. Aparecía en todas las fiestas y se ofrecía a recoger a su combo mientras escuchaba la música que le ponía un sello invisible de ‘yo no soy como los demás’, como The Cure o Depeche Mode; sin embargo, le gustaba complacer a todos sus pasajeros, en especial a las niñas y tenía desde Hombres G, Soda Stereo, Caifanes, hasta New Order y Pet Shop Boys. Le gustaba ser el más cool.
En ese periodo de descubrimiento y autoconocimiento se ennovió con Natalia; una niña de muy buena familia. Era una cheer leader, excelente estudiante y de una belleza cautivante. Era la pareja más popular del colegio. Todos los admiraban y querían ser como ellos. En poco tiempo, eran reconocidos no solo en el ambiente de las instituciones académicas de ese mismo círculo social, si no, en el club que frecuentaban. Nicolás fue el primer amor de Natalia y ella, de acuerdo con su educación y a lo que vio en su casa, pensó que sería su esposo y con quien formaría la familia soñada.
No sabía que la vida le tenía preparada otra cosa. Cuando Nicolás entró a la Universidad, rápidamente identificó sus objetivos. Le llamaba mucho la atención el sector público y poco a poco fue teniendo la misma influencia en sus nuevos amigos. No escapaba nunca de los eventos sociales; lo invitaban a todas las fiestas, asados, paseos de cumpleaños y de cuanta celebración había, y él se encargaba de cumplir con la agenda social y académica. Su noviazgo con Natalia continuaba, sin embargo, los horarios no coincidían como antes; ella había sido admitida en otra institución y los nuevos amigos, compromisos académicos y demás, empezaban a influir sutilmente en la relación.
La familia de Nicolás hizo presión constante para que él no terminara ese noviazgo, y él como siempre, trataba de cumplir en todas partes. La familia de Natalia era distinguida en el ambiente del derecho y tenían amplia experiencia en la Corte Suprema, en la Procuraduría y en otras instituciones, por lo cual el papá de Nicolás le insistía en la importancia de mantener una buena relación, no solo con Natalia, sino con toda la familia en general. Con lo que no contaba nadie era con que Nicolás iría a una fiesta que cambiaría los planes de todos radicalmente.
Una noche los amigos de Nicolás le dijeron que había una rumba en la casa de Sampedro y que irían unas estudiantes de primer semestre. Era bien sabido que las primíparas se caracterizaban por su belleza y por un entusiasmo típico de los inicios de la vida universitaria. Le advirtieron que fuera solo y él, sin dudar, aceptó. Le dijo a Natalia que tenía que prepararse para un examen y que se reuniría con sus compañeros para estudiar. Natalia entendió, porque, aunque se tratara de un viernes, ya estaba acostumbrada a los horarios extendidos de su novio.
Nicolás llegó en compañía de sus amigos a la fiesta y en medio del desorden, el alcohol, las risas y el baile vio entrar por la puerta una mujer que lo deslumbró de manera inmediata. Comenzó a indagar sobre ella hasta que Sampedro se la presentó. María Clara estaba impecable, hermosa, con su pelo largo liso, maquillaje sutil y sus labios de un rojo oscuro que resaltaban sus rasgos finos. Llevaba unos jeans de la época, un body negro que delineaba perfectamente su figura y unos botines negros que alargaban su silueta. No pudo ocultar el impacto que le causó Nicolás cuando estrechó su mano. Esa sonrisa y ese modo determinado de moverse, de hablar, de caminar y abordarla la dejaron sin margen para resistirse.
A partir de ese momento, se volvieron inseparables. Esa noche bailaron todas las canciones de la época, él la llevó a su casa y no le dio tregua de ahí en adelante. La esperaba después de sus clases, la invitaba a almorzar en la cafetería de la universidad, iban a estudiar juntos a la biblioteca y entre más pasaban los días, más se apegaban. Un día una amiga de María Clara le dijo que una conocida le había contado que Nicolás tenía una novia del colegio. María Clara no podía creer una historia semejante, sin embargo, pensó que, en efecto, hasta ese momento, ellos se veían solo en la universidad, de vez en cuando iban a comer a los sitios de moda, pero en horarios donde no había tanta gente y todavía no conocía a su familia.
