La sospecha

María Clara pegó un brinco del susto y se giró. Era Gabriela, su hermana.

‘¿Qué está haciendo? ¿Por qué se iba a subir a ese carro? ¿Quién es él?’ – le preguntó su hermana con un gesto de confusión -.

‘¡Ay no! ¡No sé qué estoy haciendo! ¡Estaba englobada con el celular y pensé que era el uber que había pedido! ¡Qué pena con ese señor!’

Juan Manuel entendió que María Clara estaba en dificultad y aceleró para seguir su camino por la vía abandonando a las dos hermanas.

‘Pues donde los conductores de uber fueran así, me la pasaría montada en uno y en un carro de esos…María Clara, tiene que calmarse, esta campaña de Nicolás la tiene muy desconcentrada, y usted podrá embolatar a mis papás, pero a mi no, y esa actitud de él está insoportable. Bueno, pero ¿por qué está esperando un uber? ¿Dónde está su carro?’.

‘¡Ay! Gabriela, qué estrés tanta cosa y tanta preguntadera suya. Porque estaba muy nerviosa para manejar cuando me llamó para avisarme lo de mi papá y decidí venirme en taxi y ahora tengo que recoger el carro que lo dejé parqueado cerca al atelier’ – le respondió María Clara -.

‘Pues yo me vine por acá porque iba justamente a sacar mi carro del parqueadero para llevarlo a mi apartamento porque todos con carro y pagando es una pendejada. Llévese el mío para que le rinda o si quiere la llevo al atelier para que recoja el suyo. ¿Qué prefiere?’.

‘No, no, mejor me llevo el suyo. El mío lo recojo más tarde o mañana y le traigo el suyo cuando termine lo de las fotos. Mejor, si, gracias.’ – le dijo María Clara rapándole las llaves de la mano y el tiquete para pagar -. Salió corriendo y se despidió. Cuando se sentó en el carro llamó a Juan Manuel y le explicó lo que había pasado.

‘Me imaginé que era tu hermana, son igualitas, y más o menos me acordaba de ella. Bueno, lo importante es que salvaste la situación. Tu carro está a salvo en mi sótano, ahí no hay problema. Puedes recogerlo más tarde o mañana, pero avísame si necesitas algo más’. -le dijo Juan Manuel -.

Se despidieron y mientras María Clara iba a recoger los niños al colegio llamó a la peluquera para confirmar la cita en la casa. De repente le entró una risa nerviosa. Se reía de la situación tan bizarra que acababa de vivir con su hermana, pensaba en el comentario que le había hecho Gabriela acerca del ‘chofer del uber’ y se mordía los labios recordando que pocas horas antes había estado en los brazos de ese hombre viviendo uno de los momentos más emocionantes de su vida en los últimos años. Se encontraba en una dualidad: por un lado, se sentía culpable, le daba vergüenza pensar que sus papás se llegaran a enterar de sus andanzas, pero, por otro lado, se sentía libre, firme, mujer, real, verdadera, leal a ella misma. Se acordó de las palabras de Juan Manuel cuando le dijo que le gustaría estar en un ascensor de un hotel en algún lugar del mundo para arrinconarla y volvía una y otra vez ese vacío en el estómago que le atravesaba el vientre entero y le recordaba la ruta del centro de su centro; en donde se encendía el vigor y la energía que le confirmaban su existencia.

Había olvidado lo que era esa sensación, y aunque había pasado mucho tiempo sin ver a Juan Manuel, fue como si el presente la hubiera transportado sin ningún esfuerzo a ese lugar donde se sintió segura, feliz, auténtica. Donde las preocupaciones no iban más lejos de sacar buenas notas en los exámenes y lucir bonitas a la hora del recreo para lanzarse las miradas con los chicos populares y coquetear en medio de conversaciones superficiales propias de esa edad. Pasar todas esas horas dentro del colegio encerraba algo mucho más profundo que el hecho de asistir a educarse y aprender. Era el microcosmos donde todo y nada pasaba. Donde todo y nada era el inicio o el fin del mundo. El inicio y el fin de las amistades, de los amores, de las peleas y las lágrimas y las risas. El descubrimiento de las emociones, de la poesía, de la música que iba atravesando la vida como una banda sonora. Pensó en sus hijos. Ellos estaban ahí, y recordaba con tanta felicidad esa etapa que solo esperaba que ellos se la gozaran tanto como lo hizo ella.