María Clara decidió confrontar a Nicolás. Él, con la seguridad que lo caracterizaba, le dijo que era su exnovia, que efectivamente le había costado mucho aceptar que las cosas se habían terminado, y que, por respeto, había manejado la situación de ese modo y que esperaba que lo entendiera, pero le dijo mirándola a los ojos: ‘Quiero que sepas que desde que te conocí no pasa un día en que no piense en ti. Si no te conté nada antes es porque no quería lastimar a mi exnovia, es una niña muy sensible, pero yo no te voy a dejar ir. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida y te quiero para mí’.
María Clara quedó convencida. Es más, le pareció un gesto considerado el hecho de que Nicolás tratara de proteger a su exnovia y aceptó sin tantas preguntas seguir adelante. A pesar de que le llegaban historias de Natalia y ella la investigó superficialmente, siempre le creyó a Nicolás y entendió que simplemente su amor colegial no se resignaba a perderlo y entre más pasaba el tiempo, más entendía por qué. Era un hombre fascinante, protector, generoso y complaciente. El tiempo pasaba y la relación se fortalecía. Finalmente conoció a la familia, a los amigos del colegio, empezaron a ir al club y fue justamente allí después de varios meses de noviazgo con Nicolás, donde se encontró en un baño con Natalia. María Clara nunca hubiera sospechado lo que iba a pasar después.
Natalia se acercó a María Clara y le dijo mirándola a los ojos:
‘Hola, tú eres la novia de Nicolás Obregón, ¿cierto?’.
María Clara se paralizó por un momento. Supo inmediatamente que se trataba de Natalia. Guardó silencio por pocos segundos y de su boca por fin salió un ‘si’ en voz baja.
‘Tú sabes quién soy yo, no hace falta que me presente. Lo único que te digo es que tengas cuidado porque Nicolás no es la persona que parece y te ha mentido, como lo hizo conmigo’.
María Clara guardó silencio, pensó que todavía estaba herida y por ese motivo estaba tratando de desestabilizar la relación con Nicolás.
‘Jah! Claro, por la forma en la que me miras me imagino todo lo que te dijo Nicolás, que yo no lo he superado, que me dio muy duro, que estuve en la clínica, que…’
María Clara la interrumpió.
‘¿En la clínica? ¿Por qué? ¿Qué te pasó?’
‘¡Ah! ¿Eso no te lo contó? Bueno, pero se calla algunas cosas. ¿Tampoco te dijo que fue a visitarme mientras estuve hospitalizada?’ -le respondió Natalia-.
‘No, no sabía de ninguna hospitalización y mucho menos que fue a visitarte’.
En ese momento se escuchó desde afuera una voz masculina que llamaba a María Clara. Las dos voltearon a mirar. Sabían que era Nicolás. María Clara se apresuró a salir. Nicolás le preguntó por qué se había demorado tanto, y ella encolerizada no era capaz de decirle nada. Finalmente le contó todo lo que le había dicho Natalia. Él no alcanzó a responder porque su mamá llegó en ese instante para decirles que los estaban esperando para almorzar. Se sentaron en la mesa y disimulando el impasse procedieron a degustar el menú que fue servido rápidamente. La conversación la llevaron los adultos, los hermanos de Nicolás intervenían de vez en cuando para decir cualquier cosa y María Clara no podía dejar de pensar en lo que acababa de escuchar de la boca de Natalia. Nicolás actuaba como si nada, sonreía, hablaba, le decía cosas, la acariciaba; ella correspondía tímidamente para no crear un ambiente incómodo. Ya estaban en el postre cuando de repente se alteró el ambiente alrededor de las mesas de la terraza, la gente empezó a correr, se escucharon gritos, y todos estaban conmocionados sin saber qué estaba pasando. La mamá de Nicolás se levantó de la mesa, y con la voz entre cortada dijo: ‘Los gritos son de Lucía, la mamá de Natalia’. María Clara miró aterrada a Nicolás y se dio cuenta que estaba pálido. No entendía nada.