Recogió a sus hijos y se fueron para la casa. Cuando llegaron, apenas tuvieron tiempo de ir a escoger los outfits. María Clara primero se ocupó de la ropa de los niños; le pidió a Sebastián que se peinara bien y a Emilia le dijo que era mejor que se bañara para que la peluquera pudiera hacerle el blower sin retrasos. Le obedecieron y ella fue a maquillarse. Escogió uno de sus vestidos clásicos, de estilo casual, muy apropiado para la ocasión y cuando llegó la estilista le dijo que le hiciera un retoque porque ella estaba prácticamente lista. Así lo hizo. Cuando estaba terminándole el blower a Emilia, llegó Nicolás con Carolina, su secretaria. Apenas entró saludó y le dijo a María Clara con su tono habitual:

‘¿Y es que tu hermana está acá? ¿Dónde está tu carro?’

‘Lo dejé en el parqueadero que está cerca al atelier. Cuando me llamó mi hermana a avisarme lo de mi papá me puse muy nerviosa y no quería manejar. Pedí un uber y como en la clínica estábamos todos, como debe ser, mi hermana me dijo que me llevara el carro de ella para no perder tiempo’ -le contestó María Clara sin mirarlo mientras se retocaba un poco los ojos -.

‘Y, ¿cómo sigue tu papá? ¿Ya le hicieron el cateterismo?’. – preguntó Nicolás -.

‘No, todavía no’ – contestó María Clara con un tono seco poniéndose de pie y retirándose hacia la cocina -.

Se sirvió un vaso de agua. En ese momento entró la empleada y le preguntó que si le ofrecía algo a la señorita Carolina. María Clara le dijo que no, que primero fuera a ver si los niños ya estaban listos. La cocina tenía un corredor por la parte de atrás que daba hacia el estudio. María Clara se fue caminando por ahí y alcanzó a escuchar que Nicolás había entrado con Carolina. Trató de acercarse un poco más sin que notaran su presencia y aunque no los podía ver directamente, el reflejo del vidrio de una ventana le permitía espiar lo que estaban haciendo.

Carolina pasó por delante de él con el computador y él le pegó una nalgada. Ella ni se inmutó. Simplemente siguió derecho como si nada y se sentó en una poltrona que había al frente del escritorio de Nicolás. Él con toda la serenidad del mundo le dijo que terminara el informe que le había pedido y que estuviera pendiente de los mails porque tenía que ir a cambiarse. Salió del estudio y escuchó los pasos que se perdían por el lado opuesto del corredor. María Clara siguió caminando y entró al estudio.

Carolina la saludó de nuevo.

‘María Clara, estás muy bonita, van a quedar muy bien las fotos. Ya recibimos los documentos de Raquel, tu nueva asistente, el contrato está en elaboración. Lástima que no hablaste con mi excolega, pero estoy segura de que te va a ir muy bien con la que elegiste. Tiene una muy buena hoja de vida. Y, a propósito, a partir de mañana ya empieza tu conductor y la otra semana te asignan el de los niños para que los lleven al colegio. Seguro que lo de la revista va a generar gran impacto, y a partir del martes empezamos una gira de medios así que va a ver mucha presencia mediática, es mejor estar preparados. El equipo te va a citar mañana para reagendar la cita con el asesor de imagen y los otros eventos a los que debes asistir’.

María Clara solo la observaba, suspiró y le dijo:

‘Tu siempre tan eficiente, Carolina. Entiendo perfectamente por qué llevas tantos años con Nicolás. Muy poca gente le puede seguir el ritmo y cumplir todas sus expectativas. Gracias por ese informe tan detallado. Ya me habían mandado unos mensajes para comunicarme los compromisos y la cita de mañana. Pedí que citaran al conductor en la sede de la campaña. Allá llegaré a la hora pactada. Y sí, estoy segura de que me va a ir muy bien con Raquel’. – respondió María Clara con una sonrisa muy sutil -.

Salió del estudio y se encontró en la sala con Nicolás que acababa de bajar vestido y perfumado. El la miró, abrió los brazos como para poner en vitrina su outfit y le dijo:

‘¿Y?’

Ella lo miró y le respondió: ‘¿Y qué?’

‘¿Qué como estoy?’ – respondió él -.

‘Pregúntale a tu secretaria’ – le dijo ella con un tono seco -. Dio la vuela y subió donde la peluquera para ver cómo estaba Emilia.

Cuando entró a la habitación vio a su hija y se reconoció en sus ojos. Sintió nostalgia. La vio divina, pero regresó a su época colegial cuando todo era más tranquilo.

‘Quedaste divina, Emi. Te ves hermosa con ese vestido. Mi mamá dijo que te quitaras el pelo de la carita cuando te tomen las fotos, pero Nancy te dejó preciosa, no vas a tener necesidad de tocarte nada’.

Emilia se miraba en el espejo, posaba, se tocaba su pelo y se miraba cada detalle. Volteó, miró a Nancy, le dio un abrazo y le agradeció. ‘¡Me encanta como me dejaste! ¡Eres una crack!’ Tomó su celular y se fue corriendo hacia el primer piso para esperar al grupo de la revista que ya estaba por llegar’.

¡Ay Doña María Clara, mire cómo pasa el tiempo de rápido! ¡Esa niña ya es una señorita y como está de linda! ¡Me contó que tiene novio la muy pilluela!’. – le dijo Nancy empacando los cepillos -.

‘Jajaja…pues claro Nancy, ya tiene 15 años, está muy grande. Tiene un noviecito del colegio, anda super feliz, ojalá que no me le rompan el corazón a mi chiquita’. -respondió María Clara mirándose en el espejo -.

‘Usted hoy está muy linda. Se ve espectacular con ese vestido. Don Nicolás se debe sentir muy orgulloso de tener una mujer como usted a su lado, aunque la noto un poco rara ¿qué será?’.

‘¡Jah! No creo que Nicolás se sienta orgulloso de nada, mucho menos de mí. Nancy, hoy ha sido un día muy movido, mi papá en la clínica con ese susto que nos hizo pasar, ahora estas fotos que siento que me están quitando tiempo precioso y me toca posar como si nada pasara, no sé, esto no es fácil, ni es un mar de risas’.

‘Nada de lo que vinimos a hacer las mujeres a este mundo es fácil. La conquista está en proceso. Son muchas las satisfacciones, pero más grandes son las batallas. Por eso tenemos que darnos la mano en lugar de hacernos zancadilla. Y debemos empezar por nosotras mismas. La verdadera belleza no está en el espejo, sino en la convicción de lo que llevamos dentro. Usted es una gran mujer Doña María Clara, vaya conquiste su mundo primero, que el otro se le va a abrir solito. – le dijo Nancy con una mirada maternal -.

Nancy cerró su maletín y se despidió. María Clara quedó pensativa con esas palabras de su peluquera de toda la vida; la misma que peinaba a su hermana, a su mamá y a Beta, y que las conocía mejor que nadie. Sintió mucha sabiduría en esa frase. Al fin llegó el equipo de la revista. Recibieron las indicaciones, se reunieron todos y efectivamente posaron para los retratos de la familia perfecta que quedaron captados por la cámara profesional del fotógrafo. María Clara tuvo que fingir ser la esposa feliz y abnegada dejando que Nicolás la rodeara con sus brazos; los mismos que no la rozaban desde hacía tanto tiempo. Escogieron varios espacios para tener material suficiente y después de una hora y media aproximadamente dieron por terminada la sesión. El equipo se despidió.

María Clara, muy afanada subió a cambiarse, se puso algo más casual y le dijo a Nicolás que se iba corriendo para la clínica. Él le dijo que se devolvía para la oficina porque tenía algunos temas pendientes y una reunión más tarde para hablar del presupuesto.

‘Por eso no puedo ir a la clínica, pero mándale muchos saludos a tu papá, y ¿sabes qué? Ya que estoy con Carolina, dame las llaves de tu carro, como el atelier ese queda camino a la sede, lo recogemos de una vez y lo dejamos allá hasta mañana y que te traiga Beta o tu hermana cuando salgas de la clínica. Así no tienes que ir a recogerlo. Dame el tiquete del parqueadero y las llaves’. – le dijo Nicolás mirándola a los ojos -.